El otro día me decía un amigo, con toda la razón, que para los poderes centrales hay Comunidades Autónomas de primera, segunda y tercera. Él, más castellano que Isabel la Católica, exponía de forma magistral –y amarga-, los problemas a los que se enfrentan en absoluta soledad muchas autonomías. Un discurso estudiado y milimetrado, pero no por ello falto de verdad y, a la vez,  de espontaneidad. La espontaneidad propia del que sufre un problema en primera persona.

A estas alturas, ya podéis imaginar que hablo, entre otros muchos temas, de la despoblación. De esa España vaciada, que no vacía, que observa atónita la gentrificación en las grandes ciudades y la merma de capital humano en sus pequeños pueblos. Al final es eso lo más importante, lo que de verdad se pierde y es muy difícil recuperar, el capital humano.

Egoísmo interterritorial

Agosto es, por antonomasia, el mes de la visita al pueblo, ese mes en el que en tantos lugares de España se celebra la “fiesta del emigrante”. Yo, en este caso, lo llamaría exilio. Es verdad que, en España, muchas personas se mueven de un sitio a otro por placer, pero no es menos cierto que la mayoría se mueven porque “no queda otra”, que diría mi amigo.

¿Por qué el político español se olvida de la España rural? Es sencillo, aunque muy duro, porque su peso –en términos electorales- es ínfimo. La España rural sufre en silencio, no hace declaraciones unilaterales de independencia, no amenaza con romper el sistema político que nos hemos dado, simplemente trabaja con la esperanza de ser importante algún día para los que ahora la olvidan. En la España rural se suda, no se llora ni se chantajea. Es la España rural, con sus mil defectos, el símbolo más genuino de esta España que pierde la identidad a pasos agigantados.

En esas zonas de España no hay inversión estatal destinada a las infraestructuras, educación, cultura o servicios sociales, ese puñado de votos no interesa al político de moqueta.

El artículo 138 de la Constitución española dice lo siguiente:

1.- El Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad consagrado en el artículo 2 de la Constitución, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español, y atendiendo en particular a las circunstancias del hecho insular.

2.- Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales.

 Obviamente no se respeta, es más, se burla con un descaro que avergüenza y entristece, ¿acaso no saben los gobernantes que en España algunas zonas se mueren o, lo que sería peor, lo saben pero no se preocupan? Cualquier respuesta no justifica tanta injusticia para con estas regiones.

Un caso, el más reciente pero no el único, de absoluta desfachatez y agravio ha sido el empadronamiento de Javier Maroto en Sotosalbos (Castilla y León) para poder ser elegido Senador por designación autonómica. ¿Qué sabe un alavés del terrible problema que sufre la España vaciada?, ¿cómo va a defender sus intereses y reclamar lo que es de justicia?, ¿por qué se burlan así de los ciudadanos de las zonas rurales?, en suma, ¿qué se creen?

La España vaciada no puede ser el comodín de los partidos políticos cuando tengan que dar sillón a uno de los suyos, y digo esto porque estoy totalmente convencido de que no se atreverían a hacer lo mismo si el caso fuese a la inversa. ¿Vais entendiendo ahora de qué hablaba mi amigo?

Tren extremeño
Tren extremeño ardiendo

Extremadura, una de las regiones más pobres –económicamente hablando- de España, tiene un tren en el que se juegan la vida los usuarios. Los viales datan de la época en la que gobernaban de forma alterna Cánovas del Castillo y Sagasta. Estamos hablando de 1886. En 133 años ningún gobierno pensó que para el desarrollo de una de las tierras más ricas y con más potencial natural de España era necesario un tren digno.

¿Y qué fue de la agricultura y ganadería? Todo solucionado con la Política Agraria Comunitaria (PAC), mientras lo solucione la Unión Europea, yo me olvido de ello, eso pensará el gobernante español. ¿Vive la España rural de la subvención? No, categóricamente no. La España rural malvive por el constante expolio al que está sometida. Porque sus recursos primarios son explotados sin mesura para después ser transformados en otras regiones, las ricas, por supuesto. La España rural malvive porque sus recursos económicos, los que le corresponden, van a callar a los que amenazan y chantajean al Estado. La España rural malvive porque no hay ningún partido político regionalista/nacionalista que a cambio de sus votos en el Congreso diga, “y de lo mío, ¿qué?”.

Necesidades de la España rural

España necesita con urgencia un Plan Integral destinado a paliar los muchos problemas que sufren las zonas rurales por culpa de los políticos. Entre otros, un plan contra la despoblación que no se quede en el anuncio, sino que se dote de presupuesto y medios. También un plan de infraestructuras dignas, para que los raíles de Cánovas y Sagasta solo puedan ser vistos en los museos. Un plan de educación para que las Universidades públicas ubicadas en zonas rurales no sirvan de decoración. Un plan de empleo para que los miles de parados que residen en zonas rurales no tengan que vivir por debajo del umbral de pobreza o emigrar. Un plan para que la agricultura y la ganadería sean sostenibles en el tiempo. Y no, lector, no hablo de subvenciones, hablo de oportunidades, porque, ¿cómo una empresa puntera va a querer instalarse en un tierra incomunicada y vaciada?

Al final va a ser verdad aquel refrán tan de zona rural que decía “el que no llora, no mama”. La España vaciada tiene que unirse, alzar la voz e inundar Madrid para que el político de moqueta se entere. No estamos hablando de números, estamos hablando de personas. Maletas que se cierran y marchan a otro lugar con sus sentimientos, vivencias y recuerdos a cuesta, con la pena de no poder ser donde se quiere estar. Hablamos de despedidas obligadas, de ojos llenos de lágrimas ante la injusticia, de manos arrugadas que dicen adiós sin saber si tendrán oportunidad de volver a ver a sus seres queridos. Hablamos, no nos confundamos, de una de las muchas formas de exilio que existen en el mundo. El español de la zona rural no emigra, se exilia.

Amigo, cuánta razón tienes y qué cansados estamos ya, una parte de España se desangra por una herida que nadie quiere taponar. Qué rabia, qué impaciencia y qué cansancio, no queremos tanto ruido, queremos nuestras nueces.

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