En el proceso de ser, algún día, un crítico de cine decente, este 2019 he aprendido algo que ha cambiado mi forma de leer las películas. Como tocado por un dedo celestial, he tenido una epifanía de tal calibre que ríete tú de la Virgen, la paloma y los Reyes Magos. Por eso, movido por el espíritu navideño, he pensado que lo más generoso y responsable era hacer público mi increíble hallazgo. Ahí va: amigos, he descubierto el sonido en el cine. Así de simple. Cuando pensaba que dominaba los recursos para hacer un buen análisis de una película, han venido los teóricos del sonido (Jonathan Rosenbaum, Rick Altman, Michel Chion) a demostrarme que no tenía ni puta idea. Pero ni idea. El cine, aunque parezca una obviedad, se ve y se escucha; y sin embargo, la amplia mayoría de la crítica (y me incluyo) ignora por completo esa segunda mitad de la ecuación. Así que quiero dedicar mi último artículo del año a ajustar cuentas con ese error, y con ello demostrar que no puede haber una discusión completa de una película si se relega al sonido a un segundo plano.

¿Por qué la crítica se explaya en la descripción del estilo visual de una obra y nunca se para a analizar su sonido? Los argumentos son diversos, pero Rick Altman los condensa en dos: uno histórico y otro ontológico. El histórico viene a decir, básicamente, que el cine en su origen no incluía sonido, y que por lo tanto no deja de ser un añadido a la imagen. Esta visión, sin embargo, es más que reduccionista. Ya a finales del siglo XIX, las primeras proyecciones de películas contaban con un elemento sonoro imprescindible: la música, añadida en directo hasta que la tecnología permitió incluirla en el propio celuloide. Los otros dos elementos que en la actualidad componen la pista sonora—el diálogo y los sonidos—llegaron más tarde, pero debates de la época demuestran que siempre fueron un objetivo del desarrollo técnico del medio. Y además, aunque no estuvieran allí desde el principio, eso no los convierte en menos cinematográficos: la literatura nació en el verso, y eso no significa que la prosa, en ningún caso, sea menos literaria.

El argumento ontológico, por su parte, sostiene que el cine es en esencia un medio visual, y las imágenes son (y deben ser) el vehículo principal del significado. El sonido, por tanto, es hasta cierto punto prescindible. Es fácil caer en la tentación de validar esta idea, porque podemos pensar que nuestra experiencia al “ver” una película (y el verbo, en sí mismo, es tendencioso) está mucho más marcada por lo visual. Os propongo, sin embargo, que probéis a ver una escena cualquiera de una película sin sonido, y analicéis cuánto de su significado (incluso más allá de las palabras) se pierde sin la música y los sonidos de ambiente. Lo podemos comprobar con el siguiente clip de Parasitos (enlace aquí), película surcoreana dirigida por Bong Joon-Ho que ganó este año el Festival de Cannes.

Parasitos ha sido, este 2019, una de las películas más alabadas por su lenguaje visual. Si bien la planificación y el montaje son claves para su éxito, si analizamos el clip en detalle nos daremos cuenta de que el sonido cuenta tantas cosas como la imagen. En términos narrativos, para empezar, la secuencia no se comprende de la misma forma sin el sonido fuera de campo. Es decir, gracias a la inclusión de sonidos que proceden de fuera del encuadre, la película permite situar espacialmente a los distintos personajes e integrar las distintas acciones en una misma línea. Además, la clave de la escena, a nivel de significado, es la alternancia entre el caos previo a la llegada de los “señores” y la tensa calma cuando aparecen. Ese contraste expresivo, más que en el lenguaje visual, se consigue a través de la presencia/ausencia de la música. Si anulas la banda sonora y la densidad de sonidos de ambiente en la primera mitad de la secuencia, el contraste con la segunda mitad se queda vacío de significado. Por último, en un estrato más interpretativo, la presencia en el sonido del agua (que, a nivel de volumen, está claramente enfatizado) anticipa la importancia del agua como símbolo en el tercio final de la película.

Este esbozo de análisis, sin entrar en demasiado detalle para no hacer spoiler, sirve para demostrar la utilidad (y necesidad) de incorporar el sonido a la discusión del cine. La magia del séptimo arte, en muchos casos, reside en su capacidad para crear significado sin que éste sea explicito para el espectador, y en esa tarea el sonido es tan importante como la imagen. Así que, retomando la temática navideña, mi deseo para este 2020 es que la crítica empiece a valorar el uso narrativo del sonido, y que se ensalce al mismo nivel que el montaje o la puesta en escena de las películas. Que los Reyes Magos traigan mejores oídos a los críticos de este país. Que todos, además de “ver”, aprendamos a escuchar el cine.

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