Ni legítima ni defensa

Lo más normal del mundo cuando sales en defensa de una persona a la que están robando es pegar al agresor y no llamar a la policía ni a los servicios de emergencias. Y coges un avión como si no hubiera pasado nada. Pero a los defensores del revanchismo les da igual. Si me apuran, creo que hasta siguen aplaudiendo el comportamiento.

Os merecéis odiar.

No conozco a nadie que odie sin elegir odiar.

Me desayunaba hace unos días con la noticia de que cierto partido político exigía una medalla al mérito civil para un hombre que había matado a otro que intentaba escapar con el bolso de una mujer a la que previamente había robado. Los titulares lo tildaban literalmente de héroe, altruista y joven ejemplar. Claro que me atraganté. El relato era tan malintencionadamente simple, porfioso, zafio y sórdido que hasta daba asco: un joven entrará a prisión por defender a una mujer de un atraco. Fíjate tú en que el detalle de que mató a un hombre cascándole lo que viene siendo poco menos que una paliza gratuita ni se mencionaba. Ninguna mente en su sano juicio daría crédito a la noticia según estaba contada. Un joven va a la cárcel por defender a una mujer; joder, con lo sensibles que estamos con el tema, quién se va a atrever a matizar o negar nada.

Quién va a poner en tela de juicio que un hombre deba defender a una mujer que está siendo atracada y agredida. El grito en el cielo, porque resulta que los más peleones con la igualdad son los menos crédulos con un titular así. No sea que interese que al presumido progresista le obliguen a pillarse traicionándose a sí mismo. El baile medieval de las máscaras. Ese es el repugnante y puñetero juego.

Hasta entonces, yo no había oído hablar del caso. La noticia reventaba mi bandeja de entrada y corría por todas las redes. Pero repito: que no hace falta ser un genio. Solo alcanzar un ápice de conciencia para saber que nos están intentando timar como a un gilipollas. Tener dos dedos de frente: pero quién narices se traga que alguien sea condenado por defender a nadie. Esto es de monólogo. Es que es de traca. Me reiría si no fuera por lo trágico del caso, por el repugnante interés político en blanquear con maquillaje de justicia el revanchismo y por la vorágine de mojigatos que siguen dando crédito y alimento al manipulado relato.

Quisieron hacer de este chaval un Ignacio Echeverría, pero la comparación es tan odiosa que deshonraría su memoria. Y por lo importuno, me queda explicarme. Quedan demasiado lejos el uno del otro. De héroe mártir a víctima verdugo, a la fuerza de asimilar la hombrada con el despropósito. El tiro por la culata y ornamentemos el dislate. Es más: está claro que se han servido del muchacho. Y él de ellos. A los hechos me remito, que la mitad de la responsabilidad civil han prestado a pagársela los mismos que sacan pecho pidiendo medallas a un condenado por homicidio.

Esa es otra. Con unos hechos probados en sede judicial, al final, no sabemos si nos quedamos con el angelito que ayudaba a una mujer indefensa. Vaya, vaya. Lo más normal del mundo cuando sales en defensa de una persona a la que están robando es pegar al agresor y no llamar a la policía ni a los servicios de emergencias. Y coges un avión como si no hubiera pasado nada. Qué curiosas algunas expresiones de valentía.

Ni legítima ni defensa. No era del todo legítima, porque, simplemente, no concurrían los requisitos que ley y jurisprudencia exigen para que la acción tendente a evitar un daño quede exenta de responsabilidad penal; como lo sería la proporcionalidad. Y ni siquiera era defensa, porque la acción no se produjo durante el atraco para evitar este, sino que ha quedado demostrado que los golpes que produjeron la muerte al atracador fueron posteriores al atraco, cuando ya era inútil actuar así. Pero a los defensores del revanchismo les da igual. Si me apuran, creo que hasta siguen aplaudiendo el comportamiento. No lo creo; hay quienes lo dicen sin ambages ni cortapisas.

Lo más normal del mundo cuando sales en defensa de una persona a la que están robando es pegar al agresor y no llamar a la policía ni a los servicios de emergencias. Y coges un avión como si no hubiera pasado nada. Pero a los defensores del revanchismo les da igual. Si me apuran, creo que hasta siguen aplaudiendo el comportamiento.

Yo no valoro los redaños que tuvo este chaval de detener al ladrón. Si hasta aquí habéis creído que lo pienso, no sé si me he explicado bien o no me habéis entendido. El juicio es contra la sociedad. La cuestión jurídica es meridianamente clara. Si por justicia resulta contraproducente y gravoso aplicar estrictamente la ley, el ordenamiento jurídico español ya contempla diversos mecanismos para evitar pisar la cárcel, sin necesidad de hacer un juicio populista paralelo. Están la suspensión de la pena y mismamente el indulto. No me corresponde a mí considerar la estrategia a seguir.

Me abochorna y me provoca una seria vergüenza que el telediario explote con la noticia de que el partido político de turno reclame que la ley prevea la legítima defensa en favor de un tercero, cuando la ley ya lo hace literalmente. Hay quien tiene merecida representación. También me avergüenza que haya quien se alegre de la muerte de alguien. Por favor, nadie sospecha que este chaval tuviera malas intenciones. Y quien lo haga, que se explique. ¿Pero a dónde hemos llegado? Es lo que se merecía. Si yo fuera la mujer, me gustaría que actuaran así. No haber robado a nadie.

¿Pero estamos bien de la cabeza? ¿Cómo se puede reducir a tanto la cuestión? Que ha muerto una persona y te estás alegrando. Le estás restando importancia. Y en este juego cae todo el mundo; no importan estudios, nivel económico ni cultura. Del tablero del populismo punitivo no quiere escaparse casi nadie. Ojo por ojo y diente por diente. ¡Y aunque la historia fuera la de un héroe absolutamente intachable! Ha muerto una persona. La gravedad del caso exige un mínimo de prudencia. Qué juicios tan reduccionistas, qué juicios tan inmediatos, cuánta inquina, cuánta mala leche. Cuánta manipulación.

Me recuerda a los grabados de Goya en los que aparecían dos encamisados quedando para matarse a navajazos. El brillante reflejo de azabache de una sociedad que no cambia. Por eso digo que merecéis odiar. Porque odiar es una decisión. Y no sé a dónde vamos. Pero si es allí donde se aplaude la ignorancia, no contéis con mi compañía.