Más País, Menos España

Podría decirse que los españoles vivimos desde hace cuatro años en el día de la marmota, dormimos y despertamos escuchando los mismos temas, las mismas quejas, los mismos reproches que conducen siempre a las urnas.

Sánchez e Iglesias

Sánchez e Iglesias

España vive en estos momentos el séptimo período electoral en cuatro años (cuatro nacionales, dos autonómicas y municipales y una europea). Algo  que justifica que los españoles aseguren, según el CIS, que el segundo problema nacional son los políticos, algo que no ocurría desde 1985.

Y es que la vorágine electoral española, en cualquiera de sus dimensiones, provoca una enorme ralentización del funcionamiento de la Administración y una paralización total de la implantación de políticas públicas en nuestro país. El futuro de los jóvenes, la reforma del sistema de pensiones, el mercado laboral, el cambio climático, etc., son temas que solo se escuchan en las plazas y salones multiusos en los que los líderes políticos preñan sus discursos de promesas tan vacías como grandilocuentes. En la tribuna del Congreso, sede de la soberanía nacional, nada de esto. Tan solo discursos trufados de promesas electorales que pervierten la razón y función de nuestra Cámara Baja.

La ingobernabilidad que quieren vender los partidos políticos tan solo es una realidad dentro de los micromundos en los que habitan –llámese sede nacional o Palacio de la Moncloa-. En la calle hay un sentir muy diferente, la percepción es de incapacidad del político, no de ingobernabilidad por los resultados electorales.

Podría decirse que los españoles vivimos desde hace cuatro años en el día de la marmota. Dormimos y despertamos escuchando los mismos temas, las mismas quejas, los mismos reproches que conducen siempre a las urnas. Y ahora me preguntarán los más abnegados militantes, ¿es que no es lo más democrático?. Sí, lo es. Pero no manipulemos con fines partidistas el sentido de dos palabras que deberían figurar en el libro de cabecera de cualquier español, máxime si se dedica a la noble tarea de la política: democracia y elecciones. Celebrar elecciones, garantizar su libre ejercicio, respetar los resultados y, en una democracia parlamentaria, conformar gobierno buscando apoyos en caso de no conseguir mayorías absolutas, es el sancta sanctorum de cualquier país libre. Pero en esta interminable repetición electoral hay un inmenso tufo a corrección de los resultados electorales, a aceptación de estos con la boca pequeña, a tratar a los ciudadanos como menores de edad. Y todo tiene un límite, abnegados militantes.

El incierto futuro

Mientras los políticos de los partidos tradicionales, salvo escasas excepciones, ven asegurada su permanencia en puestos notables, los que engrosan las listas de los partidos más jóvenes se revuelven en su silla del poder por no saber si podrán disfrutarla tras el 10 de noviembre, ya sea por decisión del líder o de los ciudadanos. Otros, sin embargo, solo tienen opciones de ganar, pues entran ahora en un terreno de juego en el que aspiran a ser aire fresco ante tan inmensa polvareda.

Íñigo Errejón, candidato de Más País

En twitter discuten si el nombre elegido por los de Errejón es el correcto, pues alegan que la palabra “país” bien podría ser sustituida por “España”, para que así, de una vez por todas, la izquierda desempolve sus viejos complejos con el nombre de la madre patria. Ellos, casi todos opinólogos profesionales, hacen estos análisis siempre desde una crítica destructiva, pues aquello de la crítica constructiva se practica más bien poco por esos lares. Yo no sé si lo correcto hubiera sido poner España o si, por el contrario, el nombre elegido es el mejor.

No tengo la bola de cristal que me permita tener la verdad absoluta que otros,  vaya desgracia la suya, parecen manejar con envidiable soltura. Sin embargo, si sé que Errejón, sin margen de maniobra, prefirió lo seguro. Decidió no arriesgarse poniendo España porque ese patriotismo podría provocar rechazo entre su potencial electorado. Fue comedido, como comedida va a ser su campaña y su discurso durante este largo mes electoral. Si alguien quiere vender moderación al peso, responsabilidad a raudales y pragmatismo frente a idealismo, no puede estar haciendo pruebas ni jugando cual niño con una piruleta en la puerta del colegio.

Más oferta, ¿más demanda?

El sistema de partidos español emprendió hace poco más de cuatro años un proceso de apertura que parece no conocer límites. Pasó de dos a cuatro, de cuatro a cinco y de cinco a seis[1], ampliando la oferta que los españoles tienen a la hora de ir a depositar su voto. Pero, a la vez, tendiendo hacia los extremos y provocando bloques muy sólidos que solo permiten pactar o entenderse entre partidos que se encuadren en el mismo. Hay sobrados estudios que dicen que los partidos políticos, así como sus dirigentes, se posicionan en posturas ideológicas más radicales que sus  electores, lo cual ahonda en la herida de la desafección y sentimiento de orfandad política.

El próximo 10 de noviembre volveremos a la urnas con más opciones políticas para votar, pero con pocas caras e ideas nuevas. Tan solo estaremos asistiendo al capricho de una clase dirigente que ha preferido tirarse trastos a la cabeza para proteger sus parcelas de poder, en vez de sentarse para proteger la parcela de todos: España. De las promesas que nos hagan, no podremos creernos ninguna, tan solo tendremos que creer en nosotros mismos, en la fortaleza de un pueblo que siempre se crece ante la adversidad. Por lo que hay que responder sabiendo que el derecho al cabreo y la abstención es legítimo, pero lo seguro es ir a votar. No solo por ejercer un derecho, sino para mandar un mensaje claro a nuestros políticos: a nosotros nos sobra la responsabilidad que a vosotros os falta.

Si se hará más o menos país, lo sabremos el 11 de noviembre, pero lo que ya podemos tener seguro es que, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, ya se está haciendo menos España.

[1] Se hace referencia a partidos de ámbito nacional.

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