¿Tenemos una mala imagen del activismo?

Muchas personas al escuchar la palabra «activismo» rápidamente la asocian como algo en los que ellas no participan. Se imaginan conflictos, manifestaciones y, en ocasiones, mucha violencia; además de rebeldes sin causa, totalmente anti-sistema, con los que no se puede tener una conversación de más de cinco minutos sin que acaben gritando y proclamando sus ideales políticos, culturales y/o sociales. 

Creen que es un concepto que no les pertenece y miran asombradas, e incluso con un deje de horror, a aquellos que se proclamas activistas. Sin embargo, no pueden estar más alejadas de la realidad.

Quizá la culpa de estos estereotipos (que no está claro hasta qué punto están arraigados) lo tengan esas películas en la que el protagonista incomprendido, normalmente cis masculino, hetero y adolescente, hace pintadas en las calles con la excusa de su incomodidad con las normas sociales y les saca el dedo a las fuerzas de la autoridad.

No hay que descartar la posibilidad de que los medios puedan tener la culpa, o gran parte de ella, de esa imagen que se tiene de estas personas, a las que muchas veces se tacha de radicales. El activismo es algo que hace que todo aquel con privilegios se tenga que revisar, lo cual nunca es agradable. Así que, ante la necesidad de un cambio, los que tienen las cosas más fáciles suelen mirar hacia otro lado y poner la etiqueta de «exagerados» a esos que piden una evolución en el status quo.

Pero, incluso a pesar de ello, la gran verdad es que todo el mundo puede ser activista, aunque ni siquiera sea consciente de ello; de hecho, algunos lo son y viven en la completa ignorancia de esa realidad. Un ejemplo muy simple: un buen porcentaje de trabajadores que están en sindicatos, lo están sin darse cuenta de que eso también es activismo.

La razón es bastante simple, hay muchas ramas de activismo: político, social, cultural… Y la lista sigue. Sin embargo, cuando se piensa en ello, lo que suele presentarse en la mente son causas mayormente sociales, como las reivindicaciones feministas, antirracistas y/o el colectivo LGBT; pese a que estas luchas también tienen mucho más de política de lo que la gente suele comprender.

Dicho esto, es hora de que se entienda que el activismo es lo que ha hecho que el mundo evolucione. Los grandes cambios han sido gracias a personas activistas, que han luchado por los derechos humanos en todos los ámbitos imaginables; y, aunque la violencia ha sido necesaria en puntos claves de la historia (como puede ser Stonewall), lo cierto es que la mayoría de activistas son personas razonables, que apuestan por el diálogo, las manifestaciones pacíficas y a escuchar otras opiniones e ideales para su propio crecimiento y deconstrucción personal.

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