«Estamos medicalizando problemas que no son médicos, sino sociales» expresaba Manuel Gálvez Ibáñez, médico de familia. Es más factible acudir a consulta medica en búsqueda de una rápida alternativa que le facilite el sueño, en vez de preguntarse «¿Por qué no puedo dormir?» y gestionar la respuesta.

En los últimos años una polémica rodea a las benzodiazepinas, fármaco elegido por excelencia, para el tratamiento de la ansiedad. En atención primaria abundan la prescripción de este tipo de fármaco sin un control del tratamiento. Queda reflejado en los prospectos que el tratamiento debe ser corto y nunca más de 3 meses.  Sin embargo en muchos casos se sigue recetando estos fármacos durante períodos mucho más largos, a veces varios años.  Sin necesidad objetiva ni subjetiva determinante.

Ante este mal uso, aparece, en un elevado número de casos, consecuencias perjudiciales para los pacientes.

Las benzodiacepinas (BZD) son uno de los grupos farmacéuticos más prescritos en España como en el resto de los países desarrollados. Debido a la gran eficacia, a su rápido inicio y sus efectos secundarios generalmente favorables. Son muy útiles para aquellos pacientes que precisen un alivio sintomático inmediato.

Estos fármacos han sido empleados para el tratamiento de los trastornos de ansiedad e insomnio (como agentes ansiolíticos e hipnóticos), aunque también tienen otros usos: anticonvulsivos, relajantes musculares, en la premedicación anestésica y en la desintoxicación alcohólica. Aunque es relevante señalar que el uso de las benzodiacepinas para el tratamiento de la ansiedad leve es inapropiada.

Dentro del grupo de fármacos tranquilizantes y/o sedantes, las benzodiacepinas son los más prescritos en atención primaria, pues está demostrada su eficacia para el tratamiento en síntomas de ansiedad, insomnio y otros diagnósticos. Además, si su consumo es moderado y sigue las pautas de administración adecuada muestra una mayor seguridad que los barbitúricos, sus antecesores.

Las benzodiacepinas tienen un alto perfil de seguridad si su consumo es a corto plazo, sin embargo si se va alargado la duración del consumo aumentan los riesgos. A menor duración de consumo más seguro y eficaz, sin embargo, a mayor duración de consumo presenta menos eficacia y mayor riesgo para la salud de la persona.

Entre los efectos adversos puede producir  una alteración de la memoria, especialmente para la obtención de nuevos conocimientos tras la administración del fármaco. De esta manera da lugar a trastornos cognitivos.

Hay riesgo de deterioro cognitivo, es decir, puede originar amnesia retrógrada. Se puede producir con dosis terapéuticas, aunque si eleva la dosis hay más riesgo. Ocurre con mayor frecuencia después de varias horas desde su administración. Al paciente se le recomienda que duerma entre 7 u 8 horas sin interrupciones.

En algunos pacientes, el consumo de BZD, puede alterar de manera negativa la adquisición de estrategias para afrontar el estrés en ataques de pánicos y/o estrés. Dificultando, de esta forma, la psicoterapia.

Otros de los síntomas adversos es la aparición de sintomatología similar a la de un trastorno depresivo. En algunos casos, esta sintomatología depresiva, puede inducir a suicidio.

A nivel neuropsicológico también origina los siguientes efectos; somnolencia durante el día, alteración en la capacidad de concentración y alteración en la atención.

Puede desarrollar tolerancia necesitando cada vez más dosis para notar los efectos. Va unida a la adaptación fisiológica del organismo a las BZD. El paciente mantiene su consumo pudiendo desarrollar una dependencia farmacológica psíquica y física. En tratamientos prolongados y/o con dosis elevadas aumenta el riesgo de esta dependencia.

La violenta retirada de las BZD puede originar otras reacciones. Produce un retorno de los síntomas iniciales (ansiedad, inquietud, insomnio, agitación, irritabilidad y tensión muscular). Sumando otros menos comunes como náuseas, fatiga, mareos, visión borrosa, pesadillas, sudoración entre otros. Además, pueden aparecer delirios, confusión, paranoia, alucinaciones y psicosis, pero estos últimos son menos comunes.

Por otro lado, puede aparecer el síndrome de abstinencia, tras la retirada del fármaco. Este es característico por la manifestación de otros síntomas que no habían aparecido con anterioridad. Siendo; sudoración, taquicardia, fatiga, náuseas, pérdida del apetito, hiperreflexia, convulsiones, ataxia y el empeoramiento de los síntomas ya existentes.

Para la evitación de estos efectos adversos, recomiendan no alargar la administración. Siendo el uso adecuado; administración entre 2 o 4 semanas para el insomnio y entre 8 y 12 semanas para la ansiedad. En estos períodos se incluye el de deshabituación.

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