Fernando García Terrel, el poli bueno

Entrevistamos a Fernando García Terrel, policía secreto en Zaragoza, que ha intervenido en sucesos tan conocidos como el incendio del Hotel Corona de Aragón o el atentado de ETA en la casa cuartel.

Fernando García Terrel en el Centro Soriano de Zaragoza - Ignacio López Soláns

Su retina tiene grabados algunos de los episodios más dantescos de la historia negra zaragozana. Hijo de comisario, padre de cuatro hijos y soriano orgulloso; ha estado sirviendo a la Policía Nacional como agente secreto durante más de cuarenta y cinco años. Si necesita detener a una mafia, rescatar supervivientes de un incendio, desactivar bombas o esquivar balas, lo mejor es llamar a Fernando García Terrel. Experiencia no le falta.

A Fernando lo de policía le vino de familia. Su padre, Julio, era el Comisario Jefe de la Policía de Soria. Aunque para ejemplo a seguir, García Terrel siempre se decantó por su hermano mayor, también llamado Julio: «Dormíamos en la misma habitación, nos llevábamos cuatro años. Todo lo que hacía Julio lo hacía yo. Julio empezó a fumar a los 12 años, yo tenía 9 años, pero como lo hacía Julio lo hacía yo. Entonces no había dinero para cigarros, nos íbamos a la dehesa y con las hojas secas y papel de periódico, nos hacíamos un canuto. Qué salía con sus amigos, pues yo me iba con ellos. Y cuándo se metió a policía, pues también me lo contagió».

Desde su sillón de presidente del Centro Soriano de Zaragoza, Fernando rememora cómo fue su camino hasta vestir uniforme de policía. Bueno, el uniforme pocas veces lo llevó. Vestía de paisano, con la placa bajo la solapa de la americana. «Sí que teníamos uniforme de gala, con el que yo me casé. Era negro, porque me casé en invierno; pero si te casabas en verano, era blanco», comenta. En su boda, García Terrel también lució un esparadrapo, fruto de un encontronazo que tuvo el día anterior. «Iba a identificar a un tipo, llevaba algo de droga, y reaccionó de forma violenta. Así que nos enzarzamos, porque lo hacíamos todo a cuerpo limpio».

¿No llevaba arma?

Sí. Siempre.

¿Y alguna vez la disparó?

Sí. más de una vez.

¿Qué se siente?

Es tu compañera de toda la vida. Es más con efecto intimidatorio. Por suerte, no he tenido que disparar más que contra una persona, y no le di. Él también disparaba. Al final le convencí de que entregara el arma y le pude detener.

La rectitud y disciplina que exige el Cuerpo de Policía no fueron precisamente características de la infancia y juventud de Fernando. «Era un estudiante muy malo, solo era brillante en lo que me gustaba», confiesa. A los 12 años le echaron del instituto, tras aprovechar su pericia con el dibujo para hacer una caricatura del jefe de estudios, con una leyenda que rezaba: «Don Odón es un cabrón». Su padre, un hombre que llegaba a los dos metros y temido en Soria por su trabajo de Comisario, le mandó a los Escolapios.

«En los Escolapios me pegaron palizas horribles, me pasaba las horas de estudio con los brazos en cruz sosteniendo libros. Y si se me caían, ¡pam!, garrotazo», recuerda. Pero igual les dio. A los dos años, también le echaron de ese colegio. «Comandé un grupo de estudiantes que habíamos suspendido y ya no nos podíamos presentar a la reválida, así que nos íbamos al río en las horas de clase. Me lo pasé bomba en mi juventud. Mis padres no tanto, pero yo sí», dice entre risas.

Los castigos físicos que recibió en ésta época fueron la prueba de que «un maltrato no soluciona nada», y llevó esta máxima años más tarde a su día a día como agente. «Recuerdo un crimen en la calle del Olmo. Tenía al sospechoso en la jefatura y cuando se fueron todos los compañeros, le saqué del calabozo, le invité a comer al bar. Ahí se ablandó y acabó cantando. Lo solía hacer, sacaba a los detenidos del calabozo y los invitaba a un cigarro y a comer. Esa táctica dio resultado más de una vez”.

