Vacaciones canceladas

Pasajera con mascarilla (EFE)

Pasajera con mascarilla (EFE)

El coronavirus ha llegado para quedarse:  en verano también, pues parece no conocer acerca de temporadas bajas o altas, de calor o frío, de hoteles, hostales o pisos residenciales; de aviones, de trenes, de coches o barcos. Está cómodo en cualquier sitio. Aún más en aquellos donde algunas personas le abren la puerta sin siquiera haber tocado el timbre. ¿Alguien creía que el virus se iba a ir con todas las comodidades que le estamos brindando?

¿Saben algo de aquel que dijo que en verano ya íbamos a estar serenos sin pensar en el coronavirus? Pobre desamparado. Desamparados, pues realmente hablo de más de uno. Y es que el coronavirus ha llegado para quedarse:  en vacaciones también, pues parece no conocer acerca de temporadas bajas o altas, de calor o frío, de hoteles, hostales o pisos residenciales; de aviones, de trenes, de coches o barcos. Está cómodo en cualquier sitio. Aún más en aquellos donde algunas personas le abren la puerta sin siquiera haber tocado el timbre: fiestas clandestinas, discotecas, bares sin control de aforo, reuniones familiares… Hablando enserio, ¿alguien creía que el virus se iba a ir con todas las comodidades que le estamos brindando?

No son tiempos de fiesta

Es la segunda vez que me veo en la obligación de cancelar unas vacaciones. La primera, en marzo, cuando sucedió eso que todos sabemos. La segunda, en pleno mes de agosto, famoso período por sus calores, y ahora también por el inicio de lo que muchos califican como «segunda ola». ¿El motivo? En el país de destino —cuyo nombre me niego a mencionar, pero famoso por su arquitectura barroca, su historia imperial y un accidentado terreno alpino— no somos los españoles bien recibidos. Y digo españoles porque, a pesar de que a otros ciudadanos de Europa no se les permite o se restringe su entrada, sobre ningunos otros tienen tanto la lupa encima como sobre los que proceden de la península ibérica. Y es normal —debo reconocer— con las imágenes que llegan desde España a las autoridades internacionales.

No quisiera ser extremadamente áspero, pero la situación lo requiere. ¿Qué os pasa? A la población, a los jóvenes, a los adultos; a los que os creéis que sois inmunes a la vida, al horror, al miedo.

Julio César Ruiz Aguilar (Un país repleto de necios sin mascarilla) Código Público — Julio, 2020.

La crítica no vale, el insulto —por desgracia— tampoco funciona, la multa, sorprendentemente, tampoco; ni siquiera las muertes, o los ingresos en el hospital, ¡ni el confinamiento! ¿Qué vale entonces? ¿Qué hace falta para que semejantes ignorantes se den cuenta de la situación que estamos viviendo y empaticen? Discúlpenme, excúsenme, justifíquenme: lo siento, de veras, pero no son tiempos para irse de fiesta. Y muchísimo menos cuando se demuestra que un gran sector de la juventud no es capaz de compaginar ocio con pandemia. Válgase como ejemplo todas las imágenes llegadas de centenares de jóvenes bailando en cercanía y sin mascarilla.

Algunos hablan entonces de lo que sería la muerte del sector del ocio nocturno. Pero pocos hablan de lo inviable que es tener a ese sector abierto en las condiciones en las que estamos. ¡Totalmente inviable! No lo digo yo, ni se trata siquiera de una apreciación personal: es algo más que evidente, pues es el mayor culpable de los nuevos contagios. Claro que sus trabajadores también necesitan comer, es por ello por lo que se debería aprobar un plan de ayudas a un sector que se derrumbaría, pero que no puede continuar campechano. Se dio una oportunidad a ciudadanos y empresarios de la noche tras el comienzo de la «nueva normalidad», pero más que claro se ha dejado que ha sido un gran error.

Migrantes, inmigrantes, coronavirus

Por otra parte, hay otra cuestión que se ha vuelto principal en las últimas semanas, especialmente en Canarias, comunidad autónoma que mas ha sufrido su polémica. ¿Está siendo la inmigración un problema? Y aquí radica una cuestión, ¿qué entendemos por problema? ¿Que un gran número de personas procedentes de África lleguen a nuestro país o que cada vez más personas tengan que huir de sus países en busca de una vida mejor? Si la respuesta es la segunda opción, estamos en lo correcto: es un gran problema que cada vez más personas tengan que jugarse la vida en búsqueda de poder tener pan recién horneado. O morir, directamente, a bordo de una patera a la deriva sin agua ni comida.

Si la respuesta es la primera opción, permíteme comentar que preferir al hombre blanco ante el hombre negro tiene un nombre, y es racismo. Y si no es eso, sino que se tiene el pensamiento de que el hombre blanco trae dinero a España y el negro no, tiene otro nombre, y es aporofobia. No vale entonces la excusa del coronavirus, cuando a los migrantes procedentes de las aguas se le hace un control a la llegada y son aislados al momento. En cambio, miles de extranjeros que pueden ser portadores del virus, llegan a nuestro país en avión. De esos no tenemos ningún conocimiento ni control, pues no se les requiere nada a su llegada. Sabemos que sí, que sin la llegada de esas personas nuestra economía basada en el turismo se iría a pique, pero ¿y entonces? Entonces no es el virus lo que preocupa.

Círculo vicioso

Entramos en un círculo vicioso, del que parece que no saldremos nunca. Los datos hablan mal de nosotros, como sociedad, como personas. Volvemos a las mismas. Pero se prevé de una manera muy diferente. Esta vez no se habla de confinamiento, al parecer nadie lo toma como opción. Sobre las muertes y contagios, ni hablar. ¿O es que alguien se ha parado a pensar en eso? Estamos en la etapa de «sálvese quien pueda». En este caso, el que tenga mascarilla y dos dedos de frente. Y es que, como dijo una vez Concepción Arenal: “Colectividad que no sabe pensar, no puede vivir”.