Allí, en mitad de una de las plazas más importantes de mi ciudad, me di cuenta de lo importante. Había una sociedad marchita que necesitaba beber de la verdad. Eso era fundamental, luego ya vendrían las reparaciones y los juicios a los culpables de tanta maldad.

Fue imposible encontrar la forma de conectarse a Internet, habían destruido cualquier forma de hacerlo. Había que destrozar el medio de comunicación más importante del mundo para que reinará el caos. Entonces recordé algo. La vieja emisora de radio de la ciudad, aquella que generaciones atrás divirtió a niños y mayores. Sin embargo, fue condenada al ostracismo con el paso de los años. Tanto es así que ninguno de los dos bandos pensó en destrozarla. No se les podía volver en su contra. Necios, no todo el mundo tiene una memoria de pez como la suya.

Me separaba una distancia larga, hasta las afueras y tocaba correr. Casi sin fuerza, empecé mi vuelo a ras de cielo. Las aceras estaban destrozadas, las tiendas saqueadas y me pareció ver algún cadáver por el suelo. Una escena desoladora, la muerte reinaba. A pesar de todo, no había tiempo para el desaliento. Cuando la empecé a vislumbrar, pensé que habían pasado segundos. Corrí mucho, sin percatarme de si me encontraba con guerrilleros. Cualquiera que fuese su facción. Fue un error.

Detrás de mí oí un grito, presa del miedo, me giré. Cientos de personas vestidas de militar me seguían. De repente se oyeron disparos, sólo quedaron 5 sin caer. Seguí corriendo, les saqué ventaja pero cada vez se acercaron más.  De repente, di un salto hacia una farola cuando escuché un grito ensordecedor.

 

Nunca pensé que fuera fácil pero este final se iba complicando. A la carrera como un animal salvaje.

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