¿Qué puedo aprender de Vox?

Para vencer no solo hace falta que parte de mis posiciones superen racionalmente a la contraria, sino que de aquellas que no se puedan vencer o que cuestionen directamente las mías tendré que aprender bien para asumirlas o bien para adaptar mis posiciones. Por lo tanto, a mí, persona que se dice de izquierdas, me gusta pararme a mirar las tesis más opuestas que hay en el contexto actual para ver cómo puedo aprender de ellas. Y así me pregunto, ¿qué puedo aprender de Vox?

Vivimos tiempos de polarización en los que los frentes ideológicos sirven como refugio para aquellos que ven sus ideas confrontadas en la inevitable disputa política de la sociedad. El frentismo opera como una suerte de trinchera en la que puedes aislarte del enemigo y reforzar tu posición de cara a un próximo ataque. Pero la política de trincheras nos ha dejado los más ridículos atentados contra la inteligencia y el
espíritu crítico en nuestra política actual. Concebir la discusión ideológica como un choque de ejércitos que deben destruir al enemigo con el ataque más contundente y la mayor humillación de sus ideas es, en definitiva, futil. “Vencer no es convencer y conquistar no es convertir”, que diría Unamuno.

Yo, en mis posiciones, prefiero entenderla como una dialéctica. Al estilo de lo que Fitche entendía como tríada dialéctica, mi tesis (mis ideas) contra su antítesis (las ideas del otro) dará lugar a una síntesis (una posición reforzada nacida de la confrontación de ambas). Para vencer no solo hace falta que parte de mis posiciones superen racionalmente a la contraria, sino que de aquellas que no se puedan vencer o que cuestionen directamente las mías tendré que aprender bien para asumirlas o bien para adaptar mis posiciones. Por lo tanto, a mí, persona que se dice de izquierdas, me gusta pararme a mirar las tesis más opuestas que hay en el contexto actual para ver cómo puedo aprender de ellas. Y así me pregunto, ¿qué puedo aprender de Vox?

Lo primero es, lógicamente, saber qué defiende realmente el otro. Así que me dirijo a su web y descargo las “100 medidas para la España Viva”. Después de una lectura puedo clasificar los puntos según si estoy o no de acuerdo con lo que se dice. Así, por ejemplo, coincido plenamente con las intenciones de reformar la Ley Electoral y favorecer la trasparencia igual que con las reformas para despolitizar la Justicia. La lacra que la corrupción y el nepotismo han provocado en este país ha generado que muchos ciudadanos se sientan desconectados de la clase política. Precisamente fueron estas reclamaciones las que dieron origen al 15M y a la posterior ola de movimientos de izquierda en busca de un sistema democrático más cercano a los ciudadanos. El objetivo de crear una administración más eficiente y cercana a los ciudadanos une a todos los movimientos políticos nacidos en los últimos años en España, independientemente de su posición. Pero es en cuanto a desarrollo concreto de las medidas a adoptar donde hay que llevar la vanguardia, no quedarse en lo abstracto (un poco lo que plantea Vox) y sobre todo no aceptar las formas de la vieja política una vez se alcance el poder.

Pongamos otro ejemplo en sus propuestas económicas. En ellas podemos encontrar un collage forzado entre políticas neoliberales (reducción de impuestos, liberalización del suelo y favorecer privatizaciones) junto con políticas de gasto público (aumento de becas, incluir salud dental en el servicio público y ayudas a familias). Estas recetas llevan (como en el EEUU de los 80) a quebrar las cuentas del Estado, pero no deja de ser muy satisfactorio decirle al ciudadano que va a obtener mejores servicios pagando menos. Es difícil desde la izquierda llegar a las rentas altas que se favorecerían de una reducción fiscal, pero no tanto a las rentas bajas que asumen este discurso porque es el que está inyectado en el statu quo económico. Sin embargo, una política fiscal más progresiva conlleva por un lado más ingreso, pero al mismo tiempo menos carga para los que están más abajo, en tanto que la carga fiscal se desplaza hacia los que están más arriba de la escalera. Entender desde la izquierda que hay que combatir la hegemonía del discurso neoliberal entre rentas bajas es fundamental para poder volver a ganar donde por desgracia Vox ya ha entrado. Y para que este punto tenga efecto debe ir aparejado de lo primero que señalábamos: administración eficiente. Porque si el gasto genera una sensación de derroche en vez de servicio real generamos el efecto contrario al que buscamos y la demagogia aumenta.

