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Capítulo 4. ‘El ser’, por Vicky Moreno

A las cinco y media enfrente de los caballos. En el folleto lo ponía bien claro, pero allí solo estaba Andrea con los ojos rojos. Había salido de casa dando un portazo tras una discusión con su padre. Una más. Podía ser la séptima esa semana. Se sentía tan inútil y miserable por sentirse dolida; abatida de tanta pelea, su mente se perdía en la mirada triste del caballo. Bajó la vista y vio sus patas, tan fuera de lugar como ella, que no podía ser más fuerte que el deseo de una chocolatina.

Porque no es un secreto. Todo el mundo tiene fantasmas y el suyo era la ansiedad, que se escapaba entre lápices y hojas para volver en el peor momento: cualquiera. Por eso pensó, brevemente, que el teatro le ayudaría a aliviar su mente enseñándole estrategias o conociendo almas lastimeras, no sabía. Al menos saldría de esa casa llena de recuerdos y se comería su chocolatina.

Pasado un rato, mientras el Sol aún brillaba, se alegró al recordar a los dos chicos de la mesa. Tendría compañía en la presentación. Estaba pensando que hacían buena pareja justo cuando los vio cruzar el paso de cebra. El saludo fue escueto y cortante, como si las palabras pesasen, pero ya estaba hecho. Tachado de la lista, era el momento de seguir con los que vinieran.

Cuál fue su sorpresa cuando no llegó nadie más. Pasaron las seis, las seis y media… El único nuevo ser era una avispa poco deseada. Hasta que Rob se impacientó y bajó la acera en dirección a los bares. Oliver y Andrea le siguieron junto al hambre de la cena. Aun apremiando el paso les costaba seguirle, aprovechando entre tomas de aire para lanzarse miradas cómplices. No pudieron más.

Cayeron rendidos en la acera riéndose a carcajadas, captando la atención de Rob a casi tres metros, desconcertado. Sacudió la cabeza y les ofreció la mano con una sonrisa. Su impulsividad se había asomado sin darse cuenta. Al menos seguían ahí. Estaba a tiempo de pertenecer al extraño trío.

Un café siguió a otro, entre historias, anécdotas y lágrimas. También hubo tiempo para proyectos y esperanza. Oliver levantó la taza, Andrea y Rob le siguieron y miraron al horizonte. Una balsa de agua reflejaba la Luna a sus pies. Eran personas comunes en un sitio de todo menos común. Se puso en pie con la taza aún en la mano, dio un paso al frente y se tiró sin aviso. Y el cielo se cubrió de gritos.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Esto está muy oscuro.

 

El siguiente capítulo de esta serie se publicará el domingo que viene. Su autor será Benjamín Santiago.

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