¿Así que esa imagen del policía duro con el detenido…?

No, no, qué va a ser así, ni mucho menos. Además, hay policías que les importa un bledo el detenido. Ellos van a hacer su trabajo; pim, pam, pum… y otros somos más comprometidos y no nos importa hacer muchas más horas, dar de comer a los detenidos, ofrecerles tabaco, pasar largos ratos charlando con ellos, ser más humanos…

Para llegar hasta ahí, Fernando tuvo primero que formarse en la Escuela de Policía de Madrid. A pesar de haber sido anteriormente mal estudiante, logró sacar la tercera plaza en las oposiciones de ingreso, a las que se presentaron cerca de 1500 personas. Esto le dio derecho a poder pedir destino. «Normalmente eligen sitios tranquilos, pero yo pedí la Brigada de Investigación Criminal de Barcelona. Era la más peligrosa y en la que más se trabaja. No teníamos ni coche, teníamos que llevarnos a los detenidos en autobús o metro», cuenta. Posteriormente, estuvo unos años trabajando en Cádiz.

Finalmente, llegó a Zaragoza, donde reside desde entonces. El primer caso que tuvo que atender está muy presente en la mente de todos los maños: «Mi debut en Zaragoza fue un autobús que se cayó por el Puente del Pilar, al Pozo de San Lázaro». Pero este no fue el único suceso mediático en el que intervino García Terrel. Dos años después, trabajó en el incendio de Tapicerías Bonafonte; y a finales de los setenta, en el incendio del Corona.

También participó en las labores de rescate tras el atentado de la casa cuartel. «Es sobre todo labor humanitaria, te olvidas de que eres policía. Intentas sacar cadáveres o heridos de los escombros, ayudar a todos. Y después, ir con los familiares a las identificaciones, que es una parte bastante desagradable», comenta. «Cómete el torrezno que se va a enfriar», interrumpe mientras se toma su copa de vino.

¿Recuerda alguna situación especialmente difícil con los familiares?

Quizás en el último caso que tuve, el de la discoteca Flying. Eso comenzó a las doce, y a las tres de la madrugada aún no había venido el juez a levantar los cadáveres. Los tuvimos que poner en la calle, apilados en fila india, 43 cadáveres; y mientras toda la gente esperando la llegada del juez. La gente se echa encima, no entienden como un juez y un forense no acuden inmediatamente. Se querían llevar a sus seres queridos. Cuando vino el juez de guardia me dice… (poniendo voz de la Zaragoza más profunda) «¿y todo eso blanco de ahí, esas bolsas blancas?». Pues eso son 43 cadáveres que llevan esperándoles a ustedes tres horas y media, y esos son sus familiares. Es muy difícil tener que enfrentarte a los propios familiares, los cadáveres estaban ahí como despreciados, olvidados por la administración.

Ese día Fernando era el jefe del servicio de noche. Llegó antes que los bomberos, y formó una cadena humana con todos los que llegaron a las puertas de la discoteca, policías o no policías. Con la única protección de un paño en la cara, bajaron al sótano, y pudieron rescatar a dieciocho personas con vida.

Una actuación heroica…

Humanitaria más que heroica. Las heroicidades para nosotros no caben. En eso se basa la labor del policía, en servir a los demás.

García Terrel no solo puso su vida en juego auxiliando en incendios. Durante una etapa de su carrera, fue desactivador de explosivos. Entonces ETA y las GRAPO perpetraban atentados día sí y día también. De hecho, tuvo que desactivar un artefacto con chatarra que apareció en plena Plaza del Pilar.

Cuando empezaron los atentados y mataron a tantos compañeros de las fuerzas de seguridad, Fernando empezó a revisar los bajos de su choche, y a ir a los sitios cada día por un itinerario diferente. Es una costumbre que se le ha quedado grabada hasta el día de hoy.  «Soy incapaz de ir de mi casa al Centro Soriano por el mismo camino ningún día. Mi mujer me dice que por qué sitios le llevo, pero es que ya se me ha quedado marcado».

¿Alguna vez le amenazaron de muerte?

