El deporte y la compra de derechos humanos

Mientras el deporte transmite valores positivos con influencia social y educativa, las federaciones a competir en regiones que vulneran todo eso a cambio de dinero porque así funciona el mundo.

Trabajo en equipo. Confianza. Responsabilidad. Respeto. Compañerismo. Esfuerzo. Sacrificio. Honradez. Son valores que acuden a mi mente cuando pienso en el deporte. El deporte como herramienta educativa y de aprendizaje. Esa actividad no solo es beneficiosa para nuestra salud física y mental, sino que se usa como elemento rehabilitador por esos valores que promueve.

El deporte de élite, los y las deportistas, al margen de qué disciplina dominen, es admirado y tomado como referentes en todas las sociedades. Sus voces son escuchadas, sus gestos imitados, analizados, tomados siempre en consideración.

La visibilización deportiva ha servido a lo largo de la historia como escaparate de denuncia de la discriminación y como símbolo político. Son históricas la presentación de atletas racializados, como Jesse Owens, en los Juegos Olímpicos celebrados en 1936 en Berlín, o la participación de Katherine Switzer en 1967 en el maratón de Boston. Imágenes que han quedado en el imaginario colectivo y muestran cómo el deporte es un arma más de que valerse para ser político.

Las luchas continúan, con prejuicios y barreras muy férreas en torno a muchas disciplinas que miran recelosas la caída de esas rejas para ser más representativas.

Los equipos deportivos femeninos y las deportistas siguen siendo menos “rentables”, cobrando salarios muy inferiores, teniendo trabas en sus carreras por la maternidad, perdiendo patrocinadores. Ni siquiera personas como Serena Williams o Ada Hegerberg, ganadora del Balón de Oro 2018, se libran de ello.

La racialización tiene cabida en todas las disciplinas sobre la teoría. En la realidad, existen sectores deportivos en los cuales extraña ver deportistas no blancos, y, si están, sufren ataques racistas constantes. Ni la NBA o la NFL se libran de escándalos raciales constantes.

El colectivo LGBT+ y el deporte tienen una compleja relación. Existe un tabú por el cual se oculta la no heterosexualidad por miedo y presiones, especialmente entre los deportistas masculinos; las deportistas femeninas tienen tan poca relevancia en algunos ámbitos que ni siquiera importa. Hay excepciones, como el waterpolista Víctor Gutiérrez o Billie Jean King, pero siguen elaborándose artículos en prensa sobre “Deportistas LGBT+ que se presentan a…” y dichas listas apenas superan la decena de nombres.

Todo el deporte de élite colabora con causas humanitarias, hace campañas a favor del respeto y la no violencia. El “Say NO to Racism” de la UEFA o la campaña contra la violencia de género del Mutua Madrid Open, son algunos ejemplos. Muchos y muchas son embajadores de UNICEF, participan y crean fundaciones benéficas propias, prestan su voz e imagen a dichas causas.

Y, sin embargo, esas mismas federaciones deportivas, nacionales e internacionales, que colaboran y organizan todo lo anterior, se dedican a colocar eventos deportivos en países que, deliberadamente, vulneran los Derechos Humanos. Y todo el mundo lo sabe.

La Declaración universal de Derechos Humanos fue firmada en el año 1948, y, aunque dudo que exista un país que cumpla a rajatabla todos los mandatos de la misma, sí existen diferencias entre cómo se cumplen, o, mejor dicho, cómo se vulneran esos Derechos Humanos. Sin querer entrar o caer en un paternalismo condescendiente occidental, la tendencia de lavado de imagen es indignante en algunas regiones. Se mezclan todos los movimientos washing en uno solo que, además, desdeña conscientemente esa vulneración de derechos fundamentales, afectando directamente a quien ve ese deporte pero también a quien lo practica. Existen mujeres deportistas, existen personas racializadas deportistas, existen deportistas LGBT+, y todas ellas están siendo enviadas a competir a países que no les consideran personas de pleno derecho.

En tiempos recientes hemos asistido a la celebración de Juegos Olímpicos en China (2008), Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi, Rusia (2014) y veremos de nuevo los JJ.OO. de Invierno en China (2022). El fútbol, deporte rey en muchas partes del planeta, que mueve miles de millones, ha accedido a celebrar sus Copas del Mundo en Rusia (2018) y Qatar (2022) y federaciones como la italiana ya celebran su Supercopa en Arabia Saudí. España se encuentra negociando trasladar allí su celebración.

Pero va más allá. Equipos de fútbol de primera fila acuden a países del golfo pérsico y China a celebrar amistosos que suponen inyecciones de millones de euros; se celebran competiciones y partidos amistosos millonarios de tenis en países del golfo pérsico; la Fórmula 1 celebra el Gran Premio de Abu Dhabi, Baréin, China o Rusia; los mundiales de motociclismo también acuden a Qatar, y, recientemente, se ha conocido que el Rally Dakar se celebrará en territorio saudí.

Los países enumerados no son, ni de lejos, los únicos que vulneran derechos humanos. Sin embargo, sí son de las regiones más ricas del planeta.

El deporte no puede defender valores de respeto y permitir que sus grandes eventos se celebren en países que atentan contra las personas a cambio de varios millones más de ganancias. No debería permitirse al menos.

Desde que se supo que Eurovisión se celebraría este año comenzó el escándalo y la petición, no solo de boicot, sino de eliminación y cambio de sede. Porque Israel vulnera los Derechos Humanos. No se ha logrado nada, a falta de ver cómo transcurre la gala este fin de semana, pero sí se ha hecho ruido. Un ruido que se apaga en esas celebraciones deportivas.

Mientras rugen los motores y se gritan goles en estadios multimillonarios, las mujeres no pueden entrar ni sentarse en las gradas libremente o el colectivo LGBT+ puede ser condenado a muerte, encarcelado o detenido por pertenecer a él. En el Mundial de fútbol de Rusia se solicitó que las personas LGBT+ no acudiesen al evento por su seguridad, pero nadie se planteó no celebrarlo en un primer lugar. Se acaba de permitir conducir a las mujeres en Arabia Saudí pero necesitan permiso masculino para desempeñar esa actividad y muchas otras, y nadie ha pensado en las casi 20 mujeres que participan en el Dakar.

Solo importa el dinero que se deposita en la mesa.

Cómo dejamos que nuestras federaciones accedan a competir en este contexto me indigna, ver cómo los y las mismas profesionales que patrocinan la no violencia acceden a competir en ciertos países sin mostrar su condena me indigna.

Puede ser injusto pedir manifestación y compromiso a quien no tiene tanto poder dentro del mundo deportivo, pero no a quienes tienen la sartén por el mango, como bien dice mi abuela. Estos no necesitan cancelar para acabar rápidamente con la polémica, como Nadal y Djokovic, necesitan no acceder en primer lugar. Y nosotros necesitamos dejar de quedarnos en silencio.

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