La calma y la tempestad

Y, entonces, respiré. No sé cómo pude ni cómo todo acabó así. Solo sé que terminó. Por un instante al menos, terminó aquel nudo en la garganta, esa presión en el pecho y esa respiración acelerada. Mi cabeza dejó de dar mil vueltas y se frenó en un punto fijo: uno que no era un bucle que solo terminaba hundiéndote. Un punto que no era una batalla calma contra tempestad en la que la tempestad tenía todas las de ganar. Un punto en el que todos los horrores no se multiplicaban y subían en una curva exponencial.

Era un punto para respirar, un punto con el que mirar el mundo con otros ojos. Porque aunque aquella tempestad había sido una de las más duras de todas, había terminado. Jamás había visto a un mar levantarse con tanta rabia y azotar a una persona tan inocente con tanta furia. Igual que jamás había visto a un simple navegante luchar con tanto coraje contra aquello que más temía. 

Entonces, me di cuenta. De que no era para siempre. Y por muy dura que había sido la tempestad, cuando respiré me di cuenta de algo en lo que nunca había caído: 

siempre se vuelve a la calma.