Desde que la Ilustración alumbrara en las sombrías mentalidades del Viejo Mundo, la liberación del individuo y el desarrollo de su capacidad crítica se convirtieron en los fundamentos históricos y culturales más sólidos para erigir las nuevas formas de política en una Europa que tiempo ha se había europeizado. Desde los foedus romanos hasta las más intrincadas relaciones de feudovasallaje, atravesando las crisis medievales, con imperios y pueblos caídos y derrotas de una razón todavía inexistida, para llegar y pasar del absolutismo más oscuro a un liberalismo que hacía demasiado daño a la vista y terminó por cegar. En la batalla entre el racionalismo y el empirismo, Europa ha representado al mito de la caverna de Platón lo que el conocimiento ha representado para Kant: la alegoría de un reto. Un reto difícil, brillando arriba del todo, desde donde nos miran las cosas importantes y que valen la pena.

Entendida la Ilustración como un proceso fundamentado en la radical transformación del método del conocimiento, solo cabía una opción: la política solo podía reorientarse hacia un modelo de civilización cultural. Desbordando el espacio europeo, pero radicando en él, esto no supuso sino el desgraciado establecimiento de una frontera divisoria entre lo civilizado y lo incivilizado. Fue el propio paradigma ilustrado el que determinó al ser humano: por origen, por raza, por sexo y por poder. Todo a la tablilla de cera de un derecho de propiedad dibujado como extensión de la propia personalidad.

De la oscuridad a la luz y de la luz a la oscuridad. A caballo entre la sinrazón, la ignorancia y también la lucidez, germinaron nuevas formas de construcción social. El leviatán de Hobbes despertaba y se firmaba el contrato social. Pero estas semillas, como las de los guisantes de Mendel, traían una terrible herencia genética: un determinismo que permitía discriminar entre individuos. El leviatán iracundo se agitaba y el convenio social se radicalizaba, cristalizando el fracaso del constitucionalismo en la pírrica victoria del nacionalismo a ultranza.

Así se saldó la deuda europea de la brillante y prometedora Ilustración. Por favor, ¿nadie se daba cuenta? Nadie firma nada a cambio de nada. Después del escarmiento, volvemos a las luces. Y otra vez a las tinieblas. Volvemos a la Europa dividida. Volvemos a dar poder a quienes pretenden ostentarlo todo. Volvemos a endeudarnos. Volvemos a discriminar. Insuficiente escarmiento cualquier guerra; condenándonos a repetir la historia. Creciendo el nacionalismo de extremistas frenéticos, creciendo la exclusión, creciendo la desigualdad.

Es intolerable cualquier imposición ideológica que obligue a la persona a renunciar a su libertad más personal. El poder deshaciendo personas. Obispos curando a homosexuales, leyes condenando la muerte digna y políticos anteponiendo una bandera al pan de todos los que la sostienen.

Volvemos a la cueva de Platón. Allí el fuego calienta, pero quema. Quema el contrato social de un europeísmo de paz, democracia, convivencia, igualdad, solidaridad y progreso. Que no arda más el sentido común. No despierten al leviatán.

¿De César a Víctor Hugo? El Rin para todos o el Rubicón solo para los romanos. Elijan ustedes. Aún están a tiempo.

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