Siempre es un pretexto.

En mi móvil, una notificación señala que el tiempo que he usado ese dispositivo ha disminuido un 15% con respecto a la semana pasada; y es curioso, porque, a pesar de eso, ninguno de estos días bajó de las 5 horas.

Rastreo hasta donde la función “tiempo de uso” me deja: 1 de julio, más de 8 horas. Aquel día subí a la montaña con unos amigos y cené viendo el atardecer. Aquel día miré el móvil más de 8 horas.

Últimamente me pregunto cuál es el sentido de esto. Y cuando digo “esto” no sólo me refiero a las redes sociales.

Si empezara a tirar de ellas… de lo que son nuestros egos o la falta de estos; de la necesidad de lanzar señales de nuestra existencia para que el resto, remotamente, las ratifique como si sólo así pudiéramos darle significado; de esa pulsión escópica que nos tiene a muchos refrescando constantemente la página de instagram… correría el riesgo de no saber cómo acabar este artículo y, a su vez, decir algo mínimamente nuevo o interesante.

Cuando digo “esto” me refiero a todas las horas usadas, entre lectura de artículos, música, podcast y también vídeos de Youtube. Me refiero a “la combi completa”. Me refiero a pensar en aquellos que se desalinean de los dispositivos móviles de motu proprio y a envidiarlos desde el prisma de alguien que sabe que, difícilmente, haría algo así.

Me refiero a estar cansada.

<<Todo es cuestión de equilibrios>> desde luego, pero ¿hasta qué punto tenemos realmente control sobre este tema particular?

Hace tiempo Pablo dijo que él necesitaba tomarse dos yogures antes de ponerse a escribir; y que yo, por contra, necesitaba estar inmersa en un dilema derivado de una situación personal.

No sé si es efecto del verano, pero estos días me sobra el internet; y si, Pablo, estoy descontenta. Escribir esto al final es un pretexto para hablar de ello; siempre es un pretexto.

 

Nos pasó por ir de chulos.

Antes de la Primera y Segunda Guerra Mundial estaba en auge lo que hoy en día conocemos como el “mito del progreso indefinido”, ese sueño guiado por el flautista de Hamelín que nos llevaría, año tras año, al perfeccionamiento del ser humano en todos los niveles posibles (económico, político, moral, social…).

El mito del progreso indefinido tenía una concepción de la información como un recurso puro y acumulable.

¿Lo podéis imaginar?: información siempre correcta, organizada, disponible… La capacidad de conocer, y, casi, poseer el mundo físico.

 

Al final, siempre pasa lo mismo, las catástrofes nos ponen en nuestro lugar.

El horror de la guerra fue un golpe a esas ideas: esa tecnología que nos hacía evolucionar también nos hacía más capaces de destruirnos atrozmente.

 

Quizás sea redundante explicar que, en el campo de la información, ese mito del conocimiento acumulable también acabó por verse como, eso, como un mito, y la realidad queda muy alejada de él.

 

Hoy la información nos sobra. Hoy hemos hecho de la información una amenaza.

¿Hablaremos dentro de varios años de un golpe definitivo? ¿Cuánto podremos aguantar tomándole el pulso a la forma en la que se desarrollan los flujos de información actuales?

 

La infinitud crece.

Me gusta el término “flujos de información”, me gusta imaginar que la información se mueve exactamente así, como flujos; como los fantasmas de las películas infantiles, como pinceladas en un cuadro.

Hasta hace no mucho creía en la aceleración de esos flujos informativos: las pequeñas luces de colores, con las que los asociaba, se movían demasiado rápido para la elaboración consciente.

Hoy, sin embargo, no estoy tan segura de la causa de este dilema. Dudo en si no profundizamos en esa información porque esta se mueve- varía-  por encima de nuestra capacidad de procesamiento, o el verdadero problema radica en que esos flujos son demasiados.

¿Hay aceleración o hay expansión?

Sea como sea, la realidad es que cualquier esfuerzo por “que no se nos escape el mundo” es absurdo. La infinitud sigue creciendo.

