La plusvalía de la víctima

El mero hecho de querer ser la víctima es un acto vulgar, infantil, pincelado de herrumbre y la egoísta cancelación del debate, por no hablar del todavía más grave menosprecio de aquellas personas que sí han sido víctimas en su vida con todos los traumas que ello implica


  No cabe la menor duda, cuando uno se enfrenta a la posibilidad de acudir a un encuentro social en una nave industrial reconvertida para la cohabitación de ocho personas, las situaciones que allí sucedan serán cuando menos interesantes. Este no es el relato de una party-cool desatada ante la iluminación de primorosas estrellas del cine, la música o la literatura, sólo el de un grupo de hippies comprometidos con su reflejo alternativo y poca simpatía al caluroso abrigo de las puertas de madera y la limpieza. Si observas el conjunto, poco cabe esperar de ellos más que el prototipo de chavalinas y chavalines de clase media acomodada a quienes los mayores dramas en su vida no han orbitado lejos de qué carrera universitaria dejar a medias, dónde irse de viaje con sus amigos de condición social similar, o cuál será su siguiente afición artística con la que justificarán así su apetito por llamar la atención, y sentirse más próximos de su idealizada bohème. Por supuesto, ¿acaso podría ser de otra forma? su compromiso con las más vanguardistas interpretaciones de los imaginarios minoritarios brilla con la contundencia de un arcoíris de dibujos animados… todos son genero no-binario, tienen orientaciones sexuales no hetero, veganos eco-amigables que no dudan en poner el grito en el cielo ante las crueles manifestaciones del abuso de los plásticos y la contaminación, pero zumban nariz arriba tanta metanfetamina como para tumbar a un caballo, y chupan tales cantidades de nicotina que cualquiera diría que un 1% de la contaminación ambiental de la ciudad se debe a ellos. Muchos son honestos en la visión que dan de sí mismos y en las actitudes integrativas que aspiran a ver en la sociedad, algo admirable claro, pero otros huelen a hipocriselfi, a discursos que ni entienden, ni se preocupan por entender, pero con los que se confirman como sujetos modernos y chachis.

Miguel, en un acto de desinhibida despreocupación inocente, alza la voz para llamarme a su encuentro al otro lado de la sala. «¡Tú, maricón, ven aquí!» grita con las anteojeras de la confianza. Oh, querido, has cavado una tumba, me da por pensar.

  Miguel Tello, quien ha acudido al encuentro de este aquelarre del Berkeley español como yo en calidad de invitado, es objeto al poco de los ácidos baños de la corrección. No diré que Miguel sea suave, más bien al contrario, destacan en él unas campechanas maneras forjadas en los entornos de su familia de clase trabajadora del campo, y su posterior desarrollo como torrero mecánico para almacenes. El chico, sin embargo, está lejos de ser un garulo conservador, ni se recrea en cualquiera de las fobias; xeno, homo, femini, etc… que podrían ligarse a sus orígenes. Eso no quita para que, tras una despachada etílica de proporciones considerables, las formas que emplee sean pulcras como el mármol de unas oficinas caras del centro de Madrid. Miguel, en un acto de desinhibida despreocupación inocente, alza la voz para llamarme a su encuentro al otro lado de la sala. «¡Tú, maricón, ven aquí!» grita con las anteojeras de la confianza. Oh, querido, has cavado una tumba, me da por pensar. Y sí, así es. La mayoría de los que lo rodean saben de su naturaleza campestre, más próxima a haber crecido entre las tablas del arado que de las de multiplicar. También saben que al usar esa palabra Miguel no está insinuando ofensa alguna, ni reclama una posición de dominación, ni guarda doble sentido más allá del de una expresión de cercanía. Lo saben, pero no les importa. El placer de poder juzgar con altividad moral el desliz político de alguien a quien por él se lo considera inferior es más fuerte que cualquier intento de reflexión. 

Sólo una expresión le ha valido a este anfitrión para poder sacar la cabeza del anonimato colectivo y así convertirse en el centro de todo. Porque si algo quiere, por algo lucha de verdad, desde lo profundo de su corazón, es porque todos le hagan caso.

  Uno de los moscardones que rodean las heces de la situación es especialmente franco en sus gestos y respuestas. El tipo, a quien conozco desde hace lustros, guapete-de-cuerpo fibroso-con-familia-pequeñoburguesa y una cartera de haber hecho lo que le ha salido de los cojones toda la vida en su bolsillo, somete al pobre Miguel al tercer grado de la condena. Sólo una expresión le ha valido a este anfitrión para poder sacar la cabeza del anonimato colectivo y así convertirse en el centro de todo. Porque si algo quiere, por algo lucha de verdad, desde lo profundo de su corazón, es porque todos le hagan caso. El zutano alza la voz, llenándosele la boca con la gran palabra que le ha ofendido y que sólo le corresponde a él utilizar «Yo soy marica y no me gusta que digas eso», le suelta; árido como una boca de resaca. Miguelín, huelga decir, palidece. Él, que no ha hecho sino toda su vida defender la libertad sexual y la naturalización positiva de las distintas orientaciones existentes, es ahora de pronto el malo de la peli. Al marica-orgulloso el mal sentir de Miguel le importa un carajo. No se ha preocupado por el verdadero sentido de la palabra, ni por a quien iba dirigida; él sólo ha visto la oportunidad de convertirse en el beneficiario de la razón popular, de su correcto uso del lenguaje como medio de transmisión para sus sintagmas espirituales y políticos más allá de consecuencias.

Todos son parte de la maquinaria en la que cualquiera que se reconozca víctima ha de ser tenida en cuenta como tal y, por tanto, adorada lejos de la crítica o la puesta en duda de sus afirmaciones.

