Capítulo 1. ‘Huir’. Por Iván Trigo.

No entendía nada. No me podía explicar cómo habíamos acabado así. Apenas siete años antes todo era diferente. Es cierto que la situación se complicó mucho en aquellos últimos años de paz, pero nadie pensaba en que la humanidad en su conjunto volvería a caer en el mismo error.

En junio de 2026 yo llevaba ya dos meses en el pueblo. No quería saber nada de nadie, estaba harta. Mi última conversación con alguien había sido hacía tres semanas, y la única voz humana que escuchaba era a través de mi portátil. Allí, de vez en cuando pero no siempre, entraba en las redes sociales para presenciar como se destruía la civilización. Las revueltas del año 2022 en Barcelona habían provocado una escalada de violencia que recorrió todo el Estado, una situación que antes o después se dio en todos los rincones de Europa. El gobierno era débil, y solo tenía la capacidad de mantener apuntalados, que no sujetos, los pilares del sistema. Llevábamos casi cinco años inmersos en el caos mientras la tensión entre los radicales crecía y se preparaban para el conflicto abierto. Cada vez con menos reparos.

Las calles eran un polvorín. Recuerdo el día de abril que me fui de Huesca, una ciudad que apenas tenía 60.000 habitantes. Los Comandos por la Salvación (CS) controlaban el centro de la ciudad, mientras que el Comité Liberador Revolucionario (CLR) deambulaban pegando algún que otro tiro. La guerra no era obvia, pero la paz había desaparecido. A la provincia, muchos catalanes llegaron huyendo de su propio conflicto, que sí que pudo llegar a calificarse como guerra en algún momento. Ahora la Crida Nacional controlaba una protorepública que nadie reconocía pero sobre la que nadie podía imponerse ante el miedo al estallido de otro conflicto armado.

A mí no me daba miedo la guerra. Total, poca diferencia tenía que haber entre una guerra y lo que estaba pasando entonces en España. A mi mujer la mataron el 13 de agosto de 2023. Cuando su recuerdo invadía mi mente, la ansiedad se hacía insoportable. Quería morir pero no me atrevía a suicidarme. En el pueblo, además, todo era más relativo. Allí solo tenía que acordarme de comer y respirar, lo demás no importaba. Nadie salía de casa, todos estábamos allí por lo mismo. Huíamos del terror que se vivía en las urbes y no queríamos relacionarnos con el resto para no caer en el riesgo de mostrarse favorable a ninguno de los dos bandos.

Aquel día estaba tranquila. Puede que las pastillas por fin me hicieran efecto, lo cual me aliviaba a pesar de saber que todo era por el efecto placebo.  Pero ya no me quedaban muchas. Antes de marchar de Huesca entré a una farmacia, la única que quedaba abierta en el barrio, y compré de todo. Con la comida hice lo mismo, aunque para suplir la falta de productos frescos alguna que otra noche entraba robar a casa de mi vecina. Era mayor y no se enteraba, y yo tenía sus llaves de cuando mi madre vivía en el pueblo y se encargaba de atenderle.

Estando tumbada en el sofá de repente me incorporé de un susto. Habían llamado a la puerta. ¿Quién coño podía ser? En dos meses nadie había llamado a mi puerta. No había apenas hablado con nadie. Bajé las escaleras nerviosa y con cautela. Y con un cuchillo jamonero. Abrí y no me lo pude creer. Ahí estaba él.

– Hola -me dijo-.

Nada me atreví a responderle. Y mi única reacción fue abalanzarme sobre él alzando el cuchillo.

El siguiente capítulo de esta serie se publicará el sábado que viene. Su autor será Benjamín Santiago. 

 

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