 

Beck, (1986) propuso el término “hipercomplejidad” para explicar que, con todos esos flujos de información multiplicándose o acelerándose, el futuro se complejiza, y también la labor de predecirlo, de anteponerse a él. Como si todas esas luces coloridas nos taparan el mañana a raíz de ocupar todo nuestro campo de visión.

Hace un mes escribí sobre esto, cuando comentaba que sorprendía lo poco certeras que habían sido las respuestas de las grandes mentes frente a la pandemia.

Al final esto es sólo un efecto más de la infoxicación a la que estamos sumidos.

 

Ya.

Y hay quien habla de infoxicación (Cornella, 2002) o quien prefiere referirse a la “angustia informativa” (Wurman, 2001). La realidad es que la información nos sobrepasa, ponedle el nombre que queráis.

Que la calidad informativa no sea óptima ni siquiera supone un problema: el movimiento posible de esos flujos de información ha degradado lo informativo; hoy todo puede ser digno de ser mostrado; y nosotros, ávidos, lo consumimos.

Pero, en mi opinión, la angustia viene de la necesidad de seguir ese movimiento, de no desengancharnos de la actualidad.

El “ya” es el imperativo que domina nuestras pantallas; un saber inmediato que pierde, muchas veces, por el camino, el verdadero significado del hecho.

 

Probad a desconectaros tres días; al volver el mundo os parecerá ser otro y tú serás un sujeto alejado de los temas de conversación.

La forma en la que los flujos de información actúen y cómo eso complejice o no las interacciones sociales nos importa tres pepinos. Lo verdaderamente trascendente es que muchos de nosotros sentimos que vivimos ahogados por la necesidad de seguir su trayectoria.

Ante eso ¿tiramos el móvil al mar o asumimos esa angustia informativa como una consecuencia inevitable de la conexión-dominio del presente?

 

Quizás los significados estén vacíos.

Pienso mucho en los personajes de las novelas que desaparecen de la faz de la tierra y luego vuelven al mundo para dirigir una biblioteca especializada en tanka y haiku.

Me pregunto qué flujos informativos atraparían y cuáles dejarían pasar sin la necesidad de tener que contrastarlos con nadie luego; si entenderían el hashtag #freebritney o mirarían religiosamente cada viernes el “radar de novedades” de su hipotético Spotify. ¿Hasta qué punto deja todo esto de ser importante si desaparece la finalidad de ponerlo en común?

 

También pienso mucho en la noticia del otro día: en aquel hombre que escaló hasta lo alto de un hospital en Cisjordania para ver a su madre, afectada por el coronavirus, morir. Y en si ella le miró; si ratificó también esa experiencia, su muerte, y ese significado dejó de estar vacío. En la gente que muere sola. En si usamos las redes porque no soportamos la idea de vivir sin crear un simbolismo que otorgue mínimamente importancia a nuestra existencia.

 

El sujeto actual es prosumidor nato (productor y consumidor). Cada día que pasa contribuimos a la creación de flujos de información nuevos sobre nuestra persona, al igual que consumimos los de otros. Y en esos flujos hay gente real, hay historias, hay catástrofes, hay cambios, hay leyes… en definitiva, hay significados; pero están vacíos. Probablemente pierden significado en ese pantano informativo.

Frente a esa demasía -a esa infoxicación óntica- hemos aprendido a seguir la información sin comprometernos emocionalmente más de la cuenta. Y es normal.

Lo cierto y real es que no tengo ni idea de cómo podría cambiar esto en mí, o si tan siquiera serviría de algo; pero he pensado estos días en ello, y hoy me he tomado un yogurt (que no dos, como Pablo).

Internet me sobra, y es cosa del verano; pero tampoco puedo vivir sin él; vamos, lo que fácilmente se podría catalogar como “un drama primermundista” absurdo.

 

Necesito crear significados, aunque para vosotros estén vacíos; necesito consumir significados, aunque estén vacíos.

 

Al final es, sencillamente, una contradicción más que aceptar.

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