Las anchas hojas de la higuera

Decía Jorge Oteiza que no hay mayor placer que el de una hoja en blanco, el dios mío de papel al que asir vagamente unas palabras que desvelan un juego ambiguo, una danza entre la palabra y el silencio. 

Algo por el estilo adivinó Jaime Gil de Biedma en aquellos versos a Carlos Bousoño: (…) no consiente/ en su blancura otra ciencia/ que apacentar la impaciencia/ del poema más urgente. Apenas una línea tímida basta para que el texto se desvele en una senda de oscuros signos. Hoy me dejo llevar por la escritura. Esto no es un artículo, más bien es deambular entre las letras y sus espacios. Alargar la sombra que la voz proyecta sobre este muro en blanco.

Es verdad que hace mucho que no escribo y sin embargo lo estoy haciendo ahora. No sé a ciencia cierta cuál es el propósito de tal enmienda, ni siquiera sé muy bien qué es lo que espero de todo esto. Y quizá sea eso: no esperar nada del texto –como de casi todo en esta vida-. Diría León Felipe que hay que pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero/ligero, siempre ligero, y así procurar que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo. Quizá, quién sabe, llegar a un punto que desconozco caminando solamente por los goznes de la memoria.

Pero la escritura, como cualquier oficio, de puro repetirse pierde el sentido en el que se funda. ¿Qué viene a descubrir un texto hoy escrito que no descubriera ya Platón, Safo, Lucrecio, Li-Po, Ahmad Ibn Ata y todos los antiguos? Aquí hablo de lo esencial, de la verdadera pulsión de la escritura, de la Diosa Blanca de Robert Graves, no de sus luces y sus accidentes. Siquiera esto, escribir, sólo sirve para que unos pocos nos miren al ombligo y nos recuerden dónde lo tenemos cuando nos señalen.

Mientras tanto: la vida retirada, si es en un alto monte, como aquel de Juan del Encina, o a las afueras de un pueblo, donde la naturaleza dicta el ritmo de las cosas, mejor que mejor; en su defecto, no viene mal vivir en un noveno piso de una ciudad llena de edificios más altos que los árboles. Ventanas adentro las casas tienen habitaciones lentas y largos pasillos por los que el mundo atraviesa encogido. El suelo tiene escrito en ellas la historia de una familia, grabado está en la grieta azul de la madera.

Pero la triste verdad asoma, ya no quedan lugares para la creación. En todo caso hay recreación y no-lugares y, en el mejor de los casos, auto-afirmación cuando conseguimos vernos como nos ven los que nos miran.

Somos los ecos de las voces del pasado. Una repetición salmódica, como quien reza el rosario y al mismo tiempo piensa en la lista de la compra. Entonces ¿a qué viene este texto si no es a reclamar su derecho al onanismo, a la pataleta, al fracaso o en definitiva a su propia extinción?

Planteamos la pregunta de la escritura con la perplejidad que la finitud nos provoca. Sin embargo, desde el punto de vista de la escritura, nosotros somos la pregunta. Una pregunta que su esencia misma consiste en no-ser su existir. La escritura, por sí misma nada es, de ahí que su nada devenga en una naturaleza previa a su ser (in se considerata nihil est).

La escritura se niega a nosotros. Al menos, hasta ese punto mínimo y en apariencia único con el que nos encontramos justo en ese preciso momento en el que ya no podemos decir de ella sino que es.

¿He escrito esto o sólo estoy recogiendo un eco que resuena? ¿Acaso no es la voz, el habla –el zôon legón ekhón de Aristóteles- este resonar que nos habita? No estoy muy seguro de ser autor de todo lo que acontece sobre este renglón. De lo que sí puedo estar seguro es que habla de mí.

Como advertía en un inicio, esto no es, ni mucho menos, un artículo. Tan sólo un elogio al divagar, una apología al hablar con uno mismo. Irremediablemente acontecen en el recuerdo ciertos temas recurrentes, determinadas imágenes y personas que nunca nos dejan. Escribir, al fin y al cabo, es circundar una obsesión. Antonio Reseco dijo en un poema que volver sobre uno mismo/ es solamente quedarse, y Víctor Botas: Has llegado a tu centro. Valga/ como decir a tu infinito. Sigo poniendo en diálogo textos y autores, pues en eso se basa la literatura. Otra vez el eco, la segunda mano, las joyas robadas (título a la sazón de Luis Alonso)

Al cabo de este breve texto estaré sentado bajo las anchas hojas de una higuera crecida en el corazón de Extremadura. Allí, cuando la tarde se alargue y todo se colme de lo que más nos llena, recordaré las cosas que de verdad importan: el abrazo, por ejemplo, de Santiago Castelo, poeta sobre todo, pues su voz es la lengua del verano.

 

De pronto la palabra no sirve,

suena a hueca,

se ha desmembrado y está sin nervadura.

Intentas pronunciarla y en la boca

queda un sabor a humo y a vacío.

La desnuda palabra tronchada y sin aliento

que urgía al corazón… La que tanto alcanzaba.

Su nombre, a estas alturas de la vida,

a estas alturas de la muerte, su nombre

no significa nada…

Si acaso una sonrisa

-amarga y cruel sonrisa-

por los años que nos sirvió de apoyo.

Ahora es sólo ceniza que se expande,

esa palabra, amor, que todo lo podía¹.

 

 

¹ «La palabra muerta» abre el libro Quilombo de Santiago Castelo, publicado en 2008 en la editorial sevillana Point de Lunettes.

 

 

 

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