Repensar la valentía de quien habita la disidencia

Solo cuando nuestra existencia deje de ser sinónimo de valentía sin excepciones y sin tener que camuflarnos en lo establecido, podremos dejar de cuestionar el sistema en que se nos ha obligado a vivir.

Es muy fácil abanderarse de la palabra libertad cuando puedes despojarla de su significado porque para ti tan solo es otro elemento más que usar como arma arrojadiza en tu discurso. Remedios Zafra, destacada escritora y ensayista española, en su libro El entusiasmo, afirma: “Si Sibila fuera libre no tendría que ser valiente”. Lo cierto es que para las personas que de una u otra forma habitamos la disidencia vivir en un sistema capitalista, cisheteronormativo, patriarcal, blanco y capacitista supone que algo tan básico y esencial como lo es ser, inmediatamente, sea visto como un acto de coraje, donde se felicita la acción misma de enfrentarse al mundo, en lugar de repensar y criticar los motivos inherentes que se esconden detrás de ese “tener que ser valientes”.

Nuestra mera existencia se ve de esta forma porque se nos trata de manera sistemática como la excepción, en vez de como parte de la regla. Se nos condena a la otredad, a vivir en los márgenes, a que nuestras voces no cuenten porque se silencian. Sin embargo, resulta inevitable preguntarse si ese afán por ampliar la regla para que sea un reflejo de la diversidad, en lugar de una criba de lo normativo, ¿no debería ser acaso tan solo una solución temporal? Un puente que nos permita vivir sin estar subyugades al cuestionamiento constante y agotador de nuestras realidades. Pero, al fin y al cabo, un puente hacia un nuevo sistema en el que realmente vivir siendo libres. Sin tener que resignarnos a desaparecer entre las exigencias de lo que es más cómodo para el discurso dominante.

¿Queremos que nuestras voces se escuchen por repetir la retórica de siempre? ¿Por confiar, de repente, en quienes nos han insultado, apaleado y asesinado durante años? No lo creo. Hil Malatino, en Cuidados trans, se pregunta: “¿Por qué el problema se ha convertido en cómo encajamos más eficazmente en lógicas institucionales preexistentes?”. No queremos que nos toleren por parecer cis, exigimos que nos respeten siendo visiblemente trans.

Camuflarse para sobrevivir

Y, no obstante, en esa paradoja que conforma la inclusión es necesario tener en cuenta que no podemos culparnos entre nosotres de buscar abandonar el tener que ser valientes precisamente dentro del sistema que nos hace tener miedo. Adaptarse, esconderse… Muchas veces es una cuestión de pura supervivencia. Olvidarse de quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos sería un error lamentable para toda la comunidad de personas situada fuera de lo que el sistema vende como hegemónico y, por tanto, aceptable. Ese proceso de camuflaje tampoco es una decisión sencilla y sin costes. En muchos casos se renuncia incluso a la propia libertad. ¿Cómo serlo mientras se anula una parte esencial de quien eres con el fin de evitar que la quebranten y de alejarte de la violencia?

“Eres un valiente”, repiten quienes nos conocen. No creo que nos moleste que nos digan que lo hemos sido o que lo somos porque, triste y ciertamente, en la gran mayoría de los casos es una experiencia consustancial a vivir fuera de la norma. Sin embargo, por supuesto que nos enerva tener necesariamente que serlo porque el mundo, en muchas ocasiones, nos es hostil y peligroso.

Nos cansa y nos encoleriza porque Sibila ni es una excepción ni tampoco un personaje inventado en el que difícilmente vernos reflejades. Es tan real que duele. Nos indigna porque la libertad se ha convertido (o sigue siendo) el privilegio de unos pocos, de los de siempre. Y, en cambio, una ilusión en muchas vidas inalcanzable para la mayoría. Si mi existencia, para quienes la vivís desde fuera, se ha convertido de repente en un acto supuestamente revolucionario, espero que al menos sirva para que quienes vienen detrás dejen de tener que ser valientes para, sencillamente, ser.