La constitución de 1978 dejó clara la posición de nuestro país respecto a la religión. España es un estado aconfesional. Lo que significa que, a diferencia del modelo confesional, no se reconoce una religión oficial. Ahora bien, esto no significa que la administración tenga prohibido realizar acuerdos colaborativos o de ayuda económica con determinadas instituciones religiosas.

Hasta aquí parece quedar todo claro. Sin embargo, es evidente que existe un amplio desconocimiento por parte de la sociedad en cuanto a esta cuestión. Una incomprensión -cuyo origen desconozco- que se basa en la creencia errónea de que España es un país laico que beneficia sin motivo alguno al catolicismo.

Y son muchos quienes utilizan este argumento para tratar de transmitir una imagen peyorativa del estado. Tan sólo es necesario echar un vistazo a los cientos de tweets que se generan semana tras semana en relación a este tema. Opiniones que desgraciadamente parten de una base equivocada y que no transmiten nada, más allá de la ignorancia de quienes los han publicado.

Esto no deja de ser el reflejo de otra tradición española, muy arraigada en la sociedad actual: opinar sin tener ni idea de lo que estamos hablando. En un modelo aconfesional, tal y como establece  nuestra carta magna, “(…) los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones (…)”. Por lo tanto, la constitución no establece una separación completa entre Iglesia y Estado. Lo que sí dicta es que ninguna confesión tendrá carácter estatal.

España carga con una fuerte tradición católica a sus espaldas. En este sentido, no es de extrañar que nuestros políticos, que no dejan de ser representantes del pueblo, decidan participar en determinados actos con clara connotación religiosa o que las banderas ondeen a media asta en Semana Santa. Podemos estar de acuerdo o no, pero esto entra dentro de lo que dicta el modelo aconfesional. Algo que sería impensable en países ciertamente laicos como Francia.

De hecho, la colaboración entre estado e iglesia es evidente en nuestro país. Empezando por el calendario nacional de festividades que coincide con la Navidad, el Día de Todos Los Santos, la Asunción de la Virgen, y así una larga lista de efemérides católicas. Celebraciones que hemos adoptado fruto de los acuerdos de 1979 entre España y la Santa Sede. Un pacto que, una vez más, no habría podido concebirse en el marco de un estado laico.

El debate entre laicismo y aconfesionalidad, sin embargo, no parece estar en el foco de la opinión pública. Por delante de éste ha tomado un claro protagonismo la ya más que consolidada controversia entre monarquía y república. Sea como sea, aquellos que critican que la corona nos ha sido impuesta no pueden olvidar que, en términos históricos, la presencia de la religión en las instituciones también lo ha sido.

En resumidas cuentas, si queremos hablar de una España laica tenemos dos opciones. Podemos viajar en el tiempo hasta 1931 o rezar a la Virgen para que ocurra un milagro. 

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