Luchar

Capítulo 3. ‘Luchar’. Por Raquel Bernal.

Acabar. Acabar con todo y descansar para siempre. Desaparecer. Eso era lo único en lo que podía pensar aquella noche en el sótano.  Aquel explosivo rudimentario, construido con restos de lo que un día fue mi vida, me iba a servir para acabar con todo, para culminar mi venganza contra una sociedad que ya me lo había quitado todo, que me había dejado sin lo que más quería.

La guerra es así. Te arrebata todo lo que creías seguro, te arrebata las ganas de vivir y, al final, te arrebata hasta la humanidad. Te convierte en una máquina sin nada que perder, en un mero soldado con un único fin: matar. Pero yo no luchaba con ningún bando, sino simplemente por lo que creía justo, por intentar poner fin a la persecución de los inocentes. Y solamente había una forma de lograrlo: atacar el Comité Liberador Revolucionario.

Pero no podía hacerlo sola, no sin la ayuda de mi maestro y una de las pocas personas que me quedaban en el mundo. Aquel hombre que un día decidió aislarse más aún que yo, para vivir en una casa en la frontera de Francia y escapar definitivamente de todo lo que estaba sucediendo. El hombre al que debí hacer caso y huir con Noelia cuando aun estábamos a tiempo, cuando aún había esperanza para nosotras. La única persona que podía ayudarme. Y decidí salir de mi encierro, de mi soledad, y cambiar mi destino.

Esperé a que se hiciera de noche, empaqueté algo de comida y las pocas pertenencias que aún poseía y comencé mi camino. Caminando por bosques aislados de noche, durmiendo en cabañas abandonadas o en simples agujeros que la guerra había dejado tras de sí durante el día, vigilando siempre. Y así fue como le encontré: vagando por los caminos.

Melchor estaba tal y cómo le recordaba: el pelo largo y negro, la barba desaliñada y esos ojos que parecía que podían leerte la mente solamente con mirarte. Pero algo en él, en su mirada, había cambiado. Ya no era aquel hombre sonriente dispuesto a ayudar a cualquiera, sino un ser huidizo y temeroso que había perdido la confianza en casi todo, aunque quizás también alguien dispuesto a ayudarme en mi absurdo plan de acabar con todo.

Nos refugiamos en su cabaña, apenas unas maderas colocadas en un oscuro y perdido rincón de aquel bosque, y allí le hable de todo lo que me había pasado, de mi plan para atacar al CLR , de todo lo que me atormentaba, del vacío que entonces llenaba mi existencia. Él lo escuchó todo, y prometió ayudarme, ponerme en contacto con alguien que, como yo, veía la lucha armada como la única solución al conflicto.

Y así fue como la conocí. Ella, apenas una niña, que lo había perdido todo, que había sufrido más de lo que nadie debería sufrir, que, como yo, estaba sola en el mundo y no deseaba otra cosa que vengarse de quienes un día, mataron a sus padres y se los llevaron a ella y a su hermano mayor al campamento del Comité de Liberación para adiestrarlos en la lucha. De quienes obligaron a su hermano a hacer tales atrocidades que un día, preso del miedo y de la culpa, acabó matándose con el arma con la que había sido obligado a acabar con tantas vidas inocentes. Así le encontró ella, tras volver de uno de sus entrenamientos. Y fue entonces cuando decidió huir. Escapar.

Así la encontró Melchor, vagando por los bosques como un animal abandonado, sin fuerzas para continuar, dejándose morir lentamente, sin una esperanza por la que luchar, pero con toda la información que yo necesitaba.

Fueron semanas duras, pero el entrenamiento y la esperanza de recuperar una parte de la sociedad civilizada que tuvimos y que no logramos defender eran la única fuerza que necesitábamos para continuar.  Empleábamos todas nuestras fuerzas en prepararnos para nuestra misión, en trazar el plan perfecto, en mejorar todo lo posible. Sabíamos que nuestras fuerzas eran limitadas, que no podíamos hacerlo todo nosotras solas. Pero ¿qué más podíamos hacer?

Y entonces apareció él. De la nada, sin que nadie lo esperara. Y lo cambió todo por completo.

El siguiente capítulo de esta serie se publicará el sábado que viene. Su autora será Inés Monteagudo. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *