(NO) Vamos a morir todos. Parte I: Virus y Coronavirus

El virus se extiende. Pero no se equivoquen, no hablo del coronavirus. Este es potencialmente más peligroso que el surgido en Wuhan: es el virus de la histeria colectiva. Con la desinformación como aliada, apunta a convertirse en toda una pandemia.

Con el otro, el coronavirus, pasa que los titulares suelen dar alarmas que el texto del artículo desmiente. Llueven datos, comparativas y conspiraciones a todas horas. Pero los datos sirven de poco cuando no se tiene en mente un marco de referencia para estos; las comparativas pueden no ser muy acertadas (especialmente a falta de lo anterior); y las conspiranoias sobran
(información, no opinión).

El primer paso, antes de aventurarse en cualquier batalla, es conocer al enemigo. Iré despacio:

¿Qué son los virus?

Nuestra concepción de la vida tiene un límite y, sobre ese límite, los virus hacen acrobacias. Son, por definición, agentes infecciosos microscópicos. Más microscópicos que las bacterias. Consisten en un trozo de ADN o ARN encapsulado en una cubierta de proteínas. El viaje por el mundo con tan escaso equipaje les obliga a colonizar seres vivos para usar su maquinaria de replicación y multiplicarse. Para hacer, en definitiva, copias de sí mismos.

Nótese que, lo de hacer copias de uno mismo, es lo que hacemos todos los seres vivos. Es más, eso es lo que nos define como tales: la búsqueda de la perpetuación a cualquier coste. Aunque esto daría para otro artículo. Sin embargo, vale la pena destacar que el fin último de los virus no es acabar con las células sino reproducirse. Cualquier ser de vida parasitaria necesita a su huésped vivo. Los virus, secundariamente, alteran el funcionamiento normal de las células. Lo que a nuestro nivel macrométrico se traduce en los síntomas de las distintas enfermedades que provocan.

Una característica muy a tener en cuenta de estos compañeros de planeta nuestros es la alta capacidad de mutar que presentan, lo que les permite superar barreras naturales entre especies y las artificiales, como las vacunas. En cuanto a las barreras naturales, la entrada de los virus en las células no es tan sencilla como pueda parecer. La mayoría deben presentar proteínas en superficie que “encajen” con ciertos receptores de la membrana y que le permitan el paso. Normalmente, por tanto, los virus infectan a una especie o especies concretas. Aunque, como veremos, tienen la capacidad de “saltar” a otros animales.

Estos “trozos de material genético envuelto” y nosotros llevamos conociéndonos realmente poco tiempo. La primera vez que observamos uno fue en 1935. Para entonces, hacía algo más de siglo y medio que Pasteur se había dado cuenta, investigando el virus de la rabia, de que algunos agentes infecciosos eran aun más diminutos que muchas bacterias. Tenían que estar ahí, aunque no los pudiésemos ver. También para entonces habíamos vivido la mayor pandemia vírica de nuestra historia: la del virus de la influenza A o gripe española.

Virus y virulencia

Como suele ocurrir, en epidemiología y virología se emplean algunos términos muy bien definidos dentro de estas disciplinas que cuando son empleados a pie de calle se confunden entre ellos.

Para entender la peligrosidad de un virus (o bacteria) concreto debemos tener claro qué son la infectividad, la patogenicidad y la virulencia. La infectividad es la proporción de personas que se infectan de entre todas las que han estado expuestas al agente infeccioso. La patogenicidad es el porcentaje de personas que han desarrollado la sintomatología, y posteriormente la enfermedad, de entre todas las que se han infectado. Finalmente, la virulencia, que es la cantidad de personas para las que la enfermedad causada por el virus supone la muerte.

Un ejemplo que nos puede ayudar en el manejo de estos conceptos es el del virus del resfriado común. Muchas personas contraen la infección (alta infectividad) pero pocas desarrollan síntomas (baja patogenicidad) y menos aún mueren a causa de esta (baja virulencia)

¿Podemos acabar con ellos?

El VIH (causante del SIDA), la rabia, las gripes, el Zika… conocemos muy bien a muchos de estos pequeños enemigos del ser humano, de otras especies animales y de plantas.

Este año se cumplen de 40 años de la erradicación de la viruela. Esta es la única enfermedad infecciosa causada por virus que el ser humano ha eliminado de la naturaleza. Pero la erradicación no siempre es una posibilidad; y existe un debate sobre su idoneidad frente a otros métodos, puesto que junto al virus y su enfermedad perdemos la inmunidad y la memoria genética.

Otras opciones son controlar y eliminar. Controlar supone limitar la circulación de la infección de forma que quede por debajo de los niveles en que los individuos, actuando por su cuenta, puedan controlar la enfermedad. Eliminar es ejercer el control suficiente para que no ocurra una epidemia en una zona geográfica determinada. Control y eliminación son medidas locales, la erradicación supone eliminar la infección de todas partes.

No siempre podemos erradicar una enfermedad. Muchas enfermedades infecciosas son zoonóticas. La zoonosis es la circulación de una enfermedad desde unos animales hacia otros por medio de mutaciones. La rabia, por ejemplo, no es una buena aspirante a ser erradicada debido a que uno de sus huéspedes de preferencia son los murciélagos y, los murciélagos, no son del todo fáciles de localizar por su propio modo de vida.