Pero, sin embargo, lo que ha dado aliento a VOX es el señalamiento de sus enemigos. Su discurso nunca ha sido constructivo, sino destructivo de la “anti-España”. Y quizás en la búsqueda de qué es su anti-España la izquierda debe señalar cuáles son sus debilidades y fortalezas ante la ultraderecha. Se podrían catalogar en 3 los enemigos de Vox:

– Los nacionalismos periféricos: El nacionalismo centralista de VOX opera en la reivindicación del Estado unitario español como respuesta a las pretensiones secesionistas de los nacionalismos periféricos (catalán, vasco y en menor medida gallego). El nacionalismo periférico es tan reaccionario como el centralista de VOX, sin embargo, gran parte de la izquierda en España ha aceptado como legítimas las reivindicaciones nacionales excluyentes del primero quizás al hacer el falaz juego mental del “enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Reivindicar una España unida no debería ser un tabú para la izquierda, sino un objetivo. Sólo un país que opera en conjunto funcionalmente puede llevar a cabo una redistribución de la riqueza efectiva. Pero por otra parte no debe obviarse que el nacionalismo centralista tampoco es la respuesta más efectiva ante la crisisnacional. Prohibir partidos nacionalistas como proponen los de verde sólo llevaría a forzarlos a lavía antidemocrática. Además, es de señalar que el constructo nacional de Vox niega las identidades
regionales y precisamente por ello se hunde electoralmente en Cataluña, País Vasco y Galicia. El proyecto nacional de la izquierda debe ser capaz de integrar una España diversa, pero sin ceder ante los deseos de autodeterminación reaccionarios, que ha sido su principal espina a la hora de construir un país funcional.

La inmigración y el Islam: El rechazo a la inmigración (la de África concretamente) es el campo de batalla de alt-right en Europa. A ello se suma la tensión por la integración del Islam en nuestras sociedades occidentales y los atentados terroristas que han sido el caldo perfecto de la nueva ultraderecha. Por exactamente la misma lógica perversa que en el caso anterior gran parte de la izquierda europea ha acabado abrazando ideas reaccionarias del Islam como el uso del hiyab o el burka como si fueran aceptables en la sociedad moderna. Y lógicamente esta contradicción ha sido explotada hasta la saciedad por la extrema derecha. La lucha por el laicismo y la libertad religiosa va de respetar el culto tanto del cristiano como el musulmán (valores a los que Vox se opone buscando imponer unos sobre otros). Sin embargo, el fondo ideológico de la izquierda debe ser ateo, y hay que combatir el fundamentalismo religioso venga del libro que venga. El laicismo implica que la ley no te puede imponer los valores de una religión, de la misma forma que implica que los valores de una religión no pueden imponerse sobre la ley. Otra cuestión es la de la inmigración y la integración. Negar los problemas de la integración de colectivos inmigrantes es contraproducente, pero la respuesta debe estar en favorecerla en vez de poner barreras cada vez más grandes. En resumidas cuentas, estos problemas se deben a un comienzo desde 0 con barreras idiomáticas, formativas y económicas y es mucho más probable que se resuelva con una política inclusiva que con otra excluyente. Estas últimas acabarán por agravar el problema de los guetos y con ello la criminalidad inherente a los mismos. Culpar al inmigrante de su propia miseria es una canallada ética que sólo se pueden permitir los favorecidos de la sociedad, pero negar losproblemas nunca va a ayudar a ponerles solución. Por ello es vital para la  izquierda abordar lainclusividad desde abajo y no desde arriba, porque racismo y pobreza son dos lacras que o se
combaten conjuntas o no se combaten.

Feminismo y LGTBI: Este es el campo de batalla en el que Vox se retrata como un auténtico partido conservador y por lo tanto de donde la izquierda menos va a sacar. No en vano la guerra culturalentre izquierda-derecha se libra siempre aquí, porque es donde la izquierda juega con supremacía moral. Tal es el caso que probablemente el error de la izquierda ha sido centrarse únicamente en este campo y no en la disputa económica, que es la madre de todas las luchas. Y quizás a raíz de hacer del feminismo un frente de batalla absoluto se pierde mucho de autocrítica y de ver la dialéctica que subyace en la lucha contra Vox. Pero aquí hay que ser precavidos pues Vox no tardará mucho en seguir la estela de partidos de alt-right europeos que utilizan el feminismo y el movimiento LGTBI para cargar contra la población musulmana y africana. Y, de hecho, movimientos recientes de Vox dejan ya ver esa vía (ese discurso de Abascal en el Congreso culpando al socialismo de matar homosexuales). Por lo que el discurso del feminismo y LGTBI es uno que avanzará inevitablemente, pero que si se le desprovee de que todo lo demás será tan manipulable como todo lo demás.

Así las cosas, y cerrando ya un poco lo que ha acabado siendo una radiografía de Vox y su relación con la izquierda, he llegado a varias conclusiones. El relato de “expulsar al intolerante” basado en una falseada paradoja de Popper nos ciega más que nos ilumina. Detectar los problemas estructurales de nuestro sistema que han llevado a que parte de la derecha se haya vuelto más agresiva y combativa pasa por hacer autocrítica de qué recetas socioeconómicas hemos puesto en marcha. La ola de alt-right que nos azota es hija de unos consensos equivocados sobre cómo gestionar la Gran Recesión de 2009. Reconocer los errores es fundamental para entender como hemos llegado aquí. Y eso sólo se consigue desde la escucha activa y desde saber desarrollar las refutaciones en base a los argumentos que verdaderamente se lanzan De ahí que aunque puedan parecerme incoherentes sea necesario para demostrarlo escuchar antes de querer
censurar. Es un privilegio que creo que me puedo permitir y que probablemente los opuestos me negaríana mí. “¡Muera la intelectualidad traidora!” que gritó Millán Astray, bastante parecido a lo que gritaría algún dirigente de Vox hoy día. Pero aquí hemos venido a aprender de los errores, no a imitarlos.

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