Ilustración: «A Break in Their Day» (1946), David Hettinger.

 

Antes de empezar a escribir cualquier cosa me planteo lo que seguramente nos planteamos todos antes de empezar a escribir, que es si mi voz es válida —es más: si yo soy válida—, si tengo algo que decir que no hayan dicho ya antes muchas otras personas mucho mejor que yo, si es verdaderamente necesario que yo diga esto que estoy diciendo, etcétera. La respuesta, prácticamente siempre, es que no. No es necesario para vosotros, pero tal vez sí para mí. He leído varias quejas sobre la gente que, supuestamente, se aprovecha de que estamos en una pandemia mundial escribiendo libritos o articulitos que tratan sobre esa pandemia mundial para, no sé, vender más o recibir mayor atención, supongo, y no puedo dejar de preguntarme por qué no podemos escribir sobre algo que nos afecta a niveles todavía insospechados. No solo como individuos, que por supuesto, sino también como sociedad. A ratos, me cuestiono si no será que tengo la piel demasiado sensible o si soy demasiado ingenua y, en consecuencia, fuerzo las cosas para verlas desde el punto de vista que a mí me gusta o me conviene.

Pienso que tal vez es solo que estamos un poco hartos de que todos los días todo gire en torno a lo mismo, y que es lícito querer olvidarse y pensar en otras cosas. A mí me encantaría ser capaz de olvidarme, pero la verdad es que no puedo. Podría escribir sobre cualquier otra cosa como si nada de esto hubiera pasado, pero la verdad es que no puedo. Cuando, durante un rato, y casi por accidente, consigo concentrarme tanto en un libro, en una película o en un videojuego que me olvido del motivo por el que hace tres semanas que no salgo de mi casa —por suerte, mi pareja sale a hacer la compra por los dos—, y de repente lo recuerdo, me sobresalto y el corazón me empieza a latir más rápido. El mundo en el que escribo, leo o veo películas es el mismo en el que vivo, y juro que a veces me encantaría que no fuese así; de ese modo, ahora podría escribir, leer y ver películas sin sobresaltarme. Diría, incluso, que ese sobresalto es en parte producto de la culpa que siento cuando me olvido, porque cómo me voy a olvidar. Confieso que cuando empezó todo esto, salía todos los días al balcón a aplaudir a las ocho, pero he dejado de hacerlo porque tal vez moleste a alguien con mis aplausos. Confieso que era algo que me reconfortaba, pero que ahora me resulta tan confuso —no sé si está bien o está mal ni tampoco sé cómo podría saberlo— que el conflicto que me genera es mayor que cualquier sensación positiva que me pudiese aportar antes. Lo que hago ahora a las ocho es ponerme los auriculares, porque así, quizás, algún día, pueda fingir que es un día normal.

Tampoco sé si está bien que las editoriales regalen sus libros. Al principio pensé que era un gesto generoso, del que todos los lectores podíamos alegrarnos, pero ahora no sé si se trata de una nueva y retorcida estrategia de marketing editorial, lo que, en cualquier caso, no sé hasta qué punto tendría importancia en estas circunstancias; no sé cuándo la generosidad es verdadera o no, no sé cómo se puede juzgar eso, no sé si quizás ahora el marketing es más importante que nunca. Ahora la información me llega de manera confusa, ahora más que nunca dudo sobre todas las cosas, como las cadenas de WhatsApp en las que se nos pide que escribamos cartas para los enfermos por coronavirus, porque puede que intenten robarme los datos bancarios a través del correo electrónico. Ahora cualquier emoción es mucho más grande, mucho más intensa que nunca, y cuando llegan las nueve o las diez de la noche siento la presión de todo el día en las sienes y un dolor punzante en el centro de la frente y en el inicio del puente de la nariz. Ahora me cuesta más conciliar el sueño; a veces, incluso, me da miedo irme a dormir, porque en la cama no dejo de dar vueltas y tengo pesadillas y cuando me despierto, a las once, las doce o la una del mediodía, me duelen la mandíbula y las muelas. Ahora tengo más miedo que nunca a no encontrar trabajo, porque si ya lo veía difícil, ahora lo veo imposible. Ahora siento más que nunca que mis estudios en literatura, mi grado y mi máster, que tanto deseaba y que tanto nos costaron a mí y a mis padres, no sirven para nada, no cuando la gente se muere, no cuando mi padre, en Albacete —yo sigo en Madrid—, tuvo que salir a trabajar para poner camas de hospital. Ahora siento más que nunca que no estoy preparada para vivir en el mundo real, porque ahora más que nunca el mundo es incierto, y no podemos hacer nada más que aceptarlo, que es lo mismo que podíamos hacer antes del confinamiento, solo que ahora parece mucho peor.

1 pensamiento sobre “El mundo en el que vivo

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