Ya entrado el nuevo año, muchos son los cambios que se asoman a este 2020 del que ya casi hemos consumido el primer mes. El año ha comenzado con intensidad. Tras unas Navidades en las que por asistir, hemos asistido hasta a una investidura y a un nuevo Gobierno, el año que iniciamos promete ser un punto de inflexión en muchos ámbitos. Sin embargo, hay algo que no cambia: la mala educación. Pasa el tiempo y la crispación y los insultos permanentes que se instalaron hace ya mucho en el panorama político resurgen con más fuerza. La aparición en el panorama político de nuevas corrientes políticas de ideología extrema ha conllevado una radicalización de las posturas, tanto en el fondo, como en la forma.

Los primeros días del año nos dejaron una imagen grotesca. La sesión de investidura convirtió el Congreso de los Diputados en una auténtica selva, un patio de colegio donde surgían personajes que parecían competir por decir la barbaridad más grande. No sé qué clase de asesor político recomendó a algunas de las personas ahí presentes mantener esas posturas basadas directamente en los insultos, pero en el medio plazo veremos si no se ven obligados a rectificar. De todo aquel circo, me quedo con las palabras del diputado Joan Baldoví, quien señaló con mucha valentía que lo que necesitaban sus señorías «no era tila, sino educación».

Y es que se inicia una nueva legislatura, que podrá durar más o menos, pero que no debería significar un retroceso en la educación y modales de la ya denostada clase política. Afortunadamente, el frenético ciclo electoral que ha ocupado la mayor parte de dos mil diecinueve ha concluido ya, y esto significa que los nuevos ejecutivos salidos de las diferentes elecciones precisan poner en marcha y ejecutar un programa de gobierno que afronte los innumerables retos que tienen por delante. De lo contrario, podrá perder una opción política u otra a corto plazo, pero en el largo plazo perderemos todos los ciudadanos.

Esta crispación política que deja patente la pérdida del respeto y educación en demasiados casos se ha trasladado ya a la sociedad civil. Demasiadas son las tertulias en medios de comunicación que han basado su estrategia para captar audiencia en el insulto y la descalificación personal del contrario. Y de un tiempo a esta parte, un instrumento que podría resultar útil y participativo, como son las redes sociales, se han convertido en auténticas máquinas de insultar y despreciar a todo aquel que piensa diferente.

Como algún lector conocerá, un ejemplo me tocó vivirlo en fechas navideñas, donde a raíz de un desafortunado tuit, recibí una marea de insultos, descalificaciones y acoso personales contra mí y las diversas organizaciones donde trabajo o con las que colaboro a raíz del cual decidí desvincularme de este tipo de redes. Otro reciente ejemplo bien podría ser las situaciones de insulto y acoso recibido por el diputado de Teruel Existe, Tomás Guitarte.

Desde nuestro nacimiento, en Código Público trabajamos con personas de diversa condición sexual que todos los días padecen en redes sociales el acoso de una jauría de intolerantes que, bajo el anonimato que les conceden las redes y aprovechando la falta de moderación y control por parte de los responsables de las mismas, insultan y acosan sin cesar a quienes no piensan como ellos.

Estas situaciones sólo pueden derivar en dos cuestiones: ¿A dónde hemos llegado? y ¿serían capaces de insultar si tuvieran que responder con su nombre por sus palabras?

Desgraciadamente, una mayor libertad a la hora de expresarse ha sido tomado por parte de un sector minoritario de la población como una auténtica “barra libre” para dar rienda suelta a sus insultos más allá de las paredes del salón de su casa. La realidad siempre va por delante de la ley, y todavía no ha sido abordado en los centros escolares cómo educar a los menores en el uso de las redes. A la vista de los acontecimientos, la ética y el respeto por el otro deberían ser las prioridades.

Vivir en democracia implica saber aceptar opiniones diferentes a las de uno mismo, aprender a escuchar, y debatir con el que piensa distinto a ti. De lo contrario, poco nos separa de una guerra, de un genocidio, o de otra clase de horrores que ya hemos conocido durante el siglo XX. Aunque creo que me equivocaré, esperemos que este 2020 sea, además de un año provechoso para la sociedad, un año donde aprendamos a ser un poco más educados.