Cultura de cancelación: ¿Podemos revertir sus efectos?

La globalización nos ha traído a colación esta práctica conocida por muchos como cultura de cancelación o ‘cancel culture’, frecuentemente presente en redes sociales como Twitter

Así empezó todo

Nos remontamos unos años atrás, a 1991, fecha en la que se estrenó New Jack City: una película que sería pionera en este movimiento de la cultura de cancelación. En la peli se hace una broma considerablemente misógina donde aparece una frase que dice: “Cancela a esa p*ta, me voy a comprar otra”. Poco después, el cantante Lil Wayne haría una referencia a esta escena en su canción I’m Single. Por aquel entonces, el fin último no se trataba de exponer a x persona delante del máximo número de oyentes, sino que se pretendía hacer una crítica individualista hacia cualquiera sin suponer esto grandes riesgos sobre la persona expuesta. Pero el concepto de cultura de cancelación comienza a coger forma cuando el movimiento se traslada a las redes sociales donde los usuarios tienen la posibilidad de movilizar grandes masas de gente que opinan lo mismo que ellos. Esto puede fulminar la carrera profesional, y en virtud de ello, la vida personal de cualquiera mediante estrategias de cyberbulling, online shaming, linchamiento social, etc.

Pero, ¿hasta qué punto hemos legitimado esta actividad que, a fin de cuentas, resulta ser un arma arrojadiza? Si bien la cultura de cancelación trae consigo una serie de boicots hacia la persona cancelada, este fenómeno muestra un doble rasero al hacernos fácilmente cómplices de un movimiento que puede degenerar a la larga en un desmedido complejo de superioridad donde creemos que tenemos la verdad absoluta y el derecho a criticar algo sin fundamentos previos. Por otro lado, la cultura de cancelación nos concede un ¿exceso? de libertad de expresión que, si se usa con coherencia y argumentos sólidos, puede convertirse en una herramienta que da voz a las minorías y víctimas para así mostrar públicamente las injusticias o acciones reprochables de cualquiera, generalmente, un personaje público.

Las dos caras de la moneda

Entonces, ¿qué tienen en común Ellen DeGeneres (The Ellen Show), J. K. Rowling, Fortfast o Johnny Depp? Efectivamente, todos ellos han sido cancelados. Los motivos que han llevado a la cancelación total de estas personas son muchos y variados: transfobia, malos tratos hacia socios o trabajadores, abusos sexuales… Lo que ocurre en estos casos es que a veces tendemos a juzgar pasando por alto muchas circunstancias y sin tener certeza de que nuestras palabras sean inequívocas. La cancelación a Johnny Depp por presuntos malos tratos a su ex mujer, Amber Heard, supuso que se le expulsase de varios rodajes, y después de esto se ha podido demostrar judicialmente su inocencia. Ahí es donde radica el conflicto de la cultura de cancelación; es muy sencillo masificar un mensaje porque hoy en día disponemos de los medios necesarios para hacerlo, pero esto puede suponer unas consecuencias fulminantes para la persona boicoteada.

Una parte de nuestro sistema social

La cultura de cancelación es un elemento patente en nuestra sociedad, cada vez más globalizada e hiperconectada, y que tendría que acompañarse siempre de un debido proceso de contextualización; es necesario contrastar todos los datos que se dispongan para así evitar la difusión de información falsa. Ahora, la situación en la que nos encontramos complica aún más todo este procedimiento porque nos enfrentamos a un bombardeo masivo de información, sobre todo a raíz de los medios de comunicación. Aún así, muchos de los efectos de la cultura de cancelación son reversibles y se pueden subsanar con el tiempo así que podemos hablar de una cultura de ‘descancelación’.