Divino Desamor. Los versos más tristes de la Divina Comedia

La literatura y el arte encuentran en el poema de Dante Alighieri un camino común, ambos testigos de algunos de los sucesos más infortunados de toda la historia.

Dante Alighieri concibió su obra como una clave fundamental para comprender y apreciar el valor de la fe y la moral, supervivientes dentro de una sociedad revestida de prejuicios e ignorancia. Fue en la época medieval, y, a modo de redención, perfectamente calculada, consiguió enmascarar las pasiones y los tipos humanos dentro de sus versos y las historias que en ellos contó. Las clasificó en tres grupos: Infierno, Purgatorio y finalmente, el Paraíso. Estableció caprichosamente un orden para todas ellas, y, presentadas según su origen y desenlace, nos las mostró a través de un viaje de ida y sin retorno, cargado de enigmas e inquietudes, aquel que el lector pudiese recorrer de su mano, sin desviarse del camino, siempre acompañado.

“La Divina Comedia”, por encima de todo, debía ensalzar el amor sobre cualquier otra de las pasiones, y este se nos revela en el poema a través de varias vertientes. El primero fue el afecto por la religión, pero no se confunda el lector, no es la intención de este, brevísimo, estudio la de encaminarse hacia este aspecto, es la segunda aquella que nos compete, el amor más puro y más humano, la atracción de los cuerpos y las terribles consecuencias que puede acarrear sino se lleva a cabo con éxito. De ello son testigo algunos de los personajes a los que Dante dotó de vida y cuyas tragedias empapan las hojas e ilustran algunas de las obras plásticas más conocidas de la historia del arte, y tú, que quizás, nunca te habías dado cuenta.

Pero ante nada, es necesaria una inevitable, aunque imprescindible, introducción al poema dantesco. Obra cumbre de la literatura universal. Hablaba anteriormente de los tres niveles en los que podemos dividirla: Infierno, Purgatorio y Paraíso, cada uno de ellos se divide a su vez en 33 cantos, una pieza de 100 cantos en total, a cada cual más hermoso, no tardará el ávido espectador en percatarse de ello. Nos centraremos tan sólo en un par de ellos o tres, suficientes para corroborar la visión del divino desamor, el más bello de los sufrimientos.

 

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El Embudo del Infierno, Sandro Botticelli, Témpera sobre pergamino, 1480-1495. Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma.

Son muchas las personas que cada año descubren la obra de Dante Alighieri. Algunos, posiblemente buscando encontrar, inocentemente, aquella misma Fe que tanto empeño trató de mostrar su autor en cada uno de sus versos. Otros, atraídos por todo el misticismo que envuelve a la composición, deseosos de conocer con precisión la historia de todos aquellos personajes que compartieron sus experiencias durante el viaje del protagonista. Experiencias que tan rigurosamente se encargó su autor de describir en la obra, y que favorecieron así toda una serie de representaciones, facilitando al lector contemplar ilustradas sus escenas favoritas.

Desde la Edad Media y el Renacimiento, pasando por el Romanticismo, el Prerrafaelismo o el Surrealismo, la obra de Dante se mantiene como uno de los pilares iconográficos de mayor importancia en la historia del arte, poniendo de manifiesto la relación entre la literatura y las artes plásticas, así como el constante apoyo y la mutua dependencia de estas dos manifestaciones artísticas.

Uno de los primeros artistas, de trayectoria mundialmente conocida, por ser máximo representante de la escultura impresionista, fue Auguste Rodin, cuya relación con el poeta italiano tuvo siempre una fuerte presencia en la obra escultórica del primero de ellos, a pesar de los siglos que los separan.

Hablamos de que su pieza más conocida, “El pensador”, representa en realidad a Dante Alighieri en pleno estado de inspiración. No fueron ajenas, por tanto, las constantes alusiones al poema, entre ellas la que más nos concierne, “El Beso”, escondiendo detrás una desafortunada historia, la de los amantes Francesca da Rimini y Paolo Malatesta, historia que se presenta en el canto V del Infierno Dantesco.

 

El beso de Auguste Rodin - Xtrart.es

El Beso, Auguste Rodin, 1882, Mármol. Museo Rodin, Francia

Nuestro protagonista, Dante, acompañado de Virgilio, se encuentra ya en el segundo círculo del infierno, lugar donde moran las almas de los Lujuriosos. Son Francesca y Paolo, dos amantes que son sorprendidos por el marido de ella, en el momento preciso en el que se juran amor con un beso. Es una escena apasionante y así es como la retrata Rodin. Ellos son condenados, son lujuriosos, tragedia que acaba con ambos desterrados al infierno, debemos pensar, aunque sea tan solo consuelo, que al menos moran juntos, pero ¿Hasta dónde llegan los límites de la ética?, deben perdonarse sus actitudes, pese a ser absolutamente inocentes, completamente humanas. Aquí entra en juego el doble papel de Dante, visibilizando la versión ilusa de Francesca, pero sin dejar de enmarcarla dentro de los lujuriosos junto a su amante.

