Parte de arriba de un coche de policía con las sirenas azules encendidas.

Capítulo 5. ‘Declaraciones’, por Benjamín Santiago

Rob y Andrea se encontraban en la comisaría de policía de la zona. El silencio se hacía eco mientras esperaban a que les llamasen para tomar sus declaraciones. Eran las once de la noche y Rob estaba empezando a desesperarse.

— Quiero irme de aquí, joder —exclamó Rob, al borde de las lágrimas—.

— Pronto nos llamarán, solo tienes que aguantar un poco más —intentó calmarlo Andrea—.

Rob forzó una sonrisa y Andrea le colocó la mano sobre el hombro. Dentro de toda la tensión que se palpaba, ella lo tranquilizaba con su mera presencia. El tiempo pasaba y la comisaría se iba vaciando poco a poco. Se vaciaba, pero no les llegaba su turno. La espera por una llamada indicándoles que podían pasar se les estaba haciendo eterna.

Finalmente, tras horas de espera, llamaron a Rob. Indicaron a Andrea que ella iría después pero tenía que esperar fuera. Querían tomar las declaraciones por separado. Un agente indicó a Rob el camino y allí lo esperaban dos agentes, encargados de la declaración.

A partir de ahí, todo pasó muy rápido. Por un momento, Rob no estaba ahí. Estaba ahí pero años atrás, tras el accidente con su familia. La policía le preguntaba que qué había visto, qué había ocurrido y cualquier detalle que pudiera serles útil para la investigación. Pero Rob tenía la mirada perdida y sentía como si le hablasen en otro idioma. Le hablaban de algo que no era capaz de entender que había pasado. Querían información sobre algo que no era capaz de entender. Se desmoronaba constantemente sobre la mesa mientras gritaba «yo los he matado». Decidieron que lo mejor sería esperar a que recibiera atención psicológica, por el bien de Rob. Esos momentos  del «interrogatorio» estaban borrosos en la mente de Rob, salvo cuando algo le hacía sentir que volvía a estar ahí.

Volvía a estar ahí. Esta vez no por sus padres, esta vez era todo distinto pero él volvía a estar sentado en la sala en la que toma declaraciones la policía. Le costaba respirar, sentía que iba a asfixiarse y que, de nuevo, perdería el control. Entonces sintió que debía soltarlo todo de golpe y así acabaría antes.

— Sí sé lo que ha pasado.

Y se desmoronó llorando desconsoladamente sobre la mesa.

El siguiente capítulo de esta serie se publicará el domingo que viene. Su autor será Sevie Pastrana.

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