Cerré los ojos. 

Sabía que era un momento decisivo en mi trayectoria como adolescente, como persona, como ser. Sabía que no podía equivocarme. 

Un largo número de miradas se aposentaban en mí, fijamente. Nunca había hecho algo tan difícil, o mejor dicho, nunca lo difícil había hecho algo (así) conmigo. Tenía que dar forma, significar, perfilar. Tenía que saltar, columpiarme, y, sobre todo, vencer el miedo. 

El rojizo fuego se hacía protagonista del momento. Podía notar como mi corazón deseaba salir por mi garganta y volver a respirar como hacía menos de 24 horas lo hacía. Era una situación que me gusta llamar ‘momento tatuaje’. Por un lado, porque siempre lo vas a llevar contigo, y por otro, porque es muy fácil arrepentirse. Pese a eso, sabía que ese instante nunca me iba a abandonar. Las llamas seguían vibrando, la gente, esperando, y yo, temblando, mientras pensaba en cada uno de los días que me había despertado por la mañana.

No era cuestión de humo, si no de vértigo. De ver lo lejos que estaba del suelo, de casa, y lo cerca que estaba del siguiente edificio. 

Reuní toda la valentía del mundo, me armé de audacia y, con todos mis recuerdos a cuestas, lo hice.

Un torbellino apagó todos los colores del ardor. Cuando supuse que, tras soplar, las velas estaban ya apagadas, abrí los ojos. 

‘¿Has pedido un deseo?’- me preguntaban, eufóricamente, entre aplausos y abrazos. 

Si tú supieras, amiga. Si tú supieras…

 

Cumplir 18 años: tres palabras, dos años para cumplir otra década, un carnet de conducir y cero problemas para comprar alcohol.  Las nubes se vestían de fiesta, las flores aplaudían al pasar y los extraños de la calle preguntaban por qué tan resplandeciente y tan feliz. Querido desconocido, déjame explicarte: La vida me dio la oportunidad de seguir marcándome un Melendi e ir caminando por ella. Subir escalones, conquistar nuevos caminos, desnudar experiencias y firmar Polaroids. La vida me regalaba otro calendario. Me daba permiso para seguir tropezándome con sus puntos y comas y escribir mi propio guion. Para componer mi canción. Para poner en Facebook que ya tengo 18 años y, sobre todo, para vivirlos. 

Mis primeros 365 días con DNI de mayor de edad han sido, sin ningún tipo de duda, los más significativos de mi vida. No voy a decir que ha sido un mal año; tampoco me oiréis decir que ha sido bueno. Han sido meses cargados de emociones positivas y negativas que me han hecho aprender, evolucionar y crecer como persona. 

 

Supongo que la inestabilidad forma parte del recorrido de cualquier adolescente. No me gusta seguir estereotipos, pero creo que es cierto que cuando no hay ansiedad por exámenes, trabajos, o cualquier acontecimiento de dicha índole, la hay por desamor, peleas, autoestima o desconfianza. Por lo menos, eso es lo que me ha inestabilizado a mí como joven. Sin embargo, visto por otro lado, todas esas lágrimas se han bautizado como aquello que me ha hecho más resiliente. Por eso, hoy, más que celebrar mi puntería, mi cordura (aparente) o mi pulso, me gustaría brindar por lo malo. Por las lágrimas que he llorado, los trocitos de corazón roto, los amigos que se empapan como desconocidos y la ansiedad. Brindo por las decepciones, por aquello que me hizo luchar y al final no conseguí, por mis exámenes suspensos. Brindo por lo que no es mutuo, por el fracaso y por la soledad. Por lo que me cancelaron, por el billete de 20 euros que perdí y por la mancha de tomate irreversible en mi camisa blanca. Por las heridas y por las cicatrices. Por las veces que tuve que vestirme de negro para despedir a mis queridos, por las peleas con mi mejor amiga, por el día que se me escapó el tren y llegué tarde. Por el arrepentimiento, mis divorcios y mis nervios. 

 

Conforme voy madurando, transformándome en adulto y metamorfoseando, voy comprendiendo cosas que antes no era capaz de entender. Por ejemplo, gracias a la vida he aprendido que se puede querer de lejos, admirar a kilómetros y aplaudir en la distancia. A veces, querer es dejar ir, y soltar por amor es terriblemente doloroso, pero monumentalmente bonito. El proceso de entender que se demuestra más amor alejándote que quedándote abre mucho los ojos y te enseña que del dolor se pueden sacar las cosas más bonitas. También me he dado cuenta que la vida es cultura, la cultura es aprender y aprender es la vida. Es un bucle. Saber y conocer te hace más fuerte, más feliz y hasta incluso diría que más inteligente. Instruirse en cualquier cosa, ya sea en la historia más pesada de los libros marginados en las bibliotecas, en intentar entender el arte que decora las paredes de cada museo o en descifrar las rimas de García Lorca te ayuda a formarte como humano, a cultivarte como pensamiento y a evolucionar para salir fuera de tu estructura mental. 

