El alumbrado a gas: Una parte de nuestra historia urbana

Aunque las farolas a gas desaparecieron de España hace algunas décadas, siguen muy presentes en otros lugares del continente. Berlín o Londres todavía cuentan con centenares de ellas, y son muchos los que apuestan por el mantenimiento de esta tecnología.

Farolas con diseño tradicional - Pixabay

 

La última farola de gas de Barcelona se apagó en 1967, y en Madrid, en 1972. Acababa así una época de algo más de un siglo en la que este combustible había iluminado las calles de las ciudades españolas. El alumbrado a gas representó la estancia intermedia entre al aceite y la electricidad, y es que las luces de las calles evolucionan década a década para tratar de lograr la combinación perfecta entre seguridad, estética y viabilidad económica.

Todo empezó con un nacimiento real 

En marzo de 1832, Madrid instaló más de 100 faroles en las calles y plazas más emblemáticas con motivo del nacimiento de la Infanta Luisa Fernanda, hija de Fernando VII. Así llegó el alumbrado a gas a la capital. Pocos años antes, en 1926, se encendía en Barcelona un pequeño farol en la Casa de la Llotja de Mar: la primera farola de gas de España.

Poco a poco, el gas se fue introduciendo en las ciudades. En Barcelona, el sistema de abastecimiento de gas fue el primer servicio de red implementado, incluso antes que la distribución de agua. Se encargó de ello la Sociedad Catalana para el Alumbrado por Gas (Posteriormente Gas Natural). Este combustible también empezó a ser aprovechado por comercios, como hornos de panaderías o pequeñas industrias.

En cada ciudad, era habitual que surgiera una empresa destinada a este servicio, muchas veces eran firmas de empresarios galos, ya que en el país vecino tenían una dilatada experiencia en este tipo de instalaciones. En Zaragoza por ejemplo, se adjudicó la instalación del gas a «Credit Lyonnais». Las empresas solían construir una fábrica para elaborar este combustible, en Zaragoza, se situó en los terrenos del actual parque Miraflores.

La llegada del alumbrado a gas mejoró la seguridad de las calles por la noche

Anteriormente, el alumbrado público era casi nulo. Los únicos medios disponibles eran faroles alimentados con aceites, petróleo, grasas, ceras animales; que iluminaban muy poco y eran altamente inestables. Por las noches, estar en las calles era casi impensable, pues la oscuridad era perfecta para el trabajo de todo tipo de malhechores.

Además, este tipo de luminarias eran muy sensibles al viento, que las apagaba como quien sopla una vela de cumpleaños. En Zaragoza, el cierzo no hacía ningún favor a las lámparas de aceite. Así, cuando en mayo de 1856 el general Espartero visitó Zaragoza para inaugurar la construcción del ferrocarril a Madrid, una corriente de viento del Moncayo dejó la ciudad a oscuras.

Las farolas, símbolos de tradición

A pesar de que en España ya no se pueden ver farolas a gas, otras ciudades europeas han apostado por conservar algunas de ellas en los centros históricos, como parte de su patrimonio y tradición. En Londres, siguen funcionando actualmente cerca de 1500 farolas de gas, que son mantenidas a mano. Las primeras farolas a gas de la ciudad se instalaron hace más de 200 años.

Cada día, una cuadrilla de faroleros a moto de la British Gas recorren la ciudad para limpiar y ajustar estos iconos de la noche londinense. Algunas se encienden y apagan automáticamente, pero otras están controladas por un sistema de relojería centenario, que hay que ajustar cada catorce días.

En la capital inglesa, algunas farolas se instalaron con el doble propósito de alumbrar y de eliminar los malos olores del alcantarillado. Así, algunos puntos de luz se colocaban justo encima de las alcantarillas para que quemaran los gases que emanaban de estas.

Sin embargo, el caso más llamativo es el de Berlín. Cerca de 43500 lámparas de gas siguen funcionando hoy en día en la capital alemana, lo que representa más de la mitad de todas las farolas de gas que hay en el mundo. Sin embargo, podrían tener los días contados, ya que suponen un gasto económico al ayuntamiento muy alto, por lo que planea sustituirlas por lámparas eléctricas.

En la ciudad existe un debate sobre el futuro de estas lámparas. Para algunos, son sinónimo de contaminación y falta de ahorro (cada farola a gas cuesta de mantener unos 550€ al año, frente a los 5€ de las eléctricas, según el ayuntamiento de la ciudad). Además, las farolas a gas iluminan bastante menos que las luces eléctricas.

Por su parte, los defensores de su conservación sostienen que el impacto ambiental es mínimo (representan el 0,04% de las emisiones de la ciudad), que respetan mejor la fauna nocturna y que son un potencial para el turismo y la tradición de la ciudad.

Queda gas para mucho tiempo

Aunque cada vez haya menos, es difícil que estas lámparas se terminen de apagar. Su luz acogedora, la calidez y el ambiente bucólico que evocan hacen que sigan muy presentes en el cine, en parques temáticos, en nuevas zonas residenciales, en centros históricos y allá donde se quiera conservar este símbolo de nuestra historia urbana. En los próximos años, no hay duda de que vamos a seguir a todo gas.

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