“ […] Y ella me respondió: « No hay dolor más grande que el recordar los tiempos felices en la desgracia; y bien sabe esto tu Maestro. Pero si tanto deseas saber el primer origen de nuestro amor, haré como al que al propio tiempo llora y habla. Leíamos un día por entretenimiento en la historia de Lanzarote, cómo le aprisionó el Amor. Estábamos solos y sin recelo alguno. Más de una vez sucedió en aquella lectura que nuestros ojos se buscasen con afán, y que se inmutara el color de nuestros semblantes; pero un solo punto dio en tierra con nuestro recato. Al leer cómo el gentilísimo amante apagó con ardiente beso una sonrisa incitativa, éste, que jamás se separará de mí, trémulo de pasión, me imprimió otro en la boca. Galeoto fue para nosotros el libro, como era quien lo escribió. Aquel día ya no leímos más »

Mientras el espíritu de ella decía esto, el otro se lamentaba de tal manera, que de lástima estuve a punto de fallecer; y caí desplomado, como cae un cuerpo muerto”

La Divina Comedia. El Infierno. Canto V.

 

El siguiente autor en mostrarnos la cara oculta del amor fue el precursor de la pintura prerrafaelista, Dante Rosetti, cuya relación con el poeta fue más que coincidente en el nombre, lo que fue además un hecho a propósito, movido por el fervor casi obsesivo del padre del pintor, literato de fama, por el escritor de “la Divina Comedia”.

La protagonista de esta historia tuvo un final quizás aún más trágico que los protagonistas anteriores, pero, sin embargo, su destino final, quizás por propia compasión del poeta, lo encuentra en el Purgatorio, estancia, aunque también desafortunada, algo más placentera, si es posible, que el nivel inferior.

Hablamos de Pía de Tolomei, cuya historia se narra en el Canto V del Purgatorio. Allí donde se hallan las almas culpables de negligencia. En ella, Dante se encuentra con la protagonista de la obra, víctima de los males de amores, encerrada en una fortaleza en Maremma , en la costa Toscana, cautiva por órdenes de su marido, Nello della Pietra, señor del castillo.

 

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Pía de Tolomei, Dante Gabriel Rosetti, Óleo sobre lienzo, 1868. Spencer Museum of Art, Kansas.

Es necesario destacar la abundante simbología presente en la pintura a través de una serie de elementos simbólicos y alegóricos que aluden tanto al motivo de la estancia de la dama en la fortaleza como a su personalidad y su trágico final. Todos ellos hacen de esta obra una ilustración verdaderamente rica, muy descriptiva y dinámica. Para empezar, alrededor de la figura femenina encontramos toda una variedad de elementos que nos recuerdan constantemente la fidelidad de la joven y su compromiso con el matrimonio. Hablamos de la hiedra que envuelve la pared del fondo, símbolo de fidelidad, las cartas de su marido, o el anillo de compromiso, en constante contacto con la mano de la dama. Así como el reloj, representando el paso del tiempo, la llegada inminente de un final, el de la joven, sólo anunciada mediante la presencia de los grajos, surcando el cielo. Todo ello complementado con lo más evidente, la mirada perdida, triste y melancólica de Pía de Tolomei, La Piadosa.

“[…] ¡Ah!, cuando vuelvas al mundo y hayas descansado de tu largo viaje -continuó un tercer espíritu, una vez terminó de hablar el segundo-, acuérdate de mí que soy la Pía; Siena me hizo, y las Marismas me deshicieron: bien lo sabe aquel que al desposarse me había colocado en el dedo su anillo enriquecido con piedras preciosas.”

La Divina Comedia. El Purgatorio. Canto V

 

Como esta hubo muchas otras historias, incluso podríamos destacar aquellas que inmiscuyen al propio poeta, que tuvo una relación amorosa, ni siquiera recíproca, más que complicada, y algo dramática e inconsciente incluso. Se enamoró de una joven a la que tan sólo tuvo oportunidad de ver una única vez en su vida, quedando prendado de ella, dedicándole incluso varias obras a lo largo de toda su producción literaria, y cuya repentina muerte afectó inmensamente,  materializándola, inmortalizándola para toda la eternidad en los últimos versos del Paraíso de la Divina Comedia, el más ideal de los tres niveles, Irónico, siendo la más clara representación del Desamor.