Demandada por ser una falsa becaria

Hoy decido contar este capítulo de mi vida y de la vida de otras 534 personas. Que a pesar de que estuvo en las principales cabeceras en su momento, pasó sin pena ni gloria, pero hoy regresa como una carta de un juzgado de primera instancia.

De becaria a freelance. No hay mucho más que explicar sobre mi historial laboral – o al menos eso pensaba. Hasta ahora tenía claro que había seguido el camino lógico y normal del vórtice de precariedad que vivimos los periodistas en España. Pero hace tres semanas descubrí que se podía estar más abajo. Se puede hacer vida en un nivel más allá del noveno círculo del infierno laboral de Dante, y por el que muchos pasan sin percatarse. Así que sentada como estoy en un Starbucks madrileño a unas calles de la radio en la que colaboro, me decido a contar este capítulo de mi vida y de la vida de otras 534 personas. Un capítulo que no fue especialmente importante para mí; que a pesar de que estuvo en las principales cabeceras del país en su momento pasó sin pena ni gloria por mi vida, pero hoy regresa en forma de carta de un juzgado de primera instancia. A octubre de 2021, estoy siendo demandada por haber sido una falsa becaria.

De la precariedad a la precariedad

Miento. Sí se puede caer más bajo. En 2018 estaba con polo y gorra roja amasando pizzas en una de las cadenas de comida rápida más despreciables. A 3 euros la hora eso sí que era el centro del inframundo. Lo que me ofreció la Universidad Carlos III de Madrid era un regalo del cielo empíreo que hizo que mis días de volver a casa oliendo a bacon y queso se acabaran. La Universidad abría cada año un programa de prácticas extracurriculares que les permitía a los estudiantes compaginar la vida estudiantil con ganar euros extra en los servicios del campus. Pan comido.

Después de un proceso relativamente sencillo, presenté mi solicitud en línea a un par de servicios en los que pensé que podía adquirir competencias para mi profesión. Lo que no esperé es que llamaran del departamento de Infraestructuras, Servicios en Campus e Informática a una estudiante de Periodismo. Era el departamento que más plazas ofertaba y me estaba ofreciendo el máximo número de horas y remuneración que se podía realizar en este programa: 5 horas al día por 300€ al mes. Era el doble de lo que ganaba quemándome las manos en las parrillas de un horno gigante. Acepté sin rechistar una plaza, que a día de hoy no recuerdo haber solicitado, y empecé como becaria en la UC3M.

Tardes de prácticas extracurriculares en la UC3M

Mi trabajo consistía en llegar a las 17h a las aulas informáticas, encender todos los ordenadores, comprobar su correcto funcionamiento y esperar sentada a que algún profesor del edificio tuviera problemas técnicos en su aula. El turno de tarde era especialmente aburrido, así que a las 21h apagaba y me iba a casa sin mucho que contar. Me consta que mis compañeros de los turnos diurnos tenían horas más movidas – y coordinadores con personalidades más agrias. Sin embargo, de alguna manera u otra, todos teníamos momentos de paz que aprovechábamos para intentar cumplir con los estándares académicos (la mal llamada excelencia) a los que nos sometía nuestra querida Universidad.

A pesar de que era un trabajo sencillo con pocos contratiempos, no parecía ningún tipo de programa de mejora para nuestras habilidades profesionales como se había promocionado siempre. El aprendizaje en materia informática se reducía a saber cómo conectar bien los cables detrás del CPU y aprender cómo gestionar incidencias del profesorado. En una semana ya controlabas todo lo que esas prácticas podían ofrecer. A los seis meses nos renovaron a los que quisimos quedarnos y, como mucha gente ya se había graduado y no quedaba ningún veterano en mi turno, me hicieron coordinadora de becarios. Después de poner ingredientes sobre la masa varias noches a la semana, coordinadora de becarios no sonaba mal y más si suponía un aumento en la contraprestación: más responsabilidad = más euros. La suposición no podía estar más lejos de la realidad.

