Se acerca la Navidad, esa época del año en la que, además de comer turrones y polvorones y asaltar las tiendas en busca del regalo perfecto (si es que no hemos acabado ya con todas las existencias en el Black Friday), nos inundan los buenos sentimientos y las ganas de ser mejores personas.

Es también diciembre el mes en el que más oportunidades tenemos de hacer algo por los demás, de intentar (aunque sea solo un poco) cambiar el mundo. Desde la gran recogida de alimentos, que tendrá lugar mañana y pasado mañana en la mayoría de los supermercados de España, pasando por mercadillos benéficos y recogidas de juguetes en casi todas las ciudades, todo nos invita a mejorar la vida de quienes menos suerte han tenido.

¿Por qué ayudar a los demás? ¿Por qué debemos pensar en otros y no  solo en comprarnos el último modelo de iPhone o la tele más grande del mercado? Quizás porque, como dijo nuestro compañero Adrián Alarcón, erradicar la pobreza es hacer justicia. Quizás porque está en nuestra naturaleza, al menos, dar lo que nos sobra. Quizás porque hacer algo por los demás es algo que te llena, que te da felicidad, que te hace sentir que el mundo es un lugar un poco menos frío, un poco más humano, un poco más feliz.

O quizás solamente porque nunca sabes qué va a ser de tu vida. Quién sabe, quizás algún día tú también necesites ayuda. Y es que, desde la crisis de 2008, sabemos que cualquiera puede acabar en la calle, sin trabajo, e incluso sin un sitio donde dormir. Que de esta jaula de oro en la que vivimos (aunque muchas veces no lo veamos así) nos pueden echar un buen día sin que nos demos cuenta.

Sabemos también que la pobreza no es solamente la carencia de alimentos, ropa y techo. Sabemos que hay muchas más personas que sufren. Ancianos a los que casi nunca va nadie a visitar. Personas que pasan días enteros sin que nadie se acuerde de ellos, sin que nadie les dirija una palabra amable. Mujeres y chicas que gritan en silencio sin atreverse a denunciar lo que les pasa, que pasan desapercibidas detrás de una falsa sonrisa y algo de maquillaje. Enfermos mentales, de los que la gente huye simplemente por desconocimiento. O  personas como los portadores del VIH, que, como cuentan mis compañeros durante toda esta semana,  se quedan sin oportunidades simplemente por el estigma que supone, aun hoy, tener el VIH. Y muchos, muchos más.

Por eso ayudar no es solo dar pan. Es sonreír a quien lo necesita. Es preguntar. Es informar,  concienciar. Es entender que, detrás de cada persona, hay una historia y unos problemas. Es no juzgar antes de conocer. Es simplemente, cambiar nuestro modo de mirar a los demás.

Por eso, esta Navidad, haz algo por alguien que lo necesite. Cualquier cosa, cualquier detalle, cualquier gesto hace que, para quienes más lo necesitan, también sea Navidad.

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