Autor: Javier Ortega Elduque

Cuando les vi, mi cuerpo se quedó paralizado por completo. No supe qué hacer. El impacto fue tan fuerte que no pude reaccionar. Aquello lo cambiaba todo por completo ¿Qué hacían  altos cargos de los dos bandos que habían llevado al país a la guerra en mitad de un bosque hablando entre ellos? Y entonces lo comprendí todo: estaban intercambiando armas. Aquella gente nos había destrozado la vida solo para hacer negocio. Nos habían hecho huir, desear morir, y, a algunos, incluso matar, solamente para enriquecerse.

La ira invadió de pronto todo mi cuerpo. Todo era una gran mentira, un conflicto ideado con intereses que nada tenían que ver con los ideales que habían vendido a la sociedad, ni con las promesas tantas veces incumplidas.

Aunque quizás sí se podía hacer algo. Temblorosa, metí la mano en el bolsillo de los vaqueros y saqué mi móvil, una de las pocas posesiones que llevaba encima, y encendí la cámara de video, intentando acercarme a ellos y grabar lo que estaban diciendo.  No recuerdo ni cómo conseguí moverme hasta donde estaban, y captar varios minutos de su conversación. Silenciosamente escuché sus planes, hasta que supe, por las voces que me llamaban a lo lejos, que debía salir de allí o me descubrirían.

Y corrí. Corrí hasta que me quedé sin fuerzas. Corrí de nuevo en dirección a la civilización, o a lo que quedaba de ella, a algún sitio en el que poder hacer algo, algo que no fuera compadecerme de mí misma y de todo lo que había perdido.

Quizás no pudiera arreglar todo el daño que había hecho, pero sí podía evitar que muriera más gente. En una época en la que la sociedad se desestabilizaba, aun quedaba una salida: los medios de información. Si lograba publicar en internet lo que estaba oyendo y darlo a conocer, no importaba ya lo que me pasara: todo aquello habría valido la pena.

Así anduve hasta que en unos días vislumbré la silueta de Huesca, aquella ciudad en la que, aunque ahora me pareciera algo imposible, había sido feliz. Escondida, tratando de no llamar la atención en una ciudad casi abandonada, traté de llegar a la biblioteca, uno de los pocos puntos de la ciudad que, si no había sido destrozado ya, debía conservar una conexión a internet. Sin embargo, cuando llegué descubrí que mis esperanzas habían sido en vano: la biblioteca en la que había pasado tardes enteras de mi juventud, estaba destrozada y sin vida, casi como el país que ahora me afanaba en recuperar. No quedaba allí prácticamente nada de lo que recordaba, y mucho menos una conexión fiable a internet.

Vagué por las calles buscando algo que me pudiera ayudar, pero parecía que de la moderna sociedad de la comunicación no quedaba ya mucho, que en tiempos de guerra, lo único que de verdad importa es sobrevivir, y todo lo demás se convierte en algo prescindible. Que teníamos las comunicaciones de la primera mitad del siglo XX, y, por tanto, lo único que podía hacer era  encontrar un lugar desde el que poder transmitir por radio mi mensaje, la verdad sobre lo que estaba sucediendo. Aquello no iba a ser fácil, pero, en aquel momento, poder contar la realidad era lo único que me quedaba.

Y entonces comprendí que era el momento de entrar en acción.

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