Lágrimas en la lluvia

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Diariamente olvidamos información de la que no nos percatamos y probablemente no volveremos a tomar consciencia de esos recuerdos jamás. En el fondo, cada uno de nosotros puede experimentar lo que un paciente de Alzheimer en una escala infinitamente reducida y sin manifestarlo de cara al mundo. La memoria es frágil como la cerámica pero maleable como arcilla en el torno. Y es que la debilidad de cada uno de nosotros se manifiesta ahí, en la construcción a fuego lento de nuestra personalidad, en la importancia que cada momento tiene de cara al futuro y en cómo somos capaces de cambiarlo y modificarlo todo en silencio como la programación de una máquina.

Septiembre es un mes de cambios; de curso, de vivienda, de temperatura… Dejamos atrás el verano y hacemos el último memorándum de lo vivido en nuestras vacaciones (o el intento de estas). Lo decía su canción homónima: “Do you remember the 21st night of september?” y con una ironía macabra, relacionada con recordar, el 21 de septiembre se celebra el Día Mundial del Alzhéimer. Quienes sufren esta enfermedad en sus primeras etapas comienzan a perder la memoria sólo a corto plazo. Así, son capaces de recordar anécdotas de juventud con todo lujo de detalles, pero pueden olvidar como han llegado al sitio en el que están hace unos minutos. El día a día se difumina en un sueño que olvidas al despertar, como en Memento de Cristopher Nolan. El recurso que se nos muestra en esta película es anotar lo que queremos recordar, para que al verlo sepamos ubicarnos, y entender hacia dónde estamos yendo. Porque en definitiva la memoria no es sólo un almacén de recuerdos, sino del propósito humano.

Para el filósofo francés Paul Ricoeur lo recordado del pasado y la expectativa del futuro están conectados y se influencian mutuamente. De la misma forma que una experiencia del pasado nos enseña de cara al mañana, un proyecto de futuro puede modificar como interpretamos determinados eventos. Por ejemplo, una persona que descubre que quiere estudiar matemáticas empezará a explicar sus suspensos del colegio en que “no se lo explicaban bien” en vez de que era malo en matemáticas. Si desde el hoy somos capaces de manipular los recuerdos alterando las vivencias del pasado estamos no sólo demostrando la fragilidad de nuestra perspectiva del pasado, sino de nuestra propia identidad. El proceso de reconstrucción de los recuerdos puede ser terapéutico, pero también derivar en un falseamiento completo de los hechos.

La idea de crear una memoria falsa, sea tanto motu proprio, o por influencia externa nos suele generar miedo. Es vivir con la confusión de si lo soñado ha sido real y esperar al shock de conocer lo que realmente ocurrió. Pero claro, esta última verdad objetiva no siempre se manifiesta y podemos vivir engañados en una realidad paralela a los hechos. Es el terror existencial de Blade Runner, de que lo vivido es tan falso como un unicornio de papel. Pero a pesar de todo está ahí, físicamente entre tus manos, de la misma forma que un recuerdo alterado lo está psicológicamente en tu identidad. La propia subjetividad es insuficiente para percibir la verdad de una experiencia y la memoria es una de las grandes limitaciones del yo.

Ya no es sólo el alcance de nuestra memoria y la cantidad de información que somos capaces de atesorar, sino también el propio contenido el que se halla limitado por factores externos a nosotros. Es un mecanismo tan interno e imperceptible para nuestra identidad como el movimiento de los átomos que determina el devenir del universo. Estamos construidos con ladrillos de recuerdos que pueden ser cambiados sin enterarnos.

Si pudiéramos analizar cómo las experiencias nos han influido para construir nuestra personalidad podríamos detectar aquellos momentos que de borrarlos o modificarlos eliminaran traumas o inseguridades enquistadas en nuestro subconsciente. La ciencia podría abrir camino en un futuro a una “ingeniería de la memoria que ponga solución al síndrome de estrés postraumático o incluso a adicciones graves. Claro que como toda invención humana siempre acabaría derivando en dos utilidades: la guerra y la jerarquización de la sociedad. La idea de un futuro donde la experimentación en la memoria de las personas pueda servir para crear ciudadanos de primera y segunda no es tan descabellada como parece. Al fin y al cabo, la capacidad de memorización es uno de las más demandadas en nuestras instituciones académicas y económicas. Las conexiones neuronales de una persona podrían ser campo de prueba para crear mejores memorizadores y con la ventaja de poder alterar los recuerdos formar a una clase trabajadora más experimentada sin necesidad de gastar tiempo en cursos, sólo bastaría con recordar aprendizajes que nunca se dieron.

Aunque todo esto es distopía y ciencia ficción, revela la importancia que el estudio de la memoria tiene al valorar a las personas. No sólo en el ámbito académico sino también en el de nuestras relaciones personales. No nos sentaría bien que nuestra pareja se olvidase de nuestra fecha de aniversario o que un amigo olvide nuestro cumpleaños. La capacidad de recordar también nos define como personas ad extra, y de esa misma forma nuestras relaciones con otros se refuerzan cuando compartimos experiencias en común. Volviendo al tema que abría el artículo, tratar con una persona con Alzhéimer es complicado precisamente por la incapacidad para recordar el día a día y el estrés que eso genera. El carácter se vuelve irritable y agresivo por la desubicación constante, un efecto que también repercute a quienes cuidan de los enfermos. Al fin y al cabo, ser la memoria de otro es hacer el doble de esfuerzo en recordar, una tarea dura que por desgracia no se valora lo suficiente.

Sin embargo, como apuntaba al principio, un enfermo de Alzheimer puede recordar en sus primeras etapas su pasado lejano y es capaz de mantener su personalidad y recuerdos intactos mientras no avanza la enfermedad. Tratar con estas personas nos puede aportar una nueva forma de entender nuestra memoria, como un elemento fundamental que nos define pero también como uno flexible que no siempre es tan fuerte como nos gustaría.

Diariamente olvidamos información de la que no nos percatamos y probablemente no volveremos a tomar consciencia de esos recuerdos jamás. En el fondo, cada uno de nosotros puede experimentar lo que un paciente de Alzheimer en una escala infinitamente reducida y sin manifestarlo de cara al mundo. La memoria es frágil como la cerámica pero maleable como arcilla en el torno. Y es que la debilidad de cada uno de nosotros se manifiesta ahí, en la construcción a fuego lento de nuestra personalidad, en la importancia que cada momento tiene de cara al futuro y en cómo somos capaces de cambiarlo y modificarlo todo en silencio como la programación de una máquina. Lo que nos individua como seres humanos es una memoria endeble plagada de recuerdos mutables, y a su muerte esos recuerdos se perderán como lágrimas en la lluvia.