¿Qué pasará, qué misterios habrá? Puede ser su gran noche. Esto, además del estribillo de una popular canción de Raphael, representa muy bien la incertidumbre que acecha a la próxima cita electoral, ya que puede ser su gran noche, pero todavía no sabemos de quién. Como consecuencia de la vorágine política de las últimas semanas, el próximo 28 de abril los españoles estamos llamados a votar en las terceras elecciones en tres años. Una fecha que, a pesar de la insistente solicitud de los partidos de derechas para que se celebrasen nuevos comicios, parece haber pillado “con el pie cambiado” a los mismos.

En este artículo, y a petición de compañeros y amigos con los que he tenido ocasión de comentar la situación en los últimos días, me he propuesto realizar un análisis sobre qué nos puede deparar el futuro en estos comicios. Si por algo se va a caracterizar el próximo Congreso es porque las urnas pueden dejar un panorama más abierto que nunca. Y es que, a pesar de que el tripartito de derechas se las promete muy felices, la situación podría no ser tal e incluso podría no darse esa triple entente tras los comicios. A continuación, expondré los dos escenarios que considero más probables tras la celebración de las elecciones.

En primer lugar, es necesario señalar que el resultado electoral, desde mi punto de vista, vendrá determinado por el resultado de Vox, estableciéndose dos escenarios en función de si la formación de ultraderecha es capaz, o no, de superar la barrera del 12% de los votos a nivel nacional. ¿De dónde sale este porcentaje? Muy sencillo, se lo explico. El Congreso de los Diputados se conforma de circunscripciones provinciales consistentes en que a todas las provincias se les asigna un mínimo de dos escaños a cada provincia, y el resto de escaños se asignan a las provincias proporcionalmente en función de la población. Esto implica que las provincias fuertemente despobladas del interior español se reparten, más o menos, unos cinco escaños por provincia, sobre el total de los 350 diputados del Congreso.

Teniendo en cuenta que la ley electoral establece un reparto de los escaños en función del sistema D’Hont, que por el sistema de restos da mayor importancia a los partidos que obtienen mayor volumen de votos, resulta más sencillo a los partidos grandes llevarse un número mayor de escaños del que les correspondería proporcionalmente.

En segundo lugar, hay que atender al origen demoscópico del potencial votante de Vox, que no es otro que el tradicional “votante facha” del PP. A pesar del falaz argumento que nos han querido vender tras las elecciones andaluzas, los datos son muy claros. El votante del PP desencantado se ha ido a votar a Vox, y el votante del PSOE desencantado, tras experimentar con Pablo Iglesias, se ha quedado en casa. Y eso es así. De ahí que en los mencionados comicios, la participación cayese del 64 al 58% y que el gran batacazo fuera el del PSOE.

Por lo tanto, en los resultados que deberíamos esperar el próximo 28 de abril existen dos escenarios, que desde mi punto de vista, son los más probables.

El primero de ellos es que la irrupción de Vox se produzca de forma contundente, superando ese citado 12% de los votos. En ese caso, la formación de ultraderecha podría acercarse a los 40 escaños. Si esto sucediese de este modo, “el roto” que podría experimentar el PP puede ser histórico. Y es que si a los 40 escaños de Vox, le añadimos otros probables 55 ó 60 de Ciudadanos, el PP podría encontrarse con un techo de tan solo 70 ó 75 escaños. Esta situación contrastaría con los entre 100 y 120 que podría obtener el PSOE tras el desplome de Podemos y la recuperación de parte de su electorado fiel. ¿Cómo podría justificar entonces Albert Rivera un pacto de perdedores tras haber cargado durante toda la legislatura contra Sánchez por este motivo? Simplemente, no podría. Exigiría en un primer momento la cabeza del saliente Presidente a cambio de su apoyo al PSOE, situación que probablemente no ocurriría, desembocando, o bien en un pacto “in extremis” a última hora entre ambas formaciones, o incluso, unas segundas elecciones generales que, ahora sí, no dejasen otra opción a Ciudadanos que un pacto con los socialistas.

El segundo escenario probable, es que finalmente, y cumpliendo la tradición, el domingo electoral el votante del PP acuda primero a misa, y luego a votar (al PP), o viceversa. En ese caso, Vox podría no superar la barrera psicológica del 12% siendo la diferencia entre el PP y el PSOE muy inferior. Este escenario dejaría a Casado con mejores opciones para gobernar, pero podría darse la paradoja de que un buen resultado del PP dejase en mal lugar a Vox y a Ciudadanos imposibilitando que los tres pudieran sumar para gobernar.

En toda esta situación, como ya habrá podido apreciar nuestro sagaz lector, existe una cuestión de fondo, que es “el ego” de Albert Rivera. Y es que, quien hace año y medio se creía -imitando al señor Macron- el próximo líder del centroderecha y próximo Presidente del Gobierno, ha tenido que afrontar cómo, en dos meses escasos, Casado y Sánchez le han robado ambos sueños. Es hora de digerir su fracaso, señor Rivera. Y es que, aunque el panorama andaluz presentase un escenario particular con un desgastadísimo PSOE tras cuarenta años de gobierno y azotado por los escándalos de corrupción, a nivel nacional resultaría muy difícil de justificar que un pacto con los perdedores franquistas pueda resultar mejor para España que uno con la socialdemocracia líder tras las elecciones. A pesar de las banderas de España.

 

FUENTE DE LA IMAGEN: EL ESPAÑOL

1 pensamiento sobre “¿Qué pasará?

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