Hace doce años, por estas fechas, España acababa de proclamarse Campeona del Mundo. Un agónico gol de Andrés Iniesta nos elevó al Olimpo del fútbol en Johannesburgo aquel 11 de julio de 2010. Fue el primer Mundial disputado en el continente africano; también la primera estrella de una selección a la que, durante muchos años, la suerte le había negado la mano en los éxitos internacionales.

A estas alturas del año, pues, deberíamos tener un nuevo ocupante en el trono más grandioso del deporte rey. Pero todavía tendremos que esperar unos meses para averiguar quién sucederá a la Francia de Didier Deschamps. No será el suyo el reinado más largo ni el más atípico; ese honor le corresponde a Italia. La azzura, campeona en el 34 y en el 38, retuvo su corona hasta 1950 por la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, las razones de este pequeño retraso quizá deberían sonrojar nuestras mejillas, siquiera un poco.

 

El mismo Joseph Blatter reconoció que fue «un gran error» adjudicar el Mundial a Catar y llegó a hablar de presiones políticas

 

El Mundial de 2022 se celebrará en Catar. Esto se conoce desde el 2 de diciembre de 2010, en designación simultánea de Rusia para el torneo de 2018. Han sido doce años donde la sombra de esta decisión ha planeado sobre el mundo del fútbol en general y la FIFA en particular. El Mundial de Catar es el último vestigio de una época inicua, de la FIFA de Blatter y la UEFA de Platini, donde la corrupción estuvo a la orden del día mientras el deporte se engrandecía sobre el césped con algunas de sus figuras más prominentes. Mientras Messi y Cristiano Ronaldo peleaban por ver quién batía el siguiente récord, la oficinas de Zúrich se convertían en hogar del chanchullo y el tráfico de influencias. El mismo Joseph Blatter reconoció que fue «un gran error» adjudicar este honor al país árabe y llegó a hablar de presiones políticas.

Lo cierto y verdad es que, más allá de las corruptelas, todo lo que rodea al Mundial de Catar grita: «NO JUGAR». Las altas temperaturas del estío arábigo han forzado a mover el torneo a los meses de noviembre y diciembre. Son fechas en las que la temporada de los clubes europeos está a pleno funcionamiento. Pero eso, aunque altere un calendario ya de por sí saturado para los deportistas, es lo de menos. Más rechazo debería generar la cantidad de obreros que han dejado su vida en los andamios de esos estadios vanguardistas que maravillarán al mundo entero. No hablemos ya de la salud democrática del reino catarí, enfermedad más bien, en la que prefiero no ahondar por razones de brevedad y serenidad.

El Mundial es otro elemento más en la estrategia que las potencias emergentes del mundo árabe llevan desarrollando los últimos años para lavarse la cara y dar buena imagen ante el mundo. El deporte juega un papel vital en este plan: ahí tenemos los clubes-Estado como el catarí Paris-Saint Germain o el saudí Manchester City, o los Grandes Premios de Fórmula 1 en Catar, Arabia Saudí o Abu Dabi. Y funciona porque los espectadores dejamos de lado nuestros remilgos morales y disfrutamos del deporte sin preocuparnos por lo que pasa alrededor.

 

El efecto espectador

 

Aquí es donde entra en juego la otra protagonista de nuestra historia: Kitty Genovese. Kitty era una neoyorquina de veintiocho años que, el 13 de marzo de 1964, tuvo el maldito infortunio de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado y (cuidado, que esto sigue pasando a día de hoy) ser del género equivocado. Aparcó a treinta metros de su edificio pero no llegó a entrar porque un tal Winston Moseley le asestó dos puñaladas en la espalda. Por temor a causar revuelo, Moseley se marchó, solo para volver diez minutos más tarde. Retomó la cruenta faena, violación incluida, dejando a Genovese muerta en la puerta de su casa.

Este podría haber sido un caso más dentro de la crónica negra estadounidense (donde parece ser que la pena de muerte o la cadena perpetua mucho mucho no persuaden). Pero si estamos hablando de ello es por una razón. Aquella noche, varias personas vieron u oyeron lo que estaba pasando y nadie hizo nada. El caso Genovese pasó a la historia de la psicología como ejemplo, quizá más parabólico que científico, del efecto espectador. Según esta teoría que los psicólogos John Darley y Bibb Latané formularon en 1968, cuando una multitud está presenciando un suceso en el que se debería intervenir, se produce una dilución de la responsabilidad. Cada individuo cree que otro va a dar el paso adelante y, al final, nadie lo hace.

 

Kitty Genovese (1935-1964) Kitty Genovese (1935-1964)

 

¿Qué tiene que ver todo esto con el Mundial de Catar? Ni más ni menos que ser exactamente lo que va a ocurrir dentro de unos meses. Nos rasgamos y rasgaremos las vestiduras con la vergüenza de este campeonato y apelaremos al boicot; pero a la hora de la verdad no podremos negarnos a enchufar el televisor y animar a nuestra selección. Por un lado esperaremos a que otro lo haga; por otro creeremos que, si nadie lo hace, no servirá de nada que lo haga yo. Algunos, los más comprometidos con la causa, sí lo harán, y quizá veamos un leve descenso en las audiencias, pero no me cabe duda de que el Mundial será un éxito y a la FIFA le saldrá rentable el blanqueamiento.

Con las selecciones sucede lo mismo. Sería un gesto encomiable que algunas, al menos las más importantes, se retiren del torneo, igual que hacían en las primeras ediciones los europeos cuando tocaba en Sudamérica o los sudamericanos cuando tocaba en Europa. Pero no ocurrirá, porque un Mundial es la cima de cualquier nación y cualquier jugador, la cita que todos esperan para pasar de estrellas a leyendas. Si hasta al mejor futbolista de la historia, que lo ha ganado todo, se le machaca sistemáticamente por no haber levantado la del Mundo (y eso que su compatriota, con el que tanto le comparan, no la habría tocado si hubiera existido el VAR en el 86).

El Mundial de la infamia se jugará y se disfrutará como el que más, si acaso con algún pequeño remordimiento que desaparecerá con el primer gol. Porque, cuando todos tenemos una responsabilidad, nadie se siente realmente responsable.

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