Para los tres casos es fundamental el desarrollo de vacunas. Pero generar vacunas es un proceso largo. Hay que investigar posibles dianas, encontrar alguna forma de desactivar el virus. Posteriormente, hacer ensayos clínicos; probar que el mecanismo que hemos encontrado funcione y que no tenga más contraindicaciones que beneficios. Finalmente viene el trabajo de producción en masa, con estrictos controles de seguridad. El proceso completo puede llegar a tardar unos años.

¿Qué sabemos del Coronavirus?

Microscopía electrónico del coronavirus 2019-nCoV multiplicándose dentro de células. Se observa el detalle del virus saliendo de la célula y formando esas imágenes típicas del coronavirus. Foto de John Nicholls, Leo Poon y Malik Peiris, The University of Hong Kong.

SARS-CoV-2

En primer lugar, coronavirus es el nombre de la subfamilia a la que pertenece este virus. No es «el» coronavirus, es «un» coronavirus. Su nombre definitivo es SARS-CoV-2 (coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave). Esta familia presenta ARN como material genético.

El SARS-CoV-2 es el séptimo coronavirus que conocemos que infecta a humanos. Entre ellos, el MERS y el SARS, que generaron alertas similares en 2002 y 2012. Junto al SARS-CoV-2 son los únicos coronavirus que conocemos que generen enfermedades graves. El resto son responsables de muchos de los resfriados por los que pasamos habitualmente o no nos suponen problema alguno. El SARS causó  774 muertes entre 2002 y 2003. El MERS provocó 400.

La «corona de espinas»

           Coronavirus MERS en microscopio de transmisión electrónica. Instituto Nacional de Alergias y enfermedades infecciosas de Estados Unidos (NIAID)

Los coronavirus se llaman de esta forma porque aparecen rodeados de una «capsula de espinas» que son, en realidad, proteínas S. Estas «espinas» no solo son parte de la cubierta proteica sino que, además, son las proteínas gracias a las que tienen acceso a nuestras células.  De la proteína S ya contamos con la estructura 3D y con diversos artículos. Conocerla es fundamental para desarrollar vacunas y antivirales contra el SARS-CoV-2.

El genoma

Conocemos la secuencia de este coronavirus desde el 10 de enero. Consta de 30kB o, lo que es lo mismo, 30.000 «letras». La secuencia se obtuvo de pacientes enfermos, cuando aún no se había notificado ninguna muerte.

Gracias a las técnicas modernas de genotipado pudimos saber con relativa rapidez que SARS-CoV-2 es muy cercano a coronavirus que infectan a murciélagos y que ya conocíamos. No obstante, se duda de que el «salto» haya ido directamente desde los murciélagos hasta los humanos. Se han sugerido varios sospechosos como hospedador intermedio: principalmente serpientes y pequeños roedores. Se ha descartado que provenga de pangolines.

El genoma también nos permite el seguir el trayecto de la infección. Esto se debe a que, a medida que se transmite, el ARN va sufriendo pequeñas mutaciones. Sabemos, por tanto, que todos los casos tienen el mismo foco: el mercado de Wuhan.

Epidemiología del nuevo coronavirus (HCoV-19) hecho con github.com/nextstrain/ncov usando datos de GISAID.

La enfermedad

Si el virus se llama SARS-CoV-2, la enfermedad se ha denominado COVID-19. Desde que se produce el contagio hasta que aparecen los primeros síntomas pasan, normalmente, de 4 a 7 días. El tiempo de incubación sobrepasa los 12 días solo en el 5% de los casos.

Entre humanos solo es posible su transmisión por secreciones respiratorias, las gotitas de saliva que emiten las personas infectadas al estornudar o toser.

Inicialmente, la enfermedad cursa con fiebre, estornudos, tos, dolor de garganta y dolor articular. Exactamente como una gripe. La infección se produce en las células epiteliales respiratorias de forma que las complicaciones posteriores se desarrollan como una neumonía, con dificultades respiratorias que pueden conducir a la muerte.

No todos los grupos de edad se ven igualmente afectados por este nuevo coronavirus. Un ensayo con 44.000 afectados en china mostraba hace unos días que, si bien el virus nos infecta con independencia de la edad, no se ha cobrado victimas en el rango de 0-9. De hecho los casos graves o fatales se han registrado en edades superiores a los 50. Es decir, afecta mayormente a personas con sistemas inmunes menos capaces de hacer frente a la infección, al igual que en la gripe estacional.

En este caso, todo apunta a que nos enfrentamos a una enfermedad de alta infectividad y baja patogenicidad y virulencia. A 26 de febrero, la mortalidad del virus se situaba en un 3,4% (muertos frente a infectados) y un 37,3% de los infectados se habían recuperado. Si analizamos los datos de fuera de china, hablamos de un 0,7% de mortalidad. Este es el motivo por el que algunos expertos piden un cambio de denominación del virus: SARS-CoV-2 puede hacer creer que el virus es tan grave como lo fue el SARS-Cov, con un 13% de mortalidad. Para poner los datos en contexto: la mortalidad del virus del ébola es del 66% y tenemos una epidemia de esta enfermedad de larga duración y localizada en El Congo.

Los datos en tiempo real pueden consultarse en esta web.

También hemos conocido recientemente la buena noticia de que casi todos los positivos por el SARS-CoV-2 ocurren en pacientes sintomáticos. Esto ayudará a luchar contra la nueva enfermedad en el futuro. Aunque de eso hablaremos en el próximo artículo.

 

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