Zaragoza en la encrucijada: Entre el potencial y la ironía

Desde hace un tiempo llevaba rondando por mi cabeza la idea de escribir un artículo sobre la ciudad que me ha visto crecer. Como tal vez conozca, hace algo más de dos años dejé mi ciudad natal para primero, completar mis estudios, y posteriormente, incorporarme al mercado laboral en puestos con mayores oportunidades de futuro y mejor retribuidos que los que se ofrecían en Zaragoza. Desde entonces, cada vez que soy preguntado acerca de si me planteo volver, he de reconocer que mi respuesta se ciñe a poner cara de póker y contestar “no lo descarto, pero de momento el panorama que veo aquí sigue siendo muy complicado y muy precario”.

Sin embargo, no he querido escribir este artículo para recrearme en lo desgraciados que somos los jóvenes emigrantes sino para hablar de por qué Zaragoza tiene capacidad para atraer todo el talento perdido y el que está por surgir… si quiere. Hace unos cuantos meses, volvía a Zaragoza acompañado de un amigo colombiano y su novia alemana que no conocían la ciudad para enseñársela. La cuestión es que salieron encantados pero mi amigo me dijo aquello de “veo mucho potencial en la ciudad pero le falta actividad, está dormida”. No pude sino estar más de acuerdo.

Efectivamente, Zaragoza es una ciudad que por su localización, el tejido industrial que desarrolló durante la segunda mitad del s.XX, la comodidad y calidad de vida que en muchos sentidos presenta la ciudad y otra serie de cualidades que hacen de la misma una ciudad muy familiar se convirtió en un atractivo destino para que muchas personas se instalaran aquí convirtiendo a la urbe en la quinta ciudad española en población. Sin embargo, este crecimiento no vino acompañado de un crecimiento de su influencia política ni económica a nivel nacional, y durante esta larga crisis que dura ya diez años hemos pagado con creces las consecuencias de este hecho.

Lo primero que deberían plantearse las autoridades políticas tanto del Ayuntamiento como del Gobierno de Aragón es el porqué de ese perfil bajo que durante años y años vienen adoptando cuando tienen la oportunidad de destacar a nivel nacional. Aragón es una tierra donde se mira con desconfianza a catalanes y vascos cada vez que alzan la voz para pedir algo más de inversión para sus territorios pero mejor nos habría ido si en vez de “tirarnos los trastos a la cabeza” discutiendo si lo mejor para la ciudad era apostar por el tranvía, el autobús o las carretas de caballos, hubiésemos apostado por exigir en Madrid la inversión en una mallada red de tres o cuatro líneas de cercanías que hicieran las funciones de metro en Zaragoza y su área metropolitana, como ya ocurre en Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao.

A veces siento envidia de Revilla cuando se pasea por las “teles progres” vendiendo Cantabria y sus anchoas… Igual Lambán debería tomar nota. Desde Labordeta no recuerdo a un político carismático que haya tenido un mínimo de impacto y capacidad de negociación en Madrid. Pero bueno, dejando la política, que siempre es el argumento más sencillo, hay que hablar también de otros grupos de interés.

El sector privado también “tiene su aquel”. En general, el tejido empresarial zaragozano se ha caracterizado en una empresa de tamaño pequeño y mediano de tipo industrial. Esto, a priori, resulta muy positivo puesto que permite la creación –en total- de un mayor número de empleos que las grandes corporaciones. Sin embargo, han adolecido durante mucho tiempo de las ganas y el ímpetu para ir más allá de su “zona de confort” innovando en nuevos sectores y saliendo al exterior –tanto nacional como internacionalmente- hasta que se han visto forzadas a ello por la crisis económica. La consecuencia de todo esto es, además, que el trabajador medio en el sector privado zaragozano es retribuido con unos salarios sustancialmente inferiores a los que se pagan en otras comunidades de nuestro entorno (y no sólo me refiero a Madrid o Barcelona, sino a sitios como Navarra, La Rioja, Cantabria o Euskadi donde el coste de la vida no es superior al de aquí pero sí lo son sus salarios) lo que hace de Zaragoza un destino muy poco atractivo en términos laborales.

