Comenzamos nuevo curso tras un verano atípico y un panorama en los próximos meses que también propone serlo. Con una crispación política en niveles récord, alguno habrá pensado al leer el título de este artículo que ya estamos con el tema de siempre: Las dos Españas, la de “rojos y fachas”, sin embargo, este artículo no va de esto. Siento decepcionarles. O no. Tras unas semanas de reposo, y tras varios meses que han servido, entre otras cosas, para hacernos reflexionar sobre la situación de nuestro país y el modelo que estamos construyendo para las próximas décadas, se ha puesto de manifiesto más claramente la existencia de las dos Españas, y no, no me refiero a las políticas.

En una de las pocas conclusiones en las que coinciden la mayoría de economistas es que la crisis económica, que ha derivado también en una crisis social, que estamos viviendo como consecuencia del COVID-19 es que aquellas economías que presentan un mayor nivel de industrialización están superando la crisis mejor y más rápido. Se apunta tanto al caso alemán como al caso chino, pero en España tenemos nuestro mejor ejemplo: el caso de Euskadi, y en menor medida, de Navarra.

Las dos Españas a las que hacía referencia al comienzo de este artículo quedan claramente reflejadas en la división económica y social que se marca entre el norte y el sur peninsular y que se pone de relieve en la existencia de tres cabezas tractoras que mueven el país: Madrid, los territorios de Euskal Herria y Cataluña.

Una cuestión de actividad económica

Al igual que en 2008 sucedió con la construcción, este 2020 se ha puesto de manifiesto que un sector de tan bajo valor añadido como el turismo de sol y playa no podía ser sostenible en el medio y largo plazo. De este modo, aquellas Comunidades Autónomas que han basado su actividad económica principal en el mismo han retrocedido en cuestión de pocos meses los avances realizados durante el último lustro. La EPA (Encuesta de Población Activa) del mes de junio situó el paro en Andalucía y Extremadura en el 21,5% aproximadamente mientras que en Euskadi ni tan siquiera superó el 9,1%, seguida de cerca por Navarra y La Rioja con cifras en torno al 10%. Las dos Españas en lo económico que se trasladarán inevitablemente a lo social.

En la siguiente infografía puede contemplarse las cifras anteriores detalladas por Comunidad.

Fuente: Expansión

¿Cuál es el secreto? Desde mi punto de vista, haber reestructurado adecuadamente un sector industrial obsoleto y escaso durante la segunda mitad del siglo XX. A finales de los años setenta el norte presentaba una industria pesada -principalmente naval y del acero- obsoleta que la entrada en la Unión Europea terminó por desmantelar. Además, la presencia activa de la banda terrorista ETA hacía complicado el desarrollo de un clima aperturista y propicio a la inversión exterior. Sin embargo, la presencia de buenos gestores, una estrategia a largo plazo en lo económico y la cooperación continuada y leal entre diferentes administraciones permitió la reconversión de los principales sectores industriales entrando en nuevos negocios e industrias mucho más punteros.

Por otra parte, esta reconversión no impidió la famosa terciarización de la economía pero, eso sí, centrándose en sectores de alto valor añadido; desde el financiero -con la actividad desarrollada tanto por BBVA como por Kutxabank en sus sedes bilbaínas- como por el empuje de otras empresas relevantes a nivel nacional -por ejemplo, Iberdrola nunca ha abandonado su sede original en Bilbao a pesar del fuerte crecimiento internacional de la compañía-. Mención aparte también requiere el papel de la educación superior: el prestigio de centros como las Universidades de Deusto o Navarra, que desde la formación privada han contribuido al desarrollo de sus territorios, han convivido acertadamente con un mayor desarrollo en las últimas décadas de las Universidades Públicas de Navarra y del País Vasco.

Por el contrario, la entrada en la Unión Europea suponía un reto para el sur de España que solo se supero exitosamente hasta cierto punto. Es cierto que la pobreza y exclusión social existente en muchas provincias del sur español a comienzos de la democracia ha sido superado hace años. Sin embargo, el desarrollo acelerado de estas zonas provocó su rápida transición desde el sector primario a una terciarización de bajo valor añadido en forma de construcción y turismo de playa. Al calor del dinero rápido y fácil se cocinó un sistema económico en el sur y levante del país completamente insostenible, sustituyendo la situación predemocrática por las dos Españas que han llegado hasta nuestros días.

Cuestión aparte es el desarrollo económico de Madrid, al que me referí en su día en mi artículo Madrid, S.A.

Otra manera de gestionar

Paralelamente al desarrollo económico de España, se sentaban las bases para el modelo de Estado actual. Actualmente, y le pese a quien le pese, España ha devenido en un Estado federal en casi todos sus aspectos. En casi todos, porque en materia fiscal tan sólo Navarra y Euskadi han culminado este proceso de forma acertada. Bendito cupo.

En el resto de Comunidades, el modelo autonómico ha cargado a los Gobiernos Autonómicos con un importante número de competencias que coloca bajo su responsabilidad el grueso del Estado del Bienestar y la vertebración y desarrollo del territorio sin dotar para ello de suficiente financiación a dichas Administraciones. Mientras tanto, un Gobierno Central cada vez más reducido e irrelevante sigue disponiendo de un importante volumen de financiación y control fiscal que provoca fuertes problemas políticos en el desarrollo de estrategias regionales exitosas a largo plazo que permitan “hacer país”.

Esta manera de ser tenía su origen en la tan manida “solidaridad interterritorial”. Este concepto que ha permitido durante décadas transferir grandes volúmenes de fondos públicos desde las regiones más desarrolladas a aquellas con menores recursos ha sido, sin embargo, mal gestionado en muchos casos provocando una utilización de los fondos públicos que no se ha traducido en la generación de riqueza y prosperidad para el sur del país. De nuevo, las dos Españas.

Lo hecho, hecho está. Sin embargo, esto no impide una revisión en profundidad del modelo fiscal del Estado completando la desregulación federal ya incurrida en otras materias. La solidaridad interterritorial ha tenido su sentido de ser durante cuarenta años, pero ya va siendo hora de que cada territorio se responsabilice de sus ciudadanos adaptando sus recursos y optimizando su uso en función de las necesidades de cada zona.

Tras la reunificación alemana, la RFA puso en marcha fuertes transferencias hacia el este para tratar de lograr la convergencia entre ambas zonas. Con objetivos concretos sobre la mesa y durante un periodo de tiempo limitado. Nada que no debiera hacerse aquí, más cuando se da la paradoja de ser Andalucía la única comunidad autónoma que subvenciona casi en su totalidad el coste de sus matrículas universitarias o ante la curiosa situación de ver cómo el norte paga por sus autopistas en un porcentaje muy relevante los kilómetros en explotación mientras que en el sur se construyeron kilómetros y kilómetros de autovía gratuita a pesar de no poder afrontar el coste de los mismos.

En definitiva, es necesario exigir a cada autonomía la responsabilidad que le corresponde dotándole para ello de los recursos necesarios y reservando al Estado central de aquellas competencias que sí deben ser comunes para todos como Defensa o Exteriores.

Un modelo a revisar

Como conclusión, no puede entenderse el correcto desarrollo de un territorio sin aunar una buena gestión política que incentive desde los poderes públicos un buen desarrollo económico de los agentes privados. En España, como país diverso y plural que somos, tenemos dos claros ejemplos: las dos Españas que van a marcar este siglo XXI. Tal vez vaya siendo hora de reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí, y cuáles son los modelos de éxito que queremos seguir para las próximas décadas.