Apología del arte abstracto. Y del engaño

En contra de su negativa reputación, que se materializa en frases como “no entiendo este cuadro” o “eso lo hago yo en tres minutos”, la esencia del abstraccionismo pone de relieve que en nosotros hay algo más valioso que en lo que nos rodea, y que pide argumento.

Mark Rothko, Untitled, 195. La imagen pertenece a The Red List

Después del 16 de abril, Día Mundial del Arte, y a propósito del estreno de la segunda temporada de la serie Genius, dedicada esta vez a Picasso, ahondamos en un concepto artístico, tremendamente controvertido, que el pintor malagueño contribuyó a ensalzar: el arte abstracto.

Los cuadros de Mark Rothko presentan la superficie sosegada y apacible de un estanque. Sin embargo, aunque a simple vista prevalezcan la paz y la quietud, basta asomarse a sus aguas para descubrir las potentes resacas que agitan. En su fondo, los peces, las estrellas, las tortugas impulsadas por el ritmo de las corrientes marinas y hermosas sirenas dispuestas a conquistar a los marineros más encantadores conviven, en un contraste de belleza e intenciones, con miles de criaturas despiadadas y sanguinarias que condenan sin paliativos a quien se atreva a robar los tesoros que custodian.

El arte abstracto es una trampa, pero de su veta embustera brota todo su manantial estético -por continuar con la alegoría acuática- y epistemológico. Abiertas de par en par las puertas de la imaginación, esta manifestación artística sustituye la representación de la realidad, debates kantianos aparte, por un lenguaje visual totalmente autónomo, en el que predominan los significados propios y que trasciende la objetividad, por lo que la obra existe independientemente de lo real. A partir de esta escisión entre el sujeto y el mundo exterior, su interior adquiere una relevancia inasequible en el arte figurativo. En contra de su negativa reputación, que se materializa en frases como “no entiendo este cuadro” o “eso lo hago yo en tres minutos”, la esencia del abstraccionismo pone de relieve que en nosotros hay algo más valioso que en lo que nos rodea, y que pide argumento. Detrás del rojo absoluto de un lienzo o del aparente sinsentido de una escultura se esconden el miedo, la esperanza, la desolación o la angustia que, en ocasiones, inundan a todos los hombres.

Por tanto, estas “simples creaciones”, que a priori carecen de la calidad técnica de un Velázquez o un Rafael, permiten materializar y exacerbar la psicología del artista, como anhela el expresionismo abstracto o, por el contrario, suprimir la emoción en aras del rigor lógico y matemático, de acuerdo con el neoplasticismo.

No obstante, más allá de presupuestos y voluntades, lo que secundan es la devaluación del concepto académico de belleza (que no es poca cosa). El arte no es la aplicación de un canon; “es lo que el instinto y el cerebro pueden concebir más allá de cualquier canon. Cuando amamos a una mujer no empezamos midiendo sus extremidades”, sentenció Picasso en defensa del Cubismo. En nuestra visión hacia fuera, no reparamos en los rasgos ajenos desde un punto de vista objetivo, sino en lo que ese otro nos transmite: sensualidad, atracción, rechazo… sensaciones que el abstraccionismo expresa a través de la violencia en el gesto, en el color, o de la desorganización de los trazos. Aunque asuste, aunque duela, el tamiz de la subjetividad fundamenta todo nuestro conocimiento externo.

Algunas obras no son bonitas, ni siquiera soportables, pero son necesarias, y quienes creemos en la utilidad del arte persistiremos en la defensa de esta vertiente artística como una de las (pocas) vías que posee el ser humano para construir su verdadera identidad.

Además, dado que se libera al creador de las imposiciones que dominan el universo circundante, otorgándole la libertad necesaria para, por medio de unos toques improvisados, ser impredecible, el abstraccionismo concibe al artista precisamente como lo que es: un artista. Desde este trono, el ente creativo se siente capaz de imaginar cosmos que nadie más conoce, en detrimento de la función mimética con la que arte tradicional lo coartaba. Así, la individualidad y la originalidad elevan la obra a un estadio superior, que renuncia a la materialidad traducible y aplaude lo intangible, por medio del estudio de las formas, los colores, los ritmos y las dimensiones tan sujetas a aquello que se retrata en el arte figurativo.

La tendencia mitómana y competitiva del ser humano, proclive a los debates y a las decisiones, lo lleva a posicionarse –Messi o Cristiano, la tortilla de patata con o sin cebolla, Mozart o Salieri (esto, obviamente, es una broma), Cola cao o Nesquik–, olvidando que Iniesta y Xavi fueron compatibles y que los ¿opuestos?, a veces, como en la dialéctica de Hegel, terminan reencontrándose, porque ambos son necesarios. El arte figurativo -bien ejecutado- constituye un epicentro de talento, siempre imprescindible. Pero el arte abstracto es una trampa. Y la próxima vez, como tantas otras, volveremos a caer. Gracias a Dios. O a Rothko.

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