Otro punto que debería hacernos reflexionar es el enfoque turístico de Zaragoza y Aragón. En todos estos años hemos sido incapaces de vender nada más que pistas de esquí. Preocupante. La actividad turística de la ciudad de Zaragoza se limita a hordas de turistas desembarcando entre el Pilar y La Seo y comiendo paellas de marisco congelado en los restaurantes aledaños. Aunque no somos Salamanca, disponemos de potencial suficiente para vender nuestra ciudad a pernoctaciones de tres o cuatro días, y nuestros museos pueden ayudar mucho a ello. Madrid se ha configurado como una capital con una fuerte actividad cultural. Zaragoza podría hacer los mismo con un poco de voluntad y colaboración entre las autoridades y el sector privado. Disponemos de una variada oferta de museos centrados en la Zaragoza romana, pero además existe el potencial de dos museos de arte que convendría revitalizar -los dos “Pablos”- así como una nueva incorporación –el Caixafórum- que tiene más potencial del que se está obteniendo del mismo. Y por cierto, les daré dos sugerencias más: la primera de ellas es el Paraninfo. Un edificio que no termina de despegar, gestionado en exclusiva por la Universidad y que requeriría de mayor promoción y apoyo por parte de DGA  y Ayuntamiento para explotar su potencial. El segundo de ellos: el edificio de Telefónica. En Madrid, Telefónica ha instalado en su antigua sede de Gran Vía su fundación con interesantes y curiosas exposiciones temporales. ¿Acaso no se podría promover que, al igual que hace La Caixa con sus museos, Telefónica expandiese sus exposiciones a su abandonado edificio del Paseo de la Independencia de Zaragoza?

También debemos hablar de comercio. Aunque Zaragoza dispone de un variado comercio de calidad, este no termina de evolucionar hacia las nuevas tendencias que marca el nuevo siglo. Les pondré un ejemplo: desde hace un tiempo, el comercio del área central de Zaragoza tiene permitido también abrir en domingo como sucede en muchas otras ciudades de España y del mundo. Sin embargo, muchos siguen siendo los que se resisten como “gato panza arriba” aduciendo que tienen que conciliar. ¿Desde cuándo un empresario concilia? ¿Se es empresario a tiempo parcial? No se puede querer ser tendero en unas situaciones, y tener beneficios empresariales en otras. Por si fuera poco, la alocada política de grandes superficies y la falta de iniciativa y visión empresarial presente en la sociedad zaragozana tampoco han ayudado a convertir muchos de estos negocios familiares en pequeñas empresas que sobrevivan más allá de la primera o segunda generación.

Relacionado con esto, es necesario hablar de educación y Universidad. Vivimos en una ciudad donde los jóvenes quieren ser funcionarios. Los estudiantes que cursan carreras de empresa y relacionadas con profesiones liberales, en una proporción demasiado alta, siguen queriendo ser funcionarios. Y esto es una muy mala noticia. Al poco de marcharme, hablando con gente de mi máster y de mi empresa, se asombraban bastante de que habiendo estudiado Derecho y ADE, estuviese rodeado de gente cuyo objetivo profesional en la vida era opositar. Esto solo pasa aquí y en pequeñas capitales de provincia. La Universidad de Zaragoza debe preocuparse por recuperar el prestigio perdido durante estos años de pésima gestión por parte de los responsables que ha tenido al frente y ser capaz de revalorizar sus títulos para que sus egresados aspiren a algo más que a ser becarios en sus primeros empleos y a permanecer en una situación de alta precariedad y bajos salarios hasta que alcanzan los treinta y muchos. Esto en otras Universidades de grandes ciudades españolas no sucede. Y no sucede porque supieron prepararse elaborando unos estudios de posgrado profesionalmente atractivos en el mercado laboral, construyendo una imagen y marca de Universidad reconocida más allá de su provincia, supieron colaborar con la empresa privada en diversos proyectos, o supieron crear un verdadero departamento de inserción y salidas profesionales. Nada de esto ha sucedido aquí al calor de unos equipos de gobierno de “la Academia” incapaces de afrontar respectivos cometidos.

En este sentido, resulta fundamental que el Gobierno de Aragón se implique en la atracción de nuevas inversiones por parte de grandes empresas en nuestra ciudad. Existen los medios para hacerlo, tan solo basta con emplear las “palancas públicas” en materia de fiscalidad e infraestructuras que les haga atractivo instalarse. No es de recibo que la última gran inversión por parte de una empresa extranjera fuera la instalación de Opel en los años 70.

Es hora de ir acabando, pero no querría hacerlo sin hacer mención a un gran potencial para atraer talento: La vivienda. Somos una ciudad con la vivienda en precios todavía muy asequibles, y sin problemas de suelo para nuevas promociones, lo que permite hacer de Zaragoza una localidad con un fuerte enfoque familiar. Y esto, es un hecho que deberíamos cuidar, valorar y potenciar.

De los zaragozanos depende construir el futuro de nuestra ciudad. Una tarea que no es sencilla pero a la que ya llegamos tarde. Tenemos el potencial, ahora solo falta comenzar a andar.

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