Mucho más que recortes: los otros indignados

Desde hace un tiempo llevaba meditando la idea de escribir un artículo dedicado a la educación durante la crisis, sin embargo, no acababa de encontrar el enfoque adecuado para abordar el tema de los recortes en educación durante la crisis, y la repercusión que los mismos han tenido en los medios de comunicación. Durante la crisis, las mareas verdes han ocupado un protagonismo desmedido como supuestas defensoras de un modelo de educación pública que dista mucho de ser de calidad. Y es que resulta sesgado e injusto culpar de los problemas educativos actuales en España a los recortes presupuestarios.

Tras los recortes presupuestarios de 2010, y especialmente a partir de la victoria en las elecciones generales de 2011 del PP, germinó en la mayoría de institutos públicos del país un movimiento, fácilmente identificable a través de sus camisetas verdes, que denunció la pérdida de calidad de la escuela pública como consecuencia de los recortes que se estaban aplicando sobre los presupuestos públicos, y por tanto, también en educación. Olvidaban que la escuela pública no estaba perdiendo nada, porque nunca había logrado dicho nivel, dichos estándares de calidad que ahora denunciaban estar siendo liquidados.

La educación pública ha adolecido en España de un exceso de complacencia y conformismo  que ha derivado en sus malos resultados. En este sentido, el papel desempeñado por los sindicatos del sector tiene mucho que ver, y es que siempre han resultado estar más preocupados por la comodidad del profesor medio, que en lograr un buen funcionamiento del sistema.

Olvidaban que la escuela pública no estaba perdiendo nada, porque nunca había logrado dicho nivel, dichos estándares de calidad que ahora denunciaban estar siendo liquidados.

Pongamos un ejemplo; forma parte del sistema educativo español un horario continuo para secundaria y bachillerato que resulta ser una completa aberración. El planteamiento de que un niño de doce años debe ir a clase de ocho a tres en vez de nueve a cinco, cual funcionario de ventanilla, resulta pésimo para su formación. En primer lugar, porque se fomenta el estudio comprimido de materias en vez de su asimilación progresiva a lo largo de la jornada. En segundo lugar, porque se incentiva la idea entre el alumnado de que el ideal en la vida es trabajar de ocho a tres, cuando esto ha resultado ser una dinámica que solo ha creado trabajadores públicos que trabajan poco y mal. Y en tercer lugar, porque la educación, además de permitir el aprendizaje de contenidos, también tiene un papel clave en la socialización y convivencia de los alumnos, que desaparece al suprimir el horario de comida y recreo.

¿En qué ha beneficiado entonces este cambio? Al ciudadano medio, en nada. A los profesores afectados, y a los sindicatos que los representan, en su propia comodidad. Hay otros ejemplos que siguen esta línea, como son el distrito escolar, un sistema que permite a los centros desempeñar su labor de la manera más incompetentemente posible sin que la demanda del mismo se vea afectada. En estos casos, los padres que no desean llevar a sus hijos al centro del barrio que les ha sido asignado, se ven obligados a recurrir a centros privados para que reciban una educación de calidad cuando lo lógico sería premiar a aquellos centros que presentan un buen nivel educativo siendo accesibles para todos los públicos, mientras se pusiera el foco en aquellos que no funcionan adecuadamente.

La educación pública ha adolecido en España de un exceso de complacencia y conformismo  que ha derivado en sus malos resultados.

Pondré otro ejemplo adicional que corrobora mi tesis: El nivel educativo. ¿Han oído ustedes a algún sindicato, colectivo de profesores o asociación de indignados denunciar en alguna manifestación el bajo nivel de idiomas en los centros? ¿Y los malos resultados en Matemáticas? ¿O la baja cultura lectora y la pésima escritura del alumno medio? La respuesta, obviamente, es no. Un colectivo preocupado por la calidad de la educación habría denunciado que con la cantidad de horas de inglés que se estudia actualmente en los currículos, los alumnos deberían manejar un nivel próximo al C1. Sin embargo, su mayor preocupación resulta ser lo alto que es para sus estudiantes el ridículo nivel de inglés en la PAU.

Estos tres ejemplos no son sino “un botón” de cuáles son los verdaderos problemas de la educación en España, y que no estamos, en ningún caso, ante un problema de financiación de la misma. Resulta chocante, por tanto, que aquellos partidos y colectivos de izquierdas que se han erigido en defensores de lo público hagan tanto por destruirlo. Claro, que esta situación resume claramente por qué durante los últimos años los partidos denominados progresistas, ni están, ni se les espera.

 

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