Gramolas, Spotify y otros asuntos de intimidad

Hoy, que no hay nada sobre lo que hablar, un análisis «de lo particular a lo general» que pasa por Spotify, los ridículos, la música como lenguaje de las emociones y la privacidad en tiempos de la sobreexposición.

Que Spotify es la principal plataforma de difusión de música en streaming nadie lo pone en duda. Desde que viera la luz allá por un “lejano 2008” ha ido creciendo y se ha ido complejizando; ahora no solo nos permite tener acceso a casi toda la música y podcasts que podamos imaginar poniendo música en la gramola de nuestras vidas, sino que además nos ofrece listas de reproducción personalizadas hechas única y exclusivamente para recordarnos lo adictos que éramos en 2016 a “Candy perreo”.

Además, un buen día de mitad de diciembre despertamos con un resumen del año que nos ayuda a tener bien presente durante las (mínimo) siguientes 24 horas aquel artista que nos enseñó ese rollito de verano que se fue a la otra punta del país y no nos volvió a hablar; resumen del que, por cierto, nos tendremos que tragar mil capturas en stories de Instagram y que nos llevará irremediablemente a un pensamiento: la gente escucha lo mismo que la gente. Por no hablar de que ese mismo día también nos notifican todo el tiempo que hemos estado escuchando música durante el año, cuestión de la que hemos hecho casi una competición.

Como sea, Spotify es maravilloso (si, en serio); y es que ha dado con un formato que calma nuestra ansia moderna de aportar en todo lo que tocamos al convertirnos en prosumidores (productor + consumidores) ya que, por ejemplo, podemos crear nuestras propias playlists y compartirlas. También nos permite descubrir nueva música más allá de gracias a la radiofórmula (aplicada en los artistas o música recomendada), pues se nos oferta la posibilidad de seguir a nuestros conocidos para ver qué están escuchando.

Precisamente de esto último deriva la reflexión sobre la que este artículo pone el acento. Aunque Spotify no sea una red social al uso tiene ciertas funciones que pueden volverse armas de doble filo, como tener activado que tus seguidores puedan ver la música que estás escuchando en directo si se meten en la aplicación desde su ordenador.

 

Tampoco vamos a demonizar nada: la parte social de aplicaciones así son simplemente una señal de que algo que ya de por si es indudable, que el mundo ha cambiado. Internet ha hecho que la distinción entre el espacio público y privado se diluya, dando lugar a que cada vez tengamos más integrado en nosotros lo que Jaques A. Millares acuñó como “eximidad”, algo así como el resultado de hacer visible la intimidad.

No obstante, existe una diferencia entre mostrarnos en redes sociales, donde mantenemos un cierto control de lo que decidimos subir y la imagen que queremos dar (que ojo, no estoy diciendo que seamos expertos en gestionar el contenido que mostramos, la mayoría de nosotros hacemos el ridículo constantemente, pero existe una voluntarización de este ridículo) y aplicaciones como Spotify, donde esa voluntarización no existe, al menos de una forma tan consciente.

¿Esto es negativo? No tiene por qué.

¿Nos hace más vulnerables? Definitivamente sí; ¿por qué?

 

Tengo un amigo cinéfilo, melómano y, por raro que parezca, considerablemente social, que se llama Osquitar (Oscar para su madre); y me ha dado conversaciones maravillosas en el tranvía. Una vez, comentando “Baby driver”, explicó lo importante que es la música en el cine; cómo la usan para darle personalidad a ciertos personajes y mostrarnos su psique, cómo en las comedias románticas se le da mucha importancia a gestos del tipo pasarle el auricular a la otra persona, ya que básicamente tienen la simbología de abrir tu mundo para el otro…

Esto me dejó pensando mucho en lo fuerte que realmente es la comunicación que se establece entre los sentimientos y la música (comunicación que es similar a la de la poesía, solo que de una forma quizás más universal).

Quiero decir, tampoco vengo a descubrir Roma; que la música es una especie de lenguaje muy personal constituye un tópico generalmente aceptado; pero precisamente por esto lo sensible que es el tema de la exposición en esta aplicación, cuya última finalidad (se entiende) es el consumo de música.

 

Cada día estoy más segura de que todos tenemos (mínimo) una playlist que contiene (también, mínimo) una o dos canciones de La Oreja de Van Gogh, y que nos ponemos cuando estamos tristes (hola Pablo); todos tenemos a ese amigo al que preguntamos si le pasa algo cuando nos metemos en el ordenador y está escuchando K-pop (de nuevo, hola Pablo); todos, en definitiva, solemos transmitir nuestro estado de ánimo, de una forma u otra, a la música que consumimos en un determinado momento.

 

Por suerte, si esto nos supone un problema, siempre cabe desactivar la función que permite que tus seguidores puedan ver tu actividad; pero la mayoría de usuarios opinan que les resulta indiferente estar expuestos ya que es una forma de mostrar sus gustos musicales.

No cabe duda de que sobre esto se pueden tener debates interesantísimos: la falsa sensación de individualidad, manifestada en gustos musicales completamente influidos por las fórmulas de los medios que usamos para escuchar música; la libre elección de la visibilidad en unos tiempos de cada vez mayor sobreexposición con el fin de imponer estos gustos (o creer que los imponemos), aun teniendo en cuenta la vulnerabilidad como precio a pagar; si hay o no una tendencia a hacer sociales actividades que solían ser más privadas…

Como sea, hoy jueves 12 de marzo, con la amenaza del coronavirus colapsando los titulares, está claro que tenemos temas mucho más importantes de los que preocuparnos, pero más importantes no significa necesariamente más apetecibles; además, parece que se nos está quedando una temporada preciosa para escuchar música en casita, eso sí, hacerlo en privado o no es una decisión que ya corre por tu cuenta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *