Lucía Hernández

Graduada en Periodismo y Filología Hispánica. Zaragozana y zaragocista a partes iguales, me declaro amante del cine, la filosofía, el deporte, el ocio doméstico (peli y manta), el oxímoron, la RAE, la cebolla cruda y la literatura. El verano solo me gusta en "Las cuatro estaciones", de Vivaldi. ¿Mi debilidad? Un punto y coma bien usado. Con eso me conquista cualquiera.

Animales fantásticos 2: a lo Potter, pero sin él.

En la receta de su nuevo filtro de amor, la mejor escritora de literatura juvenil de todos los tiempos echa a su caldero todo lo que encuentra a mano para intentar enamorarnos otra vez: animales monstruosos, bebés intercambiados, artilugios sorprendentes, muggles (o no mags) encantados y un malvado a la altura. Pero el conjuro falla.

El Timple y su hamburguesa salvavidas

En una época en la que la globalización ha instaurado la dictadura de los McDonald’s y Burger King, en la que los dietistas inquisidores han emprendido su propia caza de brujas, el Timple sobrevive al calor de su parrilla, al compás del burbujeo de su freidora, renacido, preparado para atender el próximo pedido.

La maldad necesaria

Sobre este concepto reduccionista que fracciona el mundo entre “buenos” y “malos”, la ficción ha construido a uno de sus personajes prototípicos: el antagonista, un ser siempre trágico cuya mezquindad puede ser visible o hallarse soterrada, pero que nunca siente remordimientos por unas acciones que no entiende como punibles.

La España que no duele

España es un soneto de hechuras clásicas que anima a una joven a aprovechar su caduca juventud, las olas de la Jurado que rompen en el mismo mar donde desembocan los ríos de Manrique, un sonido de tacones lejanos a las puertas de la Sagrada Familia o la ronquera de un cantautor que añora al amor perdido.

Por qué Carlitos y Karina

Su especial relación, fraguada entre visillos, se manifiesta en lo lingüístico: cuando están juntos parece que hablaran un idioma propio que nadie más puede entender. Y en lo psíquico: se adivinan de memoria.

La vuelta al cole

En las antípodas de la superficialidad que tiñe el día a día de cualquier joven, más apegado a los placeres mundanos que a los celestiales, las enseñanzas del aula descubren ante sus ojos continentes sumergidos de conocimiento, que contribuyen a completar nuestra humana incompletud