Sí, sí. Hubo el caso de un atracador que una noche mató a tres compinches suyos en los Pinares de Venecia. Una de las escenas más tétricas de la noche zaragozana. Sabíamos que nosotros podíamos ser la cuarta víctima, me mandaba unas atentas cartas diciéndome que el próximo iba a ser yo. De esa época de atracadores, la droga se los cargó a todos.

Él se salvó, pero es una profesión en la que el peligro acecha por cada esquina. Otros compañeros muy cercanos no corrieron la misma suerte: «Ojalá no hubiera visto ninguna de las tragedias que he presenciado, pero a nosotros no nos llaman para invitarte a comer; te llaman para ir al riesgo».

Con tantas experiencias… ¿Algún momento que marcara especialmente su vida?

La muerte de mi hermano, pero prefiero no hablar del tema.

Fernando García Terrel en el Centro Soriano de Zaragoza – Ignacio López Soláns

¿Alguna vez tuvo que detener a alguien conocido?

Sí, a un compañero que estaba poniendo el cazo. Y me tocó llevarle en el celular…y llevarle tabaco también (se ríe). Yo le daba tabaco a mi peor enemigo, pero es que habíamos pasado mucho tiempo juntos.

Desde que se jubilara hace quince años, Fernando García Terrel ha sido testigo de la evolución del Cuerpo de Policía. Asegura que los agentes han ganado en preparación y presencia. Cuando él estaba en activo, muchos de los agentes armados apenas sabían leer; estaban en el Cuerpo únicamente gracias a su fuerza y altura. Hoy en día, la mayoría de policías tiene carreras universitarias y un aspecto más cuidado. «Ahora tienen una presencia más amable ante la sociedad», sostiene.

Fueran como fueran, los policías de antaño entraban al Cuerpo movidos por la vocación. Para García Terrel, esto ya no es así. Afirma que ahora la mayoría entran por necesidad, como forma de vida. Sin embargo, defiende que muchos adquieren la vocación una vez ingresan. «Es un trabajo que envenena, la investigación envenena mucho».

Entremos en polémica. Si le hubieran mandado al llamado “barco Piolín”, ¿cómo se hubiera sentido?

Me hubiera sentido muy mal, igual que se sienten ellos. No pienso que sea la forma de hacer las cosas, ni como se aplicó el artículo 155, ni el papel desagradable que ha tenido la Policía para acabar haciendo casi el ridículo. La Policía estatal está por encima de otras, que te utilicen como marioneta…no.

García Terrel sirvió en la Policía bajo gobiernos de todos los colores, desde la dictadura de Franco hasta el Partido Popular de José María Aznar, pasando por Felipe González o Adolfo Suárez. Hasta la llegada del Partido Socialista, los policías no podían militar en ningún partido. A partir de entonces, los jefes superiores y comisarios empezaron a ser promocionados por el gobierno de turno.

Para Fernando, el Cuerpo se ha convertido desde entonces en una «policía política». Sostiene que no hay independencia alguna con el partido en el gobierno, una situación más grave incluso que en la época de la dictadura: «Por eso están saliendo los casos Villarejo, los casos de corrupción policial. Todos están metidos en partidos».

¿Qué pensaban sus hijas de su trabajo?

Aparecía muy poco por casa, porque trabajaba más de noche que de día. Se acostumbraban a que al llegar a casa dejara la pistola en un mueble alto.

¿Sigue teniendo armas?

No. Cuando me jubilé me deshice de todas. Me dio pena, porque algunas eran heredadas de mi padre, pero no quería tener armas.

Desde entonces, Fernando pasa gran parte de su tiempo en el Centro Soriano, desde el que organiza actividades diversas para promover el patrimonio y cultura de la ciudad castellana. «He arrastrado un cáncer de colon, he sufrido cinco operaciones en dos años y aún estoy ahí dándole vueltas al tema. Procuro tener muchas actividades, pasar muchas horas en el Centro Soriano, escribiendo o dando conferencias; distraerme y no pensar en lo que llevo dentro, y que mi familia me vea bien», comenta.

Habiendo vivido tantas situaciones durísimas en el trabajo, ¿el cáncer está siendo peor que cualquiera?

Por supuesto que sí. Pero no solo por mí, sino por mi entorno. Mi mujer es quien más lo padece.