Un juicio

Mis tardes pasaron a ser más ajetreadas, pero nada que excediera mis capacidades. A pesar de que cobraba los mismos 300€ al mes, llegué a la conclusión de que aún me rentaba tener un trabajo que me permitiera asistir a clase –algo que es (parece) oro en el ecosistema laboral español. Los meses pasaron como de costumbre excepto por ciertos rumores de pasillo que soltaban algunos funcionarios. Algo se escuchaba en los viajes al baño y en esos recesos cortos que alargábamos para fumarnos un cigarro e ir en busca de una napolitana. Hasta que el pequeño rumor estalló en medios de comunicación. Una becaria que desempeñaba funciones en la biblioteca demandó a la Universidad por ocultar la relación laboral. Según ella, el trabajo que desempeñaba no era propio de una becaria sino de una funcionaria. Debía ser remunerada como auxiliar administrativa. Y tan tajante como sus afirmaciones fue la conclusión del Juez: “Todas las pruebas apuntan a determinar que la relación existente entre la demandante y la UC3M no es propia de una beca de formación”.

La demanda de esta becaria no es el único caso que hoy compone la jurisprudencia en esta materia en la capital. La Universidad Rey Juan Carlos, la Universidad de Alcalá de Henares y la Universidad Autónoma de Madrid ya habían tenido problemas legales en materia laboral con sus becarios. Y aprendiendo de las anteriores, la UC3M decidió desconvocar las prácticas justo después de conocida la sentencia. Nunca se nos comunicó oficialmente que no podríamos renovar, todo fue cuchicheo y fuentes no oficiales. Nos quedó claro cuando, pocas semanas antes de acabar el acuerdo de prácticas vigente, nos llegó un SMS con la baja de la Tesorería de la Seguridad Social. “Eso os pasa por demandar lo que no debéis demandar” me dijo un funcionario en tono de reproche. Lo cierto es que tocaba buscar nuevas fuentes de ingresos ante la negativa de la Universidad de volver a pasar por un juicio similar. Pero esta demanda era solo el comienzo.

La inspección

Poco después nos enteramos de que un inspector había estado en varios departamentos de la Universidad. La sentencia del Juez había detonado una investigación por parte de la Tesorería de la Seguridad Social para determinar si esta práctica se extendía en todos los rincones del campus. Después de unas pocas entrevistas y unos cuantos vistazos en los despachos se fue satisfecho. Paralelamente, y motivados por la sentencia a favor de la becaria, estudiantes afectados por la suspensión del programa de prácticas decidieron demandar a través de sindicatos a la UC3M. Como ex coordinadora, algunos de ellos me animaron a demandar, supongo que por creer que mi testimonio sería más legítimo. No me hacía especial ilusión meterme en algo así y más cuando genuinamente pensaba que la Universidad me había sacado de una mala situación. Estaba en deuda.

Después de que el escándalo se publicara aquí, aquí, aquí y aquí, todos tomamos caminos diferentes. Cada uno se enfocó en lo que tenía por delante: prácticas en empresa, graduación, ERASMUS, másteres y curros de medio tiempo. Pero había algo que nos rondaba en la cabeza a mí y a algunos ex compañeros que decidimos no entrar en pelea legal. Inmediatamente después de recibir el SMS de baja en la Seguridad Social, en esos últimos días convulsos de beca, recibimos uno de alta. Hasta ese momento no habíamos recibido otro mensaje de baja anulando esa acción y nos generaba especial inquietud. La pandemia llegó y lo último que supe fue que las demandas de los becarios junto a UGT se habían paralizado. Lo último que sabía, sí, pero hasta el mes pasado.

La demanda

“Ha llegado una carta de un juzgado con tu nombre”. Con 70 años mi tía sabía bien lo que podía haber en un sobre certificado como ese. Al llegar de Venezuela, y a falta de otra cosa, me empadroné en su casa en Vigo para poder iniciar mis caminos en tierras ibéricas. Nunca cambié formalmente mi domicilio. “Ábrela”, le dije sin vacilar. “Mejor te la mando y lo ves tú misma”. Corrió a Correos y envió el sobre directo a Madrid. No hizo falta que llegara porque ese mismo día dos ex becarios me escribieron detallándome exactamente lo que había en él. “A mí también me ha llegado la demanda”. Se me cayó el mundo.

