¿Por qué negar lo evidente? ¿por qué obstinarse en fomentar el odio contra aquellos de los que, en gran medida, depende nuestro futuro como país? Las elecciones andaluzas y la oleada de rancia ultraderecha que azota Europa han generado en los últimos tiempos una ola estúpida e intolerante hacia aquellos que, aun siendo españoles de hecho, no lo son de Derecho.

Como ya habrá adivinado nuestro sagaz lector, me estoy refiriendo al asunto de la inmigración. A raíz de la crisis económica , se ha instaurado en Europa una falsa conciencia de que los inmigrantes “nos quitan el trabajo” cuando justamente sucede lo contrario.  Uno de nuestros grandes motores económicos ha sido, y sigue siendo, la demanda generada por la inmigración que llega al mundo desarrollado.

¿De verdad alguien cree que sería posible crecer a tasas del 2 y 3% interanual –cifras a partir de las cuales se genera empleo de forma continuada en el tiempo- si no fuera por ellos? Se les olvida muchas veces que el crecimiento natural de la población es, en términos generales, negativo. Y se les olvida también, que las cifras de natalidad siguen descendiendo peligrosamente mientras que el envejecimiento de la población es cada vez mayor.

Es cierto que una mala gestión de la inmigración ha provocado que algunos barrios de las grandes ciudades  se hayan convertido en zonas “non gratas”. Sin embargo, en el problema es posible encontrar la solución. Escribía hace unos meses acerca del problema de la despoblación rural. España no tiene un problema con la inmigración, y mucho menos con los inmigrantes. España tiene un problema con la planificación de la política migratoria. Y es que la ausencia de esta es lo que provoca la creación de grandes suburbios conflictivos en Madrid, Barcelona y alguna otra ciudad de tamaño medio. Sin embargo, en muchas zonas del país pelearían por poder atraerlos.

Y es aquí donde deberíamos empezar a hablar. Un país como España, donde a diferencia de Centroeuropa, existe una baja densidad de población en el interior de la Meseta debería aprovechar transformar esta debilidad en una oportunidad. Aquellos que conozcan el modelo DAFO entenderán a lo que me refiero. No resulta descabellado pensar que una fuerte política pública basada en promocionar la inmigración legal siempre y cuando esta tuviera como destinos provincias fuertemente despobladas podría contribuir a moverr el gran motor de la economía nacional. Y además, se mitigaría fuertemente el problema de la despoblación.

Además, no debería olvidarse que tanto el crecimiento económico como la generación de empleo y el rejuvenecimiento de la población son fenómenos recíprocamente relacionados. Es decir, un incremento de la población joven permitiría la generación de nueva actividad económica, que a su vez frenaría la emigración de nuevos jóvenes contribuyendo a consolidar dicha actividad.

Por último, no debemos olvidarnos de las pensiones. La inmigración es el futuro. Y lo es porque, más que nunca, se precisa de un incremento de los jóvenes y un aumento de la natalidad que garanticen su sostenibilidad en el futuro.

Sin embargo, no parecer estar este argumentario en los programas electorales de todos los partidos no xenófobos. Esto obliga, de nuevo, a preocuparnos por lo estéril de las ideas de la política no radical. Señores políticos, no permitan que sean quienes fomentan el odio y la demagogia basándose en falsos argumentarios quienes marquen la agenda política. Propongan, o rodéense de buenos equipos capaces de hacerlo, medidas que nos permitan seguir siendo el país donde todos podemos y queremos vivir.

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