Otra cosa que he aprendido este último año es que me gusta mucho conocer gente. Creo que cada una de las personas que son pasajeras por mi tren tiene algo que enseñarme. Cuando estoy rodeado de mis amigos, seres queridos, o hasta incluso desconocidos, me resulta muy curioso pensar que cada uno de los presentes percibe la vida de una manera. Unos se alegran cuando sale el sol porque son mañaneros mientras otros esperan impacientes el naranja del atardecer. Unos lloran escuchando música mientras otros la escriben. Unos suben, otros bajan. Unos iluminan, otros saben iluminar a los demás. 

 

Con esta edad ha sido cuando, estadísticamente hablando, he conocido a más personas. He iniciado una nueva vida a las puertas de la universidad y de mi colegio mayor. Vallisoletanas con el pelo corto, santanderinas fans de Operación Triunfo, canarios con mucho (mucho) gracejo y madrileñas iguales que Ester Expósito. Mi lista de mejores amigos de Instagram se ha multiplicado a si misma, y ahora, para celebrar mi cumpleaños, me como la cabeza buscando un lugar donde meter a todas estas personas. 

Ester Expósito prende Instagram con sus últimas fotos: 2,6 millones de 'likes' en una hora

Aunque me haya topado con tanta gente diferente, sin duda alguna ha habido un encuentro que ha sido especialmente poético. He conocido a alguien que me quería sonar; alguna vez había soñado con él, pero nunca había tenido el placer de conocerlo en persona. Es un poco tímido de primeras, le da vergüenza hablar en llamada por teléfono y parece que tiene un par de años menos de los que realmente cuenta. Le gusta dormir con ASMR, intenta explicar todos sus sucesos en base a teorías filosóficas, utiliza Tik Tok para ver vídeos de las Kardashians y lleva unos cuantos meses comprando tinte pelirrojo en el Carrefour. Está enamorado, pero no de alguien en concreto, si no de la vida; de Madrid, de sus amigas, de su gato Camilo, de su familia, de su instituto, de Lorca y de la oreja de cierto pintor neerlandés. Va expresamente a Atocha solo para pasar por el quiosco y comprar una revista de moda (Vanity Fair, Vogue o Harper’s Bazaar, normalmente) y cuando se encierra en la habitación de su Fernando de los Ríos se pone a andar en círculos, hablando solo, recitando en voz alta sus meditaciones, como cual peripatético. 

No sé muy bien si alguna vez me volveré a tropezar con él; creo que ahora tiene varias semanas apuntadas de exámenes y dudo que vuelva a pasearse por aquí, pero, si lo véis, decidle que va bien. Que siga así, que mucha gente lo quiere, que todo se supera y que la vida es tan bonita que dan ganas de llorar. 

Si lo véis, dadle un abrazo de mi parte, que a mí no me quiere mucho. 

¡Ah, sí! Se me olvidaba comentaros que dudo que os lo tropecéis pronto. Mañana es su cumpleaños, acaba los exámenes de esta semana y saldrá, supongo. Saldrá mucho, de hecho, más de la cuenta. 

Si lo véis, decidle que cuidado, 

y que mucha suerte…

Tiene un incendio que apagar con un solo deseo. 

 

Muchas gracias a todos por acompañarme en un día tan especial como hoy lo es para mí. 

Espero poder seguir escribiendo artículos muchos años más, y seguir teniendo tan buenos lectores como vosotros. 

Me gustaría dedicar este escrito a las personas que han hecho que mi decimoctavo año haya sido tan especial: 

A Andrea, a Laura, a las dos Marías, a Carlos, a Victor, a Cristina, a mis primas, a mi hermana, a Celia, a mis Petas (Irene, Nuria, Carmen, María y Juan), a Marta, a María Peñas, a Alba Parra, a María Rufete, a Lourdes Barnés y a todos los profesores de segundo de Bachiller, a Egle, a Luisa, a Daniela, a Olga, a Sofía, a mi primo Jesús, a Sergio, a Clara, a Vicky, a Xabi San Martín, a todo el equipo de Código Público, a mi abuela Amparo, a Paco y a mis padres. 

 

Mención MUY especial a mi gato Camilo. 

 

But underneath we had a fear of flying

Of growing old, a fear of slowly dying

We took our chance like we were dancing our last dance’ 

                                                                 – ABBA 

 

 

Foto de Ester Expósito: Instagram

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