Sí, como lo lees: soy lesbiana y no necesito tu aprobación. Estarás preguntándote… ¿A qué viene esto? Si eres alguien que vive en un país del que, en 2017, se decía eso de que era el país más lgtb-friendly (por lo que sea, El Mundo lo vende como gay-friendly, pero dejamos la crítica para otro día). Pues, ese mismo año, solo en la comunidad de Madrid, el Observatorio Madrileño contra la homofobia, transfobia y bifobia recogió 321 agresiones. Y para nuestra desgracia, estas conductas están en aumento.

¿Seré yo muy impresionable o una cosa contradice a la otra? Ay, qué sabré yo.

Digamos que tu inocencia todavía te hace pensar que vives en un país que no va a ponerte ninguna barrera por ser lesbiana o bisexual –y tener una pareja de tu mismo género–. Que, ojo, podría ser, hay personas que tienen la suerte de tener esa experiencia. Pero… ¿Qué es lo que pasa cuando no es así?

Cabe mencionar que, en este artículo, no se va a tratar la homofobia más directa, que es el rechazo evidente hacia la persona homosexual en cuestión, ni la propia homofobia interiorizada (lesbofobia, en este caso). Lo que vamos a ver, en realidad, se trata de esas pequeñas cosillas que hoy en día siguen ocurriendo, aun sin ser el emisor consciente –en la mayoría de los casos– de lo que de verdad está diciendo.

 

Hola, me gustan las mujeres

La sociedad en la que vivimos todavía hace que tengas que especificar cuál es tu orientación sexual, ¡efectivamente! A veces saldrá de forma natural, y en otras ocasiones te verás un poco presionada a tener que decirlo en voz alta, por las circunstancias que sean. ¿Qué tipo de perlitas puedes llegar a recibir?

—Ah, pues no se te nota nada.

—Eres muy guapa para ser lesbiana, ¿no?

—¿Tus padres cómo se lo han tomado?

—¿Pero has probado a acostarte con un tío?

—No será que te ha ido mal con un chico y ahora pruebas lo otro, ¿no?

—Seguro que se te pasa. Es que no has encontrado al tío correcto.

—¿Entonces no quieres tener hijes?

Puede que te parezcan una tontería, que hasta te haya hecho gracia eso de «demasiado guapa para ser lesbiana» de la poca correlación que hay de una cosa con la otra. Pero te aseguro que son prejuicios completamente reales, y pasan cada día.

 

Hola, esta es mi novia

¡Ay, ese microinfarto de presentar a tu novia las primeras veces! La ilusión, la emoción, las ganas incontrolables de gritar al mundo quién es la persona que está tan nerviosa como tú, a tu lado. Ni tan siquiera eso, el simple hecho de mencionar que mantienes una relación ya hace que el cosquilleo tan característico te recorra el estómago. Lo dices en voz alta, y eres veliz. Y de repente, cuando crees que todo va genial y te has relajado…:

—¿Y quién es el hombre de la pareja?

—Tía, pero… ¿Y cómo os acostáis? Porque, lo hacéis, ¿no?

—¿De verdad os quedáis satisfechas cuando lo hacéis?

—Bueno, y ahora hablando en confianza: hacéis tríos con un tío, ¿no?

 

Hola, estás anulando mi existencia

Basta de anular las relaciones entre mujeres. No somos un producto creado para lo masculino, no se necesita a un hombre en una relación para que funcione; lo que hace que una relación funcione no es la heterosexualidad, es el afecto, la comunicación, la confianza, y un millón de cosas más.

No soy lesbiana/bisexual porque me haya ido mal con un hombre. Soy lesbiana/bisexual porque (también) me gustan las mujeres.

No queremos un trío contigo, porque eres innecesario.

No necesitamos encontrar al tío ideal, porque vamos a encontrar a la mujer que nos haga perder el sentido.

No queremos probar el sexo con un hombre “para ver si nos gusta”, de la misma forma que tú no necesitas acostarte con alguien de tu mismo género para saber si te atraen o no.

No necesito ser guapa o fea para afirmar mi orientación sexual, de la misma forma que no me pongo a hacer el pino o el saludo al sol para afirmar mi identidad de género.

No somos amigas. Somos novias. Pareja. Cónyuges.

Existimos, y no necesitamos tu aprobación.

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