Lucía Hernández

Graduada en Periodismo y Filología Hispánica. Zaragozana y zaragocista a partes iguales, me declaro amante del cine, la filosofía, el deporte, el ocio doméstico (peli y manta), el oxímoron, la RAE, la cebolla cruda y la literatura. El verano solo me gusta en "Las cuatro estaciones", de Vivaldi. ¿Mi debilidad? Un punto y coma bien usado. Con eso me conquista cualquiera.
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En su menú de degustación, se transparenta la irrenunciable querencia de la firma por comunicar una realidad común y conocida, porque la de Arzak,a pesar de cargarse del ritmo de la alta cocina, es una poesía de la experiencia: el comensal la entiende y, por tanto, tiene donde reconocerse.

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Para su diseño solo tuvo que mirar a su alrededor, aunque apenas hizo falta; lo que determinaría la naturaleza de la Tía Pilarín llevaba mucho tiempo exigiendo salir. Se lo sabía de memoria: “En el fondo no tuve que pensar de forma detenida su personalidad; surgió sola, porque siempre he convivido con esas mujeres que representan la pureza, la verdad, y es algo que ya forma parte de mí”.

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Su día a día en Baeza tenía mucho que envidiar al de Soria, donde sufrió las tres heridas abiertas por Miguel Hernández -la del amor, la de la muerte, la de la vida- y donde Machado se topó sin pretenderlo con esa unión, esa identidad, que todos anhelamos, entre nuestro paisaje interno y el externo.

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Eso fue la noche: la comunión entre símbolos atemporales e inalcanzables, actores dispuestos a reivindicarse de nuevo, como Vanesa Romero o Elena Furiase, y quienes optaban a las cátedras, los nominados.

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En la receta de su nuevo filtro de amor, la mejor escritora de literatura juvenil de todos los tiempos echa a su caldero todo lo que encuentra a mano para intentar enamorarnos otra vez: animales monstruosos, bebés intercambiados, artilugios sorprendentes, muggles (o no mags) encantados y un malvado a la altura. Pero el conjuro falla.