Los fantasmas del pasado

De nada sirve pedir perdón por algo que ocurrió hace siglos, de mucho sirve dejar de celebrarlo. Porque dejar de celebrarlo pasa por definirnos, por entender que nuestra nación tiene multitud de cosas de las que sentirse orgulloso hoy.

“Pues yo no entiendo de que sirve pedir perdón por algo que ocurrió hace siglos” dice Will, de Inglaterra. Habla sobre López Obrador y su petición, entre otros, al Rey de España, para que pida perdón a los pueblos originarios de América por la conquista.

Esta mesa, en la que estoy sentado, parece el comienzo de un chiste. Un español, un inglés, dos turcos, un italiano, un francés y un belga discutiendo sobre la conquista de América. Un tema que aparentemente vuelve a estar de moda.

Yo, personalmente, no entiendo que tiene de malo pedir perdón a los pueblos originarios, entendiendo que no cuesta nada pedir perdón. Ahora sí, lo que no entiendo es de que sirve pedir perdón. Es más, no tengo claro que quieran que se les pida perdón.

Estoy bastante seguro de que antes que el perdón del Papa, del Rey de España o de cualquier otro ilustre personaje, lo que quieren es que se les deje de expoliar, discriminar y asesinar en sus propios países, porque las condiciones materiales de su pueblo se anteponen a cualquier condición simbólica.

Uno de los turcos dice: “eso es como los armenios que dicen que Turquía debe pedir perdón por matar a unos cuantos cientos de miles de ellos hace cien años”. Sin embargo, ahí sí entiendo el sentido de pedir perdón.

¿Se debe a que es más reciente? Quizás los actos tengan caducidad, y pasado cierto tiempo deje de tener sentido pedir perdón. ¿Se debe a la lejanía? Es decir, al ser un tema que no me atañe, al no ser no ser turco, quizás es más sencillo posicionarse y decir que sí, Turquía debe pedir perdón.

Pero ¿de qué coño sirve pedir perdón? Imaginemos que mañana Israel decide pedir perdón al pueblo palestino por su expulsión. Decide pedir perdón a los refugiados de 1948 y a los de 1967. Imaginemos que Netanyahu da un precioso discurso sobre el arrepentimiento y el perdón. Pero se queda en eso, en una disculpa. El muro sigue en construcción y se sigue negando el regreso a los refugiados palestinos. Todo el mundo estaría de acuerdo en que esas disculpas no sirven para nada. Porque aquí hablan los actos, no las palabras. Unas disculpas vacías, que no van acompañadas de acciones o cambio, de nada sirven.

¿Es necesario pedir perdón? Imaginemos por un momento que Khaltmaagiin Battulga, presidente de Mongolia, pide perdón por las invasiones durante la Baja Edad Media a Serbia, Bulgaria, Croacia o Hungría. Pensaríamos, o pensaría, que es ridículo. ¿Qué sentido tiene pedir perdón por unas invasiones que ocurrieron hace ocho siglos? Sin embargo, por algún motivo, el caso de América es diferente.

Quizás es porque cambió América de forma radical para siempre, quizás es simplemente porque estuvimos más tiempo, quizás es porque las consecuencias de los actos de entonces siguen teniendo repercusiones hoy.

Sea por lo que sea, considero que es de vital importancia entender que no podemos juzgar actos del pasado con los marcos morales y éticos del presente. Es incoherente juzgar el modelo económico del imperio romano por estar basado en el esclavismo o el sistema medieval de vasallaje desde el siglo XXI. Sin embargo, sí es coherente juzgar el esclavismo en Estados Unidos dado que este ha tenido consecuencias muy reales y directas en la configuración de un estado-nación segregado, no por ley, pero de facto, por mucho que un negro haya habitado la Casa Blanca.

Y no creo que haya que renegar de la conquista de América, en absoluto. El pasado es el pasado y no se puede cambiar. El pasado, como ya he dicho, hay que leerlo y entenderlo en su propio contexto. No se puede juzgar a un imperio expansionista en la era de imperios expansionistas.

Lo que sí es necesario, pienso, es dejar de celebrar actos del pasado que se salen de los estándares actuales de ética y moral. Dejar de celebrar el doce de octubre, por ejemplo, es más necesario que unas disculpas vacías. Quizás sería oportuno que nuestra fiesta nacional estuviera vinculada a algo de lo que nos hace grande como nación en la actualidad, en lugar de algo que nos hizo grandes como imperio en el pasado. Quizás celebrar la primera edición del diccionario de la Real Academia Española, o celebrar la publicación del Quijote, o el día de la muerte de Goya, Velázquez o Bécquer.

Sinceramente, desconozco que fecha sería la más indicada para sustituir el doce de octubre, pero tengo claro que debe ser una fecha del pasado que mire al futuro, un día del pasado que celebre lo que somos hoy y lo que queremos seguir siendo mañana. De nada sirve pedir perdón por algo que ocurrió hace siglos, de mucho sirve dejar de celebrarlo. Porque dejar de celebrarlo pasa por definirnos a nosotros, por entender que nuestra nación tiene multitud de cosas de las que sentirse orgulloso hoy. Porque si tenemos que celebrar el pasado, que sea apuntando al futuro.

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