Un ronroneo distinto, en un desayuno especial

Como de costumbre, se levantó aquella mañana sin apenas sentir sus pies, que estaban prácticamente congelados. El invierno había llegado demasiado rápido. Automáticamente, se levantó de un salto, se puso la bata de lana que le había regalado su madre las pasadas Navidades y, mecánicamente, repitió su invariable rutina. Cuando terminó, fue a la cocina, buscó con ahínco su taza favorita (la cual le recordaba a su cariñoso gato Félix), y elaboró en ella un té marroquí que le transportó a las calles de Casablanca. En la mesa, le esperaba la novela que le había mantenido distraído esa semana. Nada más sentarse, la pesadilla en la que se veía inmerso, desde hacía varias noches, enturbió sus pensamientos. La vida se le escapaba entre los dedos, mucho más deprisa de lo que a él le hubiese gustado. “Tempus fugit” susurró. Se incorporó, bajó a la pastelería de la esquina y, sin escatimar, compró varios dulces para desayunar. Volvió a casa justo a tiempo de ver rebosar, por última vez, el humeante té con suspiros de azahar. Félix ronroneaba intranquilo, mientras observaba los rayos de sol, que se despedían por la ventana.