El pasado mes pudimos ver cómo cientos de jóvenes catalanes tomaban violentamente las calles de Barcelona como parte de las protestas contra la sentencia del procés. Enmascarados, muy bien preparados y organizados, destrozan todo aquello que encuentran a su paso y se enfrentan a unas fuerzas del Estado que se ven completamente superadas en número por los manifestantes. Una verdadera batalla campal, llena de una emoción en su interior que la retroalimenta, además de estar muy masculinizada (y esto no es un dato irrelevante). De seguro todos aquellos que lo han vivido de primera mano se sienten en cierta manera como aquellos participantes en las grandes Revoluciones Liberales, como la francesa o la americana, de las cuales habrán leído innumerables veces, y en las que la violencia está completamente legitimada, e incluso obligada.

Y al igual que en las Revoluciones Liberales de finales del siglo XVIII, encontramos a una parte de un pueblo hastiada, luchando por unas ideas que no han surgido de ella si no de una burguesía o clase política que ha logrado enmascarar sus objetivos dentro de las proclamas por la libertad, por el “autogobierno” en contra del Estado central. Pero el problema viene de lejos, viene de concesiones, de luchas de poder, de dinero… y una vez se ha obtenido un desarrollo ventajoso, es mejor seguir por cuenta propia, o eso dicen… No lo veo justo para con otros territorios de España a los que no se les han dado las mismas oportunidades, pero tampoco para aquellos a los que se les ha hecho pensar que la secesión les beneficiará y no se volverá en su contra. Sin embargo, esto ya es una lucha por la democracia, por el derecho a expresarse y ser escuchada. Hay más catalanes que simplemente quieren tener ese derecho a decidir, a votar, de los que quieren la independencia, pero también hay gente cambiando su opinión tras presenciar la represión estatal. El tema es hasta qué punto la ley es legítima, dónde se ha de romper el contrato social. Las grandes revoluciones que hoy vemos como positivas no lo fueron para el orden establecido del momento. Aunque quién decide qué es una revolución y qué un golpe de Estado. Dependerá de las creencias personales e intereses en juego.

¿Y qué podemos hacer como país para arreglar esto? Quizá la clave esté en repensar España, ya que este no es el único gran problema dentro de nuestras fronteras, aunque sí el más mediático. ¿Redefinir las autonomías, eliminarlas, crear un verdadero Estado federal? ¿Eliminar las circunscripciones electorales, cambiar la fórmula electoral por completo? ¿Transformar una democracia representativa, al parecer deficiente, en una democracia más directa, o seguir la tendencia hacia la tecnocracia? ¿Poner encima de la mesa de una vez la herencia del franquismo y acabar con ella, o aceptar y olvidar? ¿Forzar la cohesión de las velocidades de desarrollo de las dos Españas? ¿Exigir una mayor transparencia y ser más duros contra aquellos que se demuestren corruptos dentro de la clase política? ¿Luchar contra la desinformación que promueven algunos medios de comunicación de masas? ¿Recriminar los partidismos que no nos llevan a ningún lado? ¿Proclamar la República o mantener la monarquía como institución que sujeta este Estado de locos? Y estas son sólo algunas de las preguntas que debemos hacernos…

¿Es posible llegar a alguna conclusión o es el sino de España estar dividida? Quizá algunos cambios estructurales no nos vendrían mal.

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