Brujería: una cuestión de género

La caza de brujas tuvo un objetivo claro: las mujeres. Por lo tanto, al hablar de brujería siempre debemos tener en cuenta el factor género

Las brujas han formado parte de la cultura y de las creencias de numerosas sociedades y civilizaciones desde los tiempos de la Antigüedad. Así, en la Antigua Grecia encontramos a seres mitológicos y personajes femeninos tan populares como Circe, Medea, Calipso o Hécate, todas ellas vinculadas al mundo de la magia y de la adivinación. En cuanto a la literatura romana, destaca la bruja Erichto, la más famosa de las hechiceras de Tesalia.

La brujería, por su parte, es un fenómeno que llama la atención. Bien por el carácter místico y misterioso que se le ha atribuido, o bien por la curiosidad que suscitan aquellas mujeres denominadas “brujas”. Lo cierto es que se habla mucho de este fenómeno, pero hay ciertos factores de la denominada caza de brujas que en ocasiones pasan desapercibidos. Es el caso del elevado número de ejecuciones que se cometieron en nombre de la fe, ejecuciones que quedaron justificadas bajo el supuesto de que había que salvaguardar la pureza de los reinos cristianos de cualquier tipo de herejía.

El factor género

El género es otro de estos factores. La caza de brujas debe entenderse como un fenómeno que nombró a las mujeres como principales sospechosas y culpables. Por lo tanto, estableció que tenían que ser perseguidas, atacadas y atrapadas. El hecho de que fueran las mujeres aquellas que estaban en el punto de mira no es casualidad. Para comprender esto, debemos remontarnos a las sociedades tardomedievales y modernas, épocas en las que tuvo lugar la caza de brujas. La misoginia estaba profundamente arraigada en la mentalidad colectiva, algo que derivó en el surgimiento del binomio mujer-bruja.

El miedo irracional y la obsesión por la demonolatría derivaron en la creencia de que las brujas eran agentes demoníacos. A las mujeres se las consideraba moralmente más débiles que los hombres, por lo que resultaba más sencillo creer que el demonio podía ejercer su poder sobre ellas. Además, en la cultura europea tanto medieval como moderna predominó la idea de que los miembros más sexualmente inmoderados de la especie humana eran también las mujeres. Esto se ajustaba de manera idónea al crimen de la brujería, pues se creía que las brujas realizaban todo tipo de actos sexuales en el Sabbat.

Una amenaza para el orden patriarcal dominante

Lo cierto es que las brujas amenazaban con romper esa supremacía masculina instaurada en la sociedad, y dañaban también la subordinación a la que las mujeres estaban sometidas. La pasión sexual, por ejemplo, constituía una amenaza directa contra esa masculinidad predominante. Tal y como dice la autora italiana Silvia Federici en su obra Calibán y la bruja -obra de referencia en este ámbito-, “una mujer sexualmente activa constituía un peligro público, una amenaza al orden social ya que subvertía el sentido de responsabilidad de los hombres y su capacidad de trabajo y autocontrol. Para que las mujeres no arruinaran a los hombres moralmente -o, lo que era más importante, financieramente- la sexualidad femenina tenía que ser exorcizada”.

Por otro lado, en un sistema patriarcal como el que imperaba durante la caza de brujas las mujeres estaban sujetas a unas rígidas normas que las condenaban al hogar. Hubo sin embargo quienes decidieron vivir sus vidas al margen de lo establecido, rompiendo con las imposiciones de la sociedad y con los roles marcados. Estas mujeres, por supuesto, suscitaban cierta incomodidad. El hecho de tener poder de decisión sobre su propia vida y el dedicarse a otras actividades que no fuesen el cuidado de la familia y el hogar no se veía con buenos ojos. Así, las brujas se consideraban una amenaza para la sociedad: no solo por sus supuestas características demoníacas, sino por su autonomía.

Cabe preguntarse ahora quiénes eran y a qué se dedicaban estas supuestas brujas. La gran mayoría estaban relacionadas con actividades que las autoridades civiles y eclesiásticas relacionarían con la hechicería: curanderas, comadronas o cocineras. Sin embargo, también existieron otras mujeres que fueron objeto de sospechas, principalmente aquellas que vivían en los márgenes de la sociedad.

La caza de brujas, una herramienta para consagrar la supremacía masculina

Es evidente, tal y como hemos podido comprobar, que fueron las mujeres las principales víctimas de la caza de brujas. A medida que avanzaba esta persecución se fue construyendo el conocido estereotipo de la bruja: el de una mujer anciana, solitaria, misteriosa e incluso malvada. Esta imagen es la que podemos ver en cantidad de obras artísticas y literarias, siendo La Celestina una de las más representativas.

La caza de brujas fue por lo tanto una herramienta para intentar mantener y consagrar una supremacía masculina que se tambaleaba. El número de víctimas causadas por esta feroz persecución varía según el país, pues no se dio con la misma fuerza en todos los territorios. A pesar de las diferencias, es evidente que la caza de brujas siempre tuvo un objetivo claro: las mujeres. Por ello, dejar a un lado el factor del género cuando hablamos de brujería sería un error, pues son dos conceptos que siempre han estado unidos.