  El debate no queda ahí. Miguel procura explicarle, cariñosamente, que no lo ha hecho con intención ofensiva alguna, que él está años luz de andar a la caza y captura de la provocación o entiende el término como una calumnia. «Es sólo una costumbre del trabajo. Nunca lo digo como insulto, sólo como muletilla para algunos amigos». Es difícil dudar de la sinceridad en las palabras de este tierno hombre rural. Nadie en su sano juicio hundiría más el dedo en la llaga de alguien que, ya abochornado, intenta hacerle comprender a otro que no debe malinterpretarle. Pero no… el soplagaitas de alma déspota y ego inflado tiene que destacar más aun, y le recalca a Miguel que por mucho que diga, él lo que debe hacer si se le cuestiona respecto a la ofensa de alguien en esas condiciones es CALLARSE. «No te justifiques», insiste el cretino, que no ve que el silencio es algo que tampoco le sentaría mal a él. Miguel lo mira como si le dijera «De tío de izquierdas a tío de izquierdas ¿qué es lo que consigues machacando así a alguien?» Lo que Miguelín no pispa es que no se trata de tío de izquierdas a tío de izquierdas, sino de heterosexual a homosexual, de una identidad a otra, de dos personas que ahora deben buscar más sus diferencias que sus similitudes. Resulta también sorprendente como, aparte de mí y una chica más, el resto parecen absolutamente ad hoc con su discurso. Todos son parte de la maquinaria en la que cualquiera que se reconozca víctima ha de ser tenida en cuenta como tal y, por tanto, adorada lejos de la crítica o la puesta en duda de sus afirmaciones. Una fórmula de comportamiento que deja mal parada la mejora de la sociedad, la comunicación o un avance general hacía un país en donde a nadie se le juzgue por algo tan determinante, pero estúpido en realidad, como a quien te trajinas.

Es preocupante la facilidad con la que los individuos posmodernos, vástagos de la perfección, se visten esa condición con el fin de empoderar su narcisismo y hacer aguadillas a los que les rodean en las piscinas de su verdad.  

  Sería abyecto pretender que las víctimas son un sujeto menospreciable, aquí ese debate no está sobre la mesa. Pero sí es preocupante la facilidad con la que los individuos posmodernos, vástagos de la perfección, se visten esa condición con el fin de empoderar su narcisismo y hacer aguadillas a los que les rodean en las piscinas de su verdad.

  Si bien el cretino ha padecido las seguras dificultades que supone reconocerse homosexual, el gacho parece olvidar que sus orígenes le han brindado una vida entre algodones, sin padecimientos más allá de los que él mismo se busque (o los infortunios que la vida le imponga) y en un país líder mundial en la defensa de los derechos LGTBI. ¡Atención! Oh, nadie está diciendo que la cosa esté resuelta en este terreno, ni que no haya que seguir labrando los caminos de la igualdad en esta tierra cervantina. Aun así, cabe destacar como un tipo que lo ha tenido todo reglado desde siempre se permite mirar por encima del hombro y mandar callar a un hombre que no lo ha tenido fácil, que se ha esforzado toda su vida por ser una versión más humana de sí mismo, y que ha sido también victima de un sistema de clases donde la desigualdad económica ha forjado en él, inevitablemente, determinadas actitudes. Algo de lo que, por cierto, Miguel parece no tener derecho a comunicar porque eso «no justifica».

Pero la injusticia de hoy es líquida, casi gaseosa, y es capaz de convertir cualquier hecho en un intento de vulnerar la integridad de las personas.

  Una víctima es el sujeto receptor de actos injustos. Estamos de acuerdo que nadie es víctima de una lotería. Pero la injusticia de hoy es líquida, casi gaseosa, y es capaz de convertir cualquier hecho en un intento de vulnerar la integridad de las personas. Principalmente del individuo como elemento aislado, quien ha visto en la búsqueda de su victimización una red de respeto que le es escurridiza en triunfo personal o lucidez de pensamiento. El mero hecho de querer ser la víctima es un acto vulgar, infantil, pincelado de herrumbre y la egoísta cancelación del debate, por no hablar del todavía más grave menosprecio de aquellas personas que sí han sido víctimas en su vida con todos los traumas que ello implica.

  «¿Qué fue de Gary Cooper, ese hombre fuerte y silencioso?» se preguntaba Tonny Soprano. Gary Cooper fue la expresión del macho viril, fuerte y de confianza capaz de bregar con todo lo que el liberalismo quiso vender a las clases trabajadoras.  Pues un hombre que no se queja, es un hombre que no da problemas. Por mí Cooper y su masculinidad pueden quedarse en sus fotogramas bi-cromáticos de los cuarenta, no obstante, si puede recordarnos que la elegancia del silencio es la virtud de los sabios y que las mejores batallas que merece la pena luchar son las ajenas, pero justas.  

Las más caciquiles y rancias personalidades a las que, pobrecitos, les ofende que en la última película de Marvel haya una pareja gay o se pelee activamente por la, ¡hostia! más que legítima integración de las personas transgénero

  La victimización de hoy no está encerrada en una sola dimensión. Es algo que se propaga desde las diversidades minoritarias hasta las más caciquiles y rancias personalidades a las que, pobrecitos, les ofende que en la última película de Marvel haya una pareja gay o se pelee activamente por la, ¡hostia! más que legítima integración de las personas transgénero

  En definitiva, la discusión no está en sí hay quienes se victimicen más o menos, o en sí este concepto pertenece a una ideología u otra. Finalmente, el debate está en por qué hemos permitido que los lloriqueos justificados únicamente en base a la finísima ofensa personal sean tomados como patente de corso para la censura, y la defensa ciega de la cultura de la cancelación.