Somos réplicas televisivas

Las grandes plataformas streaming ya lo saben todo. Sus catálogos ofertan un número impensable de dramas televisivos, así como series y películas de ficción y nosotros, como repetidoras, lo volcamos a nuestra vida cotidiana.

Las comunidades de fans son la principal influencia de esto que comentamos. ¿Cuántas cuentas de fanáticos existen sobre una misma serie o película en redes sociales como Twitter o Instagram? Infinitas. Y son los propios usuarios que están detrás de cada cuenta, los que se encargan de idealizar a los personajes, dramatizar las escenas, y de ofrecer a los internautas una razón por la que desear que lo que ocurre en la vida de esos personajes, suceda en la suya también.

Podemos ir desde lo más simple, tal como el trabajo o una casa; hasta aquello más intangible y caótico como una relación amorosa. No es lo mismo envidiar el dinero que tiene una persona, o el lugar donde vive o, incluso, la ropa que lleva puesta de diario, que envidiar una relación. El momento en el que los productores, guionistas y directores de la gran pantalla engrandecen e idealizan los comportamientos que se dan en una relación ficticia, ya sea amorosa o amistosa, hace que esa sensación llegue al público. Como bien dijo el antropólogo alemán Ludwig Feuerbach, “somos lo que comemos” y, aunque en este caso no hablemos precisamente de comida, también podríamos aplicar esta frase a lo que sucede en el mundo streaming… porque somos lo que consumimos, lo que visualizamos.

El poder de los dramas adolescentes

¿Qué joven no ha visto las sagas ‘After’, ‘Crepúsculo’ o ’50 Sombras de Grey’? Si me paro a pensar en el reparto de estas películas, se me viene a la cabeza dos grandes roles: el hombre prepotente que se lleva a la chica y… la chica. Lo mismo sucede con el resto de series y películas americanas que ofertan diversas plataformas como Netflix; en las que la acción toma lugar en un instituto donde los alumnos están divididos en varios grupos según su popularidad -la cual suele venir previamente condicionada por su físico o habilidades deportivas- donde, si no eres la animadora y tu novio no es el ‘quarterback’, no tienes mucho que hacer; y donde la gente inteligente está representada como la poco popular del instituto.

Y no solo eso, sino que las relaciones, como comentaba, están marcadas por el rol básico del hombre que conquista a la humilde mujer con sus encantos. Esto, en la vida real y cotidiana, no sucede. Por eso, los adolescentes de hoy en día viven frustrados. Porque la gran pantalla les enseña cómo debe ser una relación, cómo deben vestir, cómo deben hablar, o de quién deben enamorarse para conseguir ser alguien en la vida sin ser criticado.

La distopía que vivimos

Sin embargo, somos los mejores en predicar aquello que luego no hacemos. Denunciamos en las redes sociales esto mismo; cómo se muestra a la mujer como la vulnerable de la relación o, por el contrario, cómo se muestra al hombre como el prepotente que la conquista. También acusamos de los estereotipos de belleza que se muestran en la gran pantalla. Pero, en verdad, somos los primeros en sentarnos en las butacas del cine el mismo día de estreno, o en hacer un simple clic en nuestros smartphones y televisiones para consumir el amplio catálogo de películas y series que ofrecen este tipo de contenido.

Podríamos decir, incluso, que llegamos a vivir una realidad ficticia… una distopía, mejor dicho. Pero la culpa de todo esto no la tienen las plataformas digitales que ofertan estos contenidos, ni tampoco los productores y directores de los mismos; sino que nosotros somos los responsables. “Somos lo que comemos”, recordemos.