España en el refugio de los leones de piedra

Congreso de los diputados. Madrid.
Durante meses, España se moría. Pero, mientras tanto, en el refugio de los leones de piedra, la situación parecía ajena a lo que sucedía tras sus puertas.

Vivimos tiempos de cambios, de reflexión y puede que hasta de inflexión. No solo como país, sino como sociedad y humanidad. Siempre me llamó asombrosamente la atención la separación intrínseca que parece vivirse en nuestra nación. Una división casi tangible entre españoles que ahonda en la propia concepción que se tiene de país y del significado de la palabra “Patria”.

En muchas ocasiones pensé que, en el caso de que se diera una problemática común que afectara a todos los españoles por igual, se unirían ambas facciones. Mas, de nuevo, la sorpresa al comprobar que ni una pandemia nos ha unido, sino todo lo contrario, nos ha separado aún más.

Hablemos de aquellos días de oscuridad. Durante meses, España se moría, de manera tan metafórica como literal. Sus calles andaban vacías donde el aliento de la guadaña soplaba en las nucas de quienes se atrevieran a pasar. Pero, mientras tanto, en el refugio de los leones de piedra, la situación parecía aún más irreal.

Debates en corbatas, encorsetados de clichés, se arremolinaban ante una realidad que parecía ajena a lo que sucedía tras sus puertas. Por las pantallas de la que fue nuestra realidad, se podían escuchar insultos, silbidos y vítores de unos políticos y de otros, representantes de un país a la deriva en un barco de papel, ante una tormenta desconocida.

La crisis sanitaria hizo eco en un “Congreso de colores” en el que se dedicaban a sacárselos mutuamente, sin importar partidos, ni tan siquiera ideologías. Pero entre palabras vacías, el hielo se iba adhiriendo a las paredes de un palacio con su mismo nombre en el que féretros aguardaban el descanso final.

“Me duele España” volvería a decir Unamuno si levantara la cabeza, uno de los más influyentes de la Generación del 98. Un grupo de jóvenes intelectuales que basaron su obra en el deseo regeneracionista del país, ante la caída del “sueño imperial español” con la pérdida de las últimas colonias a finales de siglo.

Azorín, Baroja o Valle Inclán, entre otros tantos, inspiraron sus creaciones en lo que denominaron “el sentir de España”, uno de esos clásicos que nunca pasan de moda. Esa concepción ahondaba en el cuestionamiento de los cimientos de lo que se denomina “Patria” y versaba sobre el dilema de “las dos Españas”.

Sin embargo, en dichos autores no se puede hablar de antipatriotismo pues cabe destacar que estos amaban profundamente su país. Así lo demostraban con sus letras: «De nuestro amor a España responden nuestros libros», diría Azorín, pero ¿qué España adoraban estos intelectuales? Sin lugar a dudas, “una distinta a la que contemplaban” apunta el filósofo y ensayista Pedro Laín Entralgo.

Un sentir crítico de toda una generación ante un país dividido, llevó al origen del debate sobre el “ser de España” y la identidad de lo español. Una controversia que continúa hasta nuestros días como impronta inmarcesible de nuestra fisonomía como país. Y con ella, se sigue elevando la pregunta, así como la confrontación, sobre lo que significa realmente ser español.

Ha pasado un siglo desde aquella Generación del 98 que se erigió en tribunas y criticó lo que había en ellas. Mas el debate sigue en pie, y con él una separación entre españoles que ni una pandemia mundial ha conseguido unir. Quizás, cuando en el Congreso se pueda ver algo más allá de colores, y cuando el diálogo prime frente a la disputa, se pueda discernir un mañana menos efímero del que vaticinaba Machado. Puede que llegue el día en el que España no esté partida, pero, mientras tanto, al menos intentemos que esté algo más unida.