Parece que los pendrives y los códigos QR aún no han llegado a la Administración Pública. En el sobre había un CD con 30 páginas de demanda de oficio. Aquella inspección que la Tesorería de la Seguridad Social había llevado a cabo hace un par de años, había concluido que en todos los departamentos de la Universidad en los que se ofertaban plazas existía una relación laboral encubierta. Para sorpresa non grata de una servidora, figuraban declaraciones que había dado en un informe de evaluación que nos obligaban a hacer cada seis meses. “Las competencias se estacan después de la primera semana” redacté en su momento. Así lo apuntó la abogada de la Tesorería bajo mi nombre para respaldar sus conclusiones y formular la demanda de oficio. Una demanda presentada en contra de la Universidad y los 535 becarios que hicimos vida esos años por los pasillos de los cuatro campus.

Ser una falsa becaria

Hace dos años no tenía ni un ápice de ganas de meterme en una batalla legal. Ahora mis niveles de afán de pelea jurídica después de haber rehecho mi vida están en mínimos históricos. Soy autónoma y Hacienda ya me da suficientes dolores de cabeza a mis 23 años, pero esta vez no puedo huir muy lejos. Tengo que estar como demandada en un Juzgado de lo Social en Madrid el 4 de abril de 2022. Ahora que iré a un juicio en el que la Universidad y yo saldremos como culpables de estafar a la Seguridad Social, sin duda alguna, me planteo lo normalizada que tenía esa situación de precariedad.

En el momento no me di cuenta de que éramos meros auxiliares, aunque el hecho de que el 50% de la plantilla fueran becarios era una buena pista. A día de hoy también me vienen recuerdos de cómo nos dieron un curso de técnicas de gestión para enfrentar la atención al cliente al iniciar las prácticas. La Universidad aprovechaba la figura para no contratar personal y tener en funcionamiento todos los servicios necesarios. Jóvenes y activos como éramos, estábamos dispuestos a dar lo mejor para que se nos reconociera. Creíamos que 300€ al mes era lo normal para un trabajo así. En lo personal y a los 19 años, lo único que quería era salir de la hostelería y poder compaginar mis estudios. Por experiencia, por supervivencia o por cumplir requisitos académicos, muchos jóvenes en España caen en aquel círculo laboral del infierno de Dante sin reconocer las banderas rojas. Si tienes suerte (o infortunio), no te demandará nadie.

Vida laboral

La historia tras aquel SMS de alta en la Seguridad Social que ha quedado olvidado en medio del relato, se aclaró cuando revisamos nuestra vida laboral. Después de años, mis compañeros y yo seguimos dados de alta en la UC3M, pero para nuestra sorpresa, no como becarios. Inmediatamente después de darnos de baja como practicantes, nos dieron de alta como auxiliares administrativos con contrato indefinido figurando así desde el inicio de nuestras prácticas. Se desconoce si fue un movimiento en el tablero por parte de la Tesorería o de la Universidad. Sea como fuere, ahora muchos de nosotros estamos en régimen de pluriactividad a pesar de no percibir ni un euro.

Por proteger a mis compañeros no especificaré las acciones colectivas que se están intentando llevar a cabo, pero la Universidad tendrá que luchar contra enemigos en diferentes frentes. Parece que el gigante se ha preparado bien. La UC3M ha contratado para ello los servicios de Sagardoy Abogados. Es el mismo bufete que está defendiendo a Deliveroo de sus riders y el que llevó el ERE de Coca Cola. Las reflexiones de este caso y varios otros en universidades madrileñas deben llevar a políticas positivas que permitan a los jóvenes trabajar y estudiar en condiciones dignas. Hoy se han levantado decenas de estudiantes para ir a sus puestos de falsos becarios. Mientras, yo me pregunto cómo cabremos 500 de esos en un rincón de una sala de vistas en Madrid.