El Centro Soriano no es solo una distracción ante una situación tan seria, también le traslada a una época muy especial de su vida: «Mis años en Soria fueron muy felices. Pese a la escasez que teníamos, guardo muy buenos recuerdos». Fernando sigue pasando largas temporadas cada año en la ciudad castellana, y recientemente, tuvo la ocasión de ser el pregonero de la Semana Santa. «Es el mayor honor que me ha cabido. Recité un poema y es muy emocionante, ver a toda Soria congregada… y el homenaje que te hace el pueblo», comenta.

Sin embargo, también ve con pena la situación actual de su ciudad natal. Sobre su mesa, veo varias cuartillas sobre la manifestación para defender «La España Vacía», que tendrá lugar en Madrid el próximo 31 de marzo. Fernando se subirá a uno de los autobuses que han fletado desde el Centro para acudir a la concentración, porque con nostalgia, ve Soria como una provincia «abocada a desaparecer como los políticos no le pongan remedio».

Para García Terrel, Soria está siendo muy maltratada por los políticos: «La han dejado muy bonita, pero es solo un escaparate. No tenemos infraestructuras, no tenemos banda ancha en los pueblos, somos la zona más devastada y despoblada de España; estamos a la altura del Sahara, incluso más». Asegura, incluso, que en Soria la gente ya piensa en que se va a hacer un reparto de la provincia entre las regiones aledañas.

¿Pasa un poco como en Teruel?

Teruel ha conseguido la autovía del Mudéjar, ha conseguido Dinópolis, ha conseguido el Aeropuerto de Caudé, ha conseguido revalorizar sus fiestas… Ha habido políticos que han luchado muy bien por Teruel y lo han logrado. Sin embargo, los políticos que hemos tenido en Soria no han servido para nada, más que para su ego, su vanidad y su satisfacción.

Desde que llegara a la presidencia del Centro Soriano hace ocho años, se ha duplicado el número de miembros. Pero no es algo de lo que Fernando se enorgullezca: «De qué me sirve a mí, si mientras Soria se está despoblando. Lo que me interesa es que Soria se duplique». En cualquier caso, la labor que realizan desde la asociación no es en vano, pues los cerca de 400 socios trabajan día a día por Soria. Por su presente, por su historia, y por su futuro.

Después de tantos años a caballo entre las dos ciudades, le podría preguntar si se siente más zaragozano o soriano, pero se lo formularé de otra manera. En un Real Zaragoza – Numancia… ¿Con quién va?

Yo con el Numancia, siempre.

Me señala una bufanda con la enseña del club colgada a mis espaldas. «Me la pongo siempre, si la salud me lo permite sigo yendo a los partidos cuando viene el Numancia». Aunque más allá del fútbol, Fernando siempre recordará con cariño la buena armonía entre ambas aficiones. «Ganara o perdiera uno u otro, siempre bajábamos del campo todos juntos en hermandad. La relación entre las dos ciudades siempre ha sido muy buena».

 

Con las manos en la masa y en plena faena

A Fernando les gustan las buenas faenas con grilletes y revelaciones, y también las que se hacen con capote y estoque. Los toros son su gran pasatiempo desde la infancia, y todo parte de las fiestas de Soria, en las que el toro ocupa un lugar protagonista. Además, su tío era periodista taurino. Cuando llegó a Barcelona, coincidió con la época dorada de La Monumental, donde pudo ver a los mejores diestros del momento. En los meses que pasó en Madrid, fue un habitual en las tardes de Las Ventas. En Zaragoza, alcanzó la presidencia de La Misericordia, así como de los cosos de Tarazona, Ejea de los Caballeros, Calatayud y La Muela. Actualmente, es miembro, como representante de la afición, de la comisión Consultiva Aragonesa de Asuntos Taurinos del Gobierno de Aragón. Recientemente, también ha fundado dos peñas taurinas: la de la casa de Andalucía y el foro taurino José Luis Palomar.

1 pensamiento sobre “Fernando García Terrel, el poli bueno

  1. Excelente entrevista para quienes no conozcan a Fernando. Lo mismo para los que somos sus amigos, pues hemos podido saber de él algo más.

    Enhorabuena al entrevistado y al entrevistador.

    Un abrazo fuerte.

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