Ni euros, ni MENAS: niños, niñas y chavales

La ideología no debe ir más allá de los derechos humanos. Un trozo de tela, una frontera, una diferencia cultural, de raza, de etnia, no debe ser más que cualquier noción básica de vida digna.

En España siempre se ha dicho que la picaresca es uno de los rasgos más característicos que tenemos. Picardías, vida, alegría, inclusión, sociabilidad y muchas cosas que compartir con los demás. Viviendo fuera comienzas a saber lo que realmente implica ser parte de la sociedad española y los puntos más positivos que tenemos; y cuando vuelves, sabías lo que echabas de menos tu casa, las risas del bar, las conversaciones de vecinos en el ascensor o en la panadería o en la carnicería. Creo que todos tenemos el sentimiento colectivo de dar y recibir un trocito de cultura entre los extranjeros que vienen, tanto a vivir como a conocer nuestro país unos días, o meses.

¿Qué extranjeros saltan a la mente cuando se dice todo eso y por qué del norte de Europa? Todo cambia cuando su poder adquisitivo es nulo y sus condiciones de vida de pura pobreza. La España que se ha relatado anteriormente amanecía con un cartel verde y blanco que no abogaba por la armonía cultural en las calles de Madrid. Un cartel verde y blanco que es lo que es: papel o plástico, pero que en su propia materia son olas de odio que llegan a las calles en forma de tsunami. 

Aparte del delito de odio que ya se está investigando, se ha permitido una mentira en propaganda electoral de casi dos por dos metros. Según Maldita.es, en ningún momento un menor puede cobrar directamente dinero público y, si se mira en forma colectiva, “en los centros de protección de menores se otorga una asignación semanal, como puede dar cualquier familia a los hijos e hijas”, la cual puede variar entre los 6 y los 16 € semanales en función de la edad, no del origen del menor. 

En el trasfondo sociológico de la cuestión, el hecho de llamarlos “menas” rompe y resquebraja la humanidad de cada niño o niña a la que se le denomina de esta forma. El colectivo de menores no acompañados acuden en riesgo extremo de pobreza, vulnerabilidad y peligro en todos los sentidos a nuestro país, huyendo de su propio hogar a una nueva tierra, una nueva lengua, cultura, sociedad, leyes, gobierno, y en resumen, buscando una nueva vida que seguramente no quieran pero que deben hacerlo para buscar unas condiciones de prosperidad lejos de sus padres, ya sean kilómetros, o incluso porque están desamparados y necesitan una nueva familia. Y, ciertamente, en su mayoría saben que la protección que van a obtener es nula.

El ser humano no entiende de fronteras cuando entiende que solo se tiene a sí mismo. 

La misma parte de la sociedad que se abandera de ser pro-vida es la misma parte de la sociedad que ve llegar vidas desechas a la costa y no tenderles la mano. La educación e inclusión es un derecho, hasta que no es para ti mismo. Un buen desarrollo de la infancia implica unos mínimos como techo y nutrición; la inocencia de los niños y niñas va más allá de cualquier forma de lucro como es el dinero porque, me voy a permitir repetir, son chavales. Y no debe olvidarse esto. Es la exclusión social y la negación a normalizar y reintegrar la vida de estos menores lo que les hace replantearse si quieren seguir el cauce normal de una vida digna, o simplemente abandonar a una sociedad que ya les ha abandonado a ellos. 

La ideología no debe ir más allá de los derechos humanos. Un trozo de tela, una frontera, una diferencia cultural, de raza, de etnia, no debe ser más que cualquier noción básica de vida digna.

Un día más me despierto y creo menos en que esto sea un país de bandera. La violencia institucional, por lo que se ve, no es suficiente contra personas sin recursos. Ahora hay que estar orgulloso de ello. Y lo único que queda es la denuncia social. Porque como dijo Lorca: «Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima».

El odio no es el camino, la solidaridad sí. La